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En el mes de junio de 1910, tuvo lugar en la ciudad de Valladolid (Yucatán) un movimiento revolucionario, precursor del que en noviembre del mismo año, inició en el norte de la República Mexicana don Francisco I. Madero, y que determinó la caída del Gobierno del General Porfirio Díaz, emanado del Plan de Tuxtepec.
Puede decirse, pues, que la primera chispa del formidable incendio que después se propagó a toda la extensión de nuestra Patria, se produjo en Valladolid, cuna de tantos héroes y tumba de tantos mártires, como lo demuestra la Historia de la Península en sus más luctuosas páginas.
El movimiento de Valladolid, debido a su deficiente preparación y al error en que incurrieron sus directores, de fortificarse en aquella plaza sin condiciones de defensa y contar con los elementos de guerra indispensables para sostener un sitio, fue sofocado en su cuna, es verdad; pero tal circunstancia, en nuestro concepto, no le resta un átomo de su mérito intrínseco, pues nadie podrá negar, no sólo lo que antes hemos dicho, relativamente a que fue la primera chispa de la Revolución que tendió a acabar en México con una dictadura de seis lustros —como lo reconoció el mismo señor Madero— sino que ese movimiento, audaz y resonante, contribuyó de manera poderosa, a despertar en Yucatán el espíritu público, adormecido por una catalepsia de largos años de asfixiante caciquismo.
El grito de rebelión de Valladolid, fue la señal, —fatídica para los hombres de Tuxtepec— de que había llegado para el General Díaz la hora de prepararse a bajar a saltos los escalones que conducen a la atrayente cima del Poder, y de comparecer, llevando a cuestas el fardo abrumador de sus responsabilidades y de sus méritos, ante el Tribunal de la Historia, pasando previamente por las Horcas Caudinas del Ostracismo, donde, lejos del patrio solar, se hundió solitario y triste, como el Sol entre las ondas salobres del océano, en el crepúsculo de sus grandezas y de sus glorias…
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Y, sin embargo, no se conoce aún en Yucatán TODA LA VERDAD sobre el movimiento de Valladolid. Y no se conoce, porque la prensa de entonces, amagada de continuo por los hombre del Poder; acechada un día y otro día para dejar caer sobre ella la guillotina de un Código Penal digno de las nómades tribus de Sumatra, no pudo decirla.
El que estas líneas escribe, era entonces Director del diario “La Revista de Mérida”, y acababa de regresar a sus labores después de un exilio de seis meses, durante el cual pesó sobre él una orden de prisión, como presunto cómplice de un “conato de rebelión”. No era, pues, persona grata para el Gobierno. Y tan no lo era, que un periódico oficioso de la época, pagado con fondos del Erario, insinuó, en momentos de terror, la especie de que el Director de “La Revista de Mérida”, no era ajeno al movimiento oriental, por el hecho de haber efectuado pocos días antes, un viaje de recreo a Valladolid, y censurado, en ocasiones diversas, en uso de inalienables derechos, actos administrativos del Jefe Político don Luis Felipe de Regil; actos que, en concepto del periodista, no estaban ajustados a las leyes escritas.
Pocos días después de las ejecuciones que tuvieron lugar en aquella ciudad el día 25 de junio de 1910, el que suscribe, en su calidad de Director de “La Revista de Mérida”, recibió por el correo un grueso paquete que contenía: una “Carta Abierta” dirigida al entonces Gobernador del Estado don Enrique Muñoz Arístegui, suscrita por don Miguel Ruz Ponce, Jefe del movimiento fracasado y una amplia e interesante relación de los sucesos ocurridos en Valladolid, así como el Plan de aquél. El señor Ruz Ponce, antiguo amigo nuestro, nos suplicaba la publicación de todo, para rectificar, de tal suerte, las innumerables falsedades en que, en los primeros momentos, incurrió la prensa meridana, debido a la carencia de noticias directas, por haber sido cortadas las comunicaciones y prohibido a los telégrafos, durante algunos días, la transmisión de las informaciones destinadas a la publicidad.
Naturalmente, no fue posible acceder a los deseos de señor Ruz Ponce, por las razones expresadas. La publicación de semejantes documentos, hubiera sido, tal vez, la sentencia de muerte del Director de “La Revista de Mérida”.
Posteriormente, cuando en virtud de la expedición de la Ley de Amnistía, pudo el señor Ruz Ponce volver a su hogar y al seno de la sociedad, después de haber salvado providencialmente la vida, nos dijo que los documentos citados —escritos con lápiz y en pedazos de papel, de su puño y letra—, lo fueron en el corazón de los bosques orientales, en un poblado de los llamados indios rebeldes, a cuya magnanimidad se acogieron él y sus compañeros Donato Bates y Claudio Alcocer, éste último asesinado más tarde en los mismos bosques: que no tenía nada que rectificar y otra vez nos suplicó que se hiciese la luz en el asunto. Pero cuando nos preparábamos a efectuarlo, dando forma a este trabajo, surgió para nosotros una nueva era de persecuciones y cárcel, primero, y de destierro, después, durante la cual sufrimos muy graves trastornos de nuestra salud y en nuestros modestos intereses, y tuvimos qué consagrarnos, preferentemente, a la atención de aquélla y de éstos, para librar nuestra subsistencia y la de nuestra numerosa familia.
Hoy, las circunstancias no nos son tampoco propicias, ni mucho menos; pero no queremos retardar por más tiempo la empresa de ordenar nuestros aportamientos, no sólo porque los días pasan llevándose jirones de nuestra agitada vida, sino porque juzgamos que ha llegado la hora de hacer justicia a los hombres de aquella jornada, que en los fastos de Valladolid está marcada con la huella indeleble de la sangre valerosa de sus valientes hijos.
Además, creemos prestar con nuestra modesta labor un servicio importante a la Historia de Yucatán, con tanto mayor motivo cuando el joven e infortunado Coronel don Miguel Ruz Ponce, fue fusilado en Saltillo, (Coahuila) hace tres años, en virtud de sentencia inapelable de un Consejo de Guerra de la Revolución, por cuyos ideales estuvo a punto de perder la vida en 1910 juzgado, a su vez, por un Consejo de Guerra de la Dictadura, que de antemano lo había condenado, igualmente, a la última pena… ¿Fue entonces, un claudicante el Coronel Ruz Ponce?...
¡No!
Fue siempre un rebelde contra todos los tiranos y contra todas las tiranías, cualesquiera que hubiesen sido sus errores políticos, errores de los que nadie ha estado exento en las enconadas luchas intestinas de nuestra Patria, ni aun Juárez, el más ilustre y el más grande de los indios de América.
El día que, enfriado el volcán en ignición de las humanas pasiones, se escriba la historia imparcial y justiciera de la Revolución iniciada en 1910, y que al ser trazadas estas líneas aún no termina, se verá cómo la Fatalidad persiguió implacablemente al Coronel Ruz Ponce en la última etapa de su vida, llamada a más altos y gloriosos destinos, y se dirá sobre la conciencia de qué Gobernador interino de Yucatán, elevado hasta esa altura tras largos años de soñar con ella, y no ciertamente por la voluntad del pueblo yucateco, sino como el Hierón de quien dijo Maquiavelo que de simple particular llegó a Príncipe de Siracusa, sin deber a la fortuna más que la ocasión: dirá, repetimos, la conciencia de qué gobernador interno de Yucatán, caerá eternamente, gota a gota, como de una clépsidra inagotable, la sangre roja, vigorosa y noble, de aquel valiente hijo de Valladolid, ante cuyo recuerdo nos descubrimos con admiración y cariño.
Pero tal vez esa sangre no caiga sobre ninguna conciencia, porque hay hombres que carecen de ella…
Completamos la relación de los acontecimientos orientales de junio de 1910, con informaciones y datos que deben pasar a la posteridad, tomándolos de nuestros apuntes privados, de fuentes oficiales, de periódicos de la época y de testigos presenciales merecedores, por su honradez y antecedentes, de todo crédito.
Si nuestro trabajo llega a ser digno de llenar el vacío histórico que pretendemos, será la mejor y más preciada recompensa a que podamos aspirar.
Mérida, junio de 1916.
CARLOS R. MENÉNDEZ
MENÉNDEZ, Carlos R., La primera chispa de la Revolución Mexicana (el movimiento de Valladolid en 1910). Estudio historicocrítico Mérida, 1919, Imprenta de La Revista de Yucatán, pp. 5-9.
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