|

Mérida, Octubre 8 de 1904. Sr. Lic. D. Olegario Molina. Respetable y distinguido señor:
Hoy que vuelve de la Metrópoli, después de haber recibido en su elegante residencia del Hotel Jardín las interesantes visitas de D. Ramón Corral y de D. José I. Limantour, tengo el alto honor de darle la bienvenida en nombre del pueblo contribuyente, oprobiado, agobiado, exhausto.
Creo que también le darán la bienvenida llenos de gratitud, de admiración y de entrañable cariño, los desventurados “huiniques” de la Guardia Nacional y los “xtoles” infelices de la policía auxiliar de los suburbios, pues por la reconocida benevolencia de Ud., por su equidad nunca desmentida, por su talento inconmensurable y por su grande espíritu de Justicia, sin pertenecer a las tropas de línea, sin el conocimiento previo de sus obligaciones y deberes, mal vestidos y peor alimentados, están sujetos sin embargo, a interminables procesos militares que dan por resultado la aplicación rigurosa de las penas que señalan con extraordinaria dureza y seriedad las Ordenanzas del Ejército; y eso en virtud de la famosa ley de 14 de octubre de 1903, completamente impopular y opuesta a las prescripciones más terminantes de la Carta fundamental de la República, según se ha podido comprobar hasta la evidencia y hasta el extremo de hacer que callen los “desinteresados” defensores de la referida ley, incluso el “Diario Oficial” por aquello de que al buen callar le llaman Sancho.
Cumplido el deber de saludarlo, ya que concluida su temporada en la capital de la Nación, torna por fin a nuestra costa comburente, paso a felicitarlo sinceramente porque pronto quedará consignado en el art. 36 de la nueva Constitución del Estado el principio antidemocrático de la reelección, mediante el cual aseguran los señores diputados que un gobernante de raras aptitudes y de innegables méritos, usted, por ejemplo, puede continuar haciéndonos felices durante otro período administrativo de cuatro años. Como es bien sabido que por nuestro modo de ser político y las costumbres parlamentarias de nuestro país, procede el Congreso de acuerdo con el Ejecutivo, especialmente cuando se trata de asuntos de alta importancia, el pueblo juzga que la reforma propuesta es de la aprobación de Ud. y muy de su agrado, por haber sido convenido y determinada de antemano en el círculo de los amistosos que se relamen de puro gusto al considerar el ancho campo que se ofrece todavía a sus insaciables apetitos de buenos empleos y mejores negocios.
Sólo que, a no dudarlo, ya no seguirá Ud. sirviendo gratis a la patria; aunque hay quienes dicen que nos asombrará con una nueva y cuantiosa cesión de sus sueldos a favor del Hospital en construcción, grandiosa obra un poco inútil en lo que peca de excesivamente amplia y excesivamente costosas, recordándonos aquellas megalomanías de que habla Bulnes en “Las Grandes Mentiras de la Historia.”
Todos los admiradores de Ud. que tienen noticia de la proyectada reelección, se dicen unos a otros en calles, plazas y corrillos, maravillados de tanto desinterés y patriotismo: “no hay duda, D. Olegario se obstina en ser filántropo.”
Yo también lo digo, sí señor, y añado que si en la primera cesión de sus sueldos para tan humanitario objeto, Dios se dignó premiarlo a Ud., porque desde entonces, han marchado sus negocios, y la casa O. Molina y Cª. Sucesores ha realizado pingües ganancias en menos de tres años, después de la segunda cesión, una vez reelecto, el premio será más gordo y más efectivo que el de un sorteo extraordinario por Noche Buena, de todas las loterías juntas del Estado, de la República y del mundo entero.
Es preciso que Ud. se persuada de que todas las clases sociales piensan conmigo, para que U. no vacile en aceptar la reelección.
Ello será en bien de la patria, de su salud de Ud. pues parece que el Gobierno le sienta muy bien, y de su familia que lo quiere tanto y está contenta de verlo saludable, satisfecho, feliz.
Que en mérito de su grandeza de alma y su excelso corazón de obstinado filántropo, la Providencia le conserve el gobierno por otros cuatro años, y con él, las salud y la felicidad como lo desea sinceramente su atento, respetuoso y S. S.
ROCHEFORT
El Padre Clarencio. Semanario Liberal, Independiente y de Caricaturas, Época II, año II, núm. 8, 8 de octubre de 1904, pp. 2 -3.
|