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Porque lo hemos sido siempre; porque la reelección de un mandatario, sea bueno o malo como gobernante, es un ultraje a la Democracia que se ve obligada a un principio de Monarquía o de Dictadura, sufriendo todos los buenos ciudadanos, algo así como un desprecio que se hace a su honradez y aptitudes y derecho para manejar la cosa pública.
Un gobernante puede ser magnífico, y sin embargo, no debe ser reelecto, porque no es él el único hombre capaz de gobernar, y dejarlo seguir gobernando después de cumplido su período o colocarlo de nuevo en el puesto, que es igual, es manifiesta confesión de la falta de hombres aptos para sustituirlo en el Poder.
Nosotros no creemos que en toda una Nación, en todo un Estado y hasta en una misma ciudad, sea solamente una persona capaz de gobernar. Si tal cosa fuera, no mereceríamos el nombre de ciudadanos, ni deberíamos considerarnos aptos para manifestar nuestro voto en los comicios electorales.
Sentadas estas razones, nos hacen aparecer como antirreeleccionistas en la actual lucha política, muchos innumerables motivos, de los cuales vamos a tratar de demostrar algunos.
Estamos contra Molina, en primer lugar, por humanidad. Reclama la caída de este gobernante toda esa inmensa muchedumbre que esclavizada vegeta entre planteles de henequén, de los cuales cuando ha tratado de huir, se ha visto perseguida y acorralada por la policía del gobierno de Molina. Los Jefes políticos de los partidos se han prestado a todo cuanto han querido los hacendados, que en su codicia explotan de la manera más infame al hombre por el hombre. Somos antiesclavistas y no nos importa el furor de todo el gremio de negreros.
No es esto decir que todos los hacendados son esclavistas contumaces, pues hay entre ellos excepciones escasísimas en verdad, pero más honrosas cuanto más escasas, las cuales no mencionamos porque no queremos ni remotamente halagar ninguna vanidad.
En cambio, en la mayoría de las fincas de campo, según nos consta a todos y según ha tratado extensamente el autorizado diario “El Peninsular,” la esclavitud es el yugo que sujeta a todos los infelices jornaleros.
Para ellos, es necesaria la instrucción, es precisa la libertad, y la libertad e instrucción jamás mejorará su triste estado mientras impere el gobierno de Molina, que muy por el contrario de favorecerlos contra sus opresores, procura favorecer a estos contra aquellos. Así está la actual Administración: dígalo si no el proceso seguido a D. Tomás Pérez Ponce y a D. Carlos P. Escoffié, parangonado con el sobreseimiento inmotivado, pero confirmado, que el Juez 1º de lo criminal dictó en la acusación que contra el rico hacendado Audomaro Molina presentó D. Tomás Pérez Ponce, sobreseimiento que recayó ¡sin haberse practicado ni una sola diligencia y ¡oh sarcasmo! cuando se acababa de dictar un auto de proceder!
Expuesta una de las muchas poderosas razones que tenemos para ser antirreeleccionistas más que nunca tratándose de Molina, pasemos a otra.
El gran pensador Víctor Hugo, juzgó siempre el militarismo como el mayor enemigo de la Democracia. Molina todo lo ha militarizado: allá están la guardia nacional y la gendarmería sujetas a ordenanzas del Ejército en virtud de leyes expedidas por el Congreso Molinista. Allí los tristes consejos de guerra que hacen víctimas a desgraciados analfabetas sin ninguna noción de lo que es la milicia; allí, el gran insulto o amenaza hecha al pueblo libre y soberano, encerrado en unos cuantos mal trazados y suficientemente exhibidos artículos reglamentarios, el servicio militar obligatorio; y, por fin, como si todo ello no fuera bastante, recuérdese aquella pretensión de querer nombrar a un gobernante sin título militar, un Estado Mayor, cuyo Jefe sería un coronel improvisado, de recuerdos tan tristes como el ya tristemente célebre Cenobio Herrera, que cuenta en su hoja de servicios la memorable jornada del 11 de Agosto.
Para librar al pueblo de esa odiosa tiranía, es necesario derrocar el poder de Molina. Por eso somos, también, antirreeleccionistas en este caso, aún suponiendo que no lo fuéramos (sic) en otro alguno.
Y por último, no recordamos la triste historia del Territorio de Quintana Roo que ningún yucateco digno puede ver con buenos ojos y que sí trajo para el Estado la más grande ofensa a su integridad, en cambio dio a Molina una inmensa área de tierra para explotar. Pasemos por alto esa página negra del molinismo y detengámonos en la miseria pública que azota al Estado, cuyo único principio se debe sola y únicamente a las crecidas, onerosísimas contribuciones que Molina ha hecho pesar durante todo su gobierno, trayendo como lógica consecuencia, como desenlace inevitable la muerte del comercio y la industria en pequeño, favoreciendo directamente el monopolio de las casas de comercio con fuertes capitales.
Las leyes de expropiación, las de contribución predial, no son menos terribles para los propietarios de escasos recursos.
Por todos lados, el pueblo muriendo de hambre, de fatiga y de ignominia, mientras el burgués ha centuplicado sus millones y levanta palacios de gran valor sobre las ruinas de la humilde choza de donde fue arrojado sin consideración, sin siquiera lástima, el obrero que no pudo cubrir las exigencias de la Tesorería, o la infeliz viuda que tuvo por mala suerte la vecindad dañina de algún acaudalado.
¡El pueblo pide tierra y pan! Grito terrible que conmueve las entrañas del Universo. Es preciso trabajar para comer, pero ¿cómo trabajar donde el salario no cubre ni siquiera la más apremiante de las necesidades?
Todo es obra del gobierno de Molina, justamente llamado funesto.
Por eso somos antirreeleccionistas, ahora más que nunca. –R. R.
El Padre Clarencio. Semanario Liberal, Independiente, Antiesclavista y Antirreeleccionista, Época II, año III, núm. 7, 1 de octubre de 1905, pp. 2 -3.
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