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LLAMADOS DE OPOSICIÓN
 

¡Quiénes son!

Contra viento y marea, como se dice en lenguaje vulgar, se han llevado a cabo las reformas a la Constitución, cuya augusta soberanía no pudo pasar incólume ante la irrespetuosidad de los eternos reformadores. Ya puede haber reelección, siendo ésta de “conformidad” con la ley.
Pero esa “conformidad legal” a que quieren ajustar las esperanzas que tienen de continuar prevaricando eternamente en los puestos públicos ¿hará la realidad de sus ensueños, coronando sus torpes ambiciones?
Aún queda mucho por ver, pues si la voluntad popular ha sido contrariada al tratarse de su constitucionalidad en el terreno que los partidarios de Molina tienen en sus manos, no así será en el terreno práctico, cuando estos hombres de hoy pretendan apoderarse por un nuevo período de la cosa pública. En el terreno del materialismo no es lo mismo que en la teoría: ellos podrán fabricar leyes para que les sirvan de apoyo a sus pretensiones y podrán amoldar a sus deseos los principios fundamentales del Estado; pero eso no querrá decir que las masas populares estén en disposición de soportar por más tiempo, esa tiranía despótica, porque su situación sería abyecta y ya en lo futuro no tendrán que quejarse de la opresión brutal que sobre ellas se haga.
El despertar del pueblo se hará sentir, si no se procura por otros medios que esos politiqueros abandonen los dorados sueños que acarician y que pueden muy  bien tornarse en horribles pesadillas. La elección popular, el sufragio libre buscará forma y modo de hacerse pasar, avanzando contra todo, sobre todo; pasando encima de cuanto a su poderoso empuje pueda oponerse, y la opresión que trajo al pueblo el abuso y la arbitrariedad, engendra ya la fiebre frenética que, pidiendo a gritos libertad, no retrocederá ni aún en la pendiente del abismo.
Necesario será convencerse de la triste realidad. Cuando ruge enfurecido el león, tiemblan los reptiles, y el león sabrá hacerlos huir con sólo agitar su melena.
Si las reformas constitucionales autorizan ya la reelección de un gobernante, hay necesidad imprescindible de conocer quién es el que quiere reelegirse.
Se ha asegurado que el gobernador Molina no ansía su reelección y que no la aceptará si llegasen a ofrecérsela. En  verdad que haría bien, porque ante su dignidad, como ante el bienestar del pueblo, no cabe más que una resolución de esa naturaleza.
Una aureola de impopularidad ha formado la mala administración al rededor de Molina y es necesario ser muy ciego para no verla bien. En la parte moral se ha resentido hondamente la sociedad con ese sistema despótico y centralista que la actual administración ha hecho pesar durante su funesto paso, pues para el alma gigante de un pueblo no podía pasar desapercibido el desprecio con que Molina le ha tratado, sumiéndolo en odiosa tutela, con mengua de los sagrados principios de libertad. Hollados los fueros, pisoteadas las leyes, ultrajados los principios, hirióse el amor propio del Estado y esas heridas jamás cicatrizan. ¿Cómo es posible consentir que un estado tal de cosas se prolongue? ¿O por ventura ha perdido el pueblo la dignidad, abandonando sus derechos?
Bastante analizada ha sido la administración de Molina en el terreno moral, sacándose en limpio que su funesto período ha pesado sobre el alma de la sociedad, sobre el espíritu del pueblo, como candente huella imborrable; como eterna marca de miseria; como profundo cáncer que carcome la libertad popular. Se ha visto coartar la soberanía, se ha sentido la restricción del sufragio; se ha protestado, ¡inútilmente! contra la desmembración del territorio; se amenaza con el contingente de sangre; se lleva a los paisanos ante “consejos de guerra;” se atropella al artesano; se engaña al jornalero; se fomenta y protege directamente la esclavitud; se daña el derecho de gentes; se espía la vida privada; no hay garantías, no hay principios, no hay leyes, no hay justicia, y, a pesar de todo, los que tal han hecho, ¿pretenden seguir en el poder?
Si la desgracia se hiciese pesar en ese sentido, pronto la raza envilecida sería bien digna de semejante castigo.
Veamos: ¿Qué se ha hecho de los fondos públicos? ¿Qué cuenta se ha dado de las contribuciones impuestas, especialmente la del henequén, sobre la que se ha guardado profundo silencio, tal vez intencionado? De tantos millones que han entrado a las arcas públicas ¿qué se ha hecho?
La prensa ha pedido la cuenta de ellos y ¡mentira parecería! el Diario Oficial ha guardado silencio profundo, porque no tiene argumentaciones qué oponer, ni cantidades que plantear.
Y ¿son esos los que quieren sacar reelecto a aquel que les hizo el honor de darles un empleo? ¿Y es ese el hombre que puede gobernar por más tiempo un Estado libre y soberano?
Oh! ¿Hemos llegado ya a tal grado de abyección que cerraremos los ojos y nos apartaremos del camino para dejar que los mercaderes sigan prevaricando a la sombra del templo?
Que se haya reformado la Constitución local en el sentido que se ha hecho, contra toda la voluntad del pueblo soberano, eso no quiere decir que, los que hemos visto mancillar nuestras leyes, guardemos criminal silencio, que permita a los malos políticos enriquecidos con las economías del pueblo, seguir fomentando su grandeza, seguir amontonando millones que se hacen incontables, mientras en la humilde cabaña del obrero falta hasta el pan con que alimentar a la familia, y mientras palidece avergonzada la soberanía del Estado ignominiosamente ultrajada.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista  y Antirreeleccionista, Época II, año II, núm. 32, 26 de marzo de 1905, pp. 2 -3.

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La oposición.

Ha sonado ya la hora de que Molina salga del poder, dejando de pesar sobre el pueblo yucateco la opresión en que durante su período administrativo lo ha tenido, tutela oprobiosa que los espíritus libres rechazan y a cuya continuación se oponen abiertamente todas las clases sociales de nuestra entidad federativa. De todas partes se levanta ya la protesta contra esos proyectos de reelección que tienen los amigos de vivir del pan del presupuesto, que viniendo en el más allá de la pérdida de sus empleos, el fantasma del hambre, quisieran hacerse eternos en manejar la cosa pública, de la que sacan sus alimentos, hoy por hoy, porque alejados de ella, el aniquilamiento en que les postraría la ociosidad a que están acostumbrados, les haría por fin perecer. Ellos han creído que su salvación está en Molina y procuran alucinar a los incautos con efectos de relumbrón, pretendiendo sembrar la idea de que el Caudillo apoya esos proyectos de reelección inspirados en el estómago y no por el patriotismo; pero el pueblo que ya bien los conoce, los apartará del festín en que han prevaricado, para arrojarlos envueltos en vergüenza a los muladares del desprecio público.
La protesta es gigantesca. Se levanta de todos los ámbitos del Estado la voz poderosa del pueblo que rechaza la pretendida reelección; por donde quiera se tremola el pabellón del antimolinismo, tan formidablemente, que no hay barrera capaz de oponerse a la desbordada corriente, de esa inmensa voluntad. El voto público se convierte en terrible avalancha que arrollará y sepultará a todos los que directa o indirectamente quieran favorecer esa imposición de la autocracia a la soberana voluntad de un pueblo libre que tiene el derecho de elegir a sus gobernantes entre sus ciudadanos dignos, rechazando a los que con torpe mano le han llevado por el camino de la ruina, mientras se enriquecen a costas del trabajador.
Mas de tres años hace que el pueblo yucateco soporta con estoica serenidad el oprobio y la tiranía; más de tres años hace que va el Estado en un período de decadencia monstruosa, mientras se multiplican considerablemente los capitales de sus mandatarios; por más de tres años se ha visto que se pisoteen sus leyes, se le prive de su libertad, que se le veje y ultraje sin decoro ni respeto a su dignidad tantas veces escarnecida, y ha sonado ya la hora de redención, en que sacudirá el oprobioso yugo a que le ha tenido sujeto de la más ultrajada manera, la férula de una familia que se ha adueñado del Poder.
Basta ya. La libertad ha pronunciado el “surgite” y el pueblo se levanta como un solo hombre para protestar contra los proyectos político –molinescos. La soberanía ha sido ultrajada y él la hará respetar en el momento del sufragio; sus leyes han sido destrozadas, pero se reharán por su voluntad; su libertad ha sido esclavizada, pero llegó el momento de romper las cadenas: por eso se escucha por todos los ámbitos del Estado la voz del Pueblo que grita: “¡Salga del poder Olegario Molina!”
Adelante. No hay que desmayar en la tarea de reconquistar vuestros derechos. Yucatecos amantes del bien de nuestro país continuad en esa oposición hermosa que habéis iniciado, trabajando, para que el voto popular, uniformemente se oponga a la reelección de Molina.
Yucatecos, sois ciudadanos y sois libres; nadie tiene derecho de imponernos gobiernos; nadie tiene furor para eternizarse en el Poder; no debemos consentir el entronizamiento de los hombres que llevan al Estado a su ruina. Opongámonos a esos proyectos de reelección que son el introito de la fatalidad; si queréis ser hombres libres, dignos de ser ciudadanos, sabedlo ser y haced uso de los derechos que la constitución nos legó, que han costado tanta sangre y tantos sufrimientos, y no se hicieron para dejarlos dormir en el olvido. Somos hijos de una República y como tales debemos portarnos. Los gobernantes no son los que tienen derechos para imponerse al pueblo: de éste debe ser la voluntad y a ellos sólo toca obedecer, pues han sido nombrados para administrar y no para ordenar y reinar, siendo empleados del pueblo que es el único soberano del cual formamos parte todos los yucatecos.
Si Molina ha gobernado mal, debe de caer. Si ha gobernado bien y sin embargo no queremos por más tiempo tenerlo al frente de la administración, basta pues la voluntad del pueblo para que deba dejar la silla.
No creáis que él por ser gobernante puede imponerse por más tiempo: el pueblo lo empleó y el pueblo tiene pues el derecho de hacerlo terminar, sin que nadie deba oponerse a esa suprema voluntad.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista  y Antirreeleccionista, Época II, año II, núm. 39, 14 de mayo de 1905, pp. 2 -3.

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¡Despertémonos!

Más de un cuarto de siglo hace que la República duerme el sueño sepulcral de los faraones y en su abono están escritas las grandiosas epopeyas de los que antaño le dieron vida con su civismo, con sus virtudes sublimes, con su firmeza inquebrantable y con su heroísmo rayano en la inmortalidad.
Más de un cuarto de siglo lleva de reinar una paz de terror sostenida por la espada personalista; más de un cuarto de siglo que la Patria gime esclavizada y que sus clamores no conmueven el endurecido sentimiento de sus hijos, que por egoísmo y por conservar su bienestar, no dan un solo paso en la senda del civismo.
El indiferentismo más completo, la conveniencia, son el alma de los mexicanos contemporáneos, que ante el semblante demacrado que revela los sufrimientos profundos de nuestra noble Patria, no protestan, ni buscan un remedio a la precaria situación de México.
Dentro de la dignidad y del orden, ha mucho tiempo que los mexicanos pudieron haber detenido la pujanza arrolladora de la dictadura; más como en vez de energías, el Poder sólo ha encontrado servilismos y abyecciones, es muy natural, que se haya implantado profundamente, un estado anómalo de cosas del que sólo saldremos a la muerte del General Díaz, si para entonces, hemos despertado al cataléptico pueblo de nuestra República.
Ya no alumbran  el cenit de México, estrella de la magnitud del Pensador Mexicano; ya no atruena en el foro, en la plaza pública, o en la Cámara, la elocuencia de un Mata, de un Arriaga, de un Ramírez, de un Zarco, o de un Gamboa; ya no se encuentran almas del temple de un Ocampo o de un Gómez Farías; ya no existe la probidad de un Mariano Arista; ya desapareció la inquebrantable firmeza de un Leandro Valle, la constancia de un Santos Degollado; ya no luce la galana inteligencia de un Lerdo de Tejada ni el ingenioso y agudo talento de un Juan Bautista Morales; ya no palpitan corazones templados en la adversidad y en la energía y que depositaron colosos de la talla de un Morelos o de un Juárez.
A la extraordinaria actividad del civismo; al poema de la lucha, de la inteligencia y del valor: al empuje y al valor de los titanes de otros tiempos; a la solidaridad del partido liberal y a la identificación de éste con la Patria, ha sustituido el letargo intelectual, físico y moral más absoluto; la parálisis del liberalismo, la desunión y falta de patriotismo de los individuos que lo forman y la corrupción de las clases sociales, particularmente de la juventud.
Desde el más elegante estrado, donde se dan cita las personalidades refinadas de la sociedad, hasta la modesta habitación del ciudadano de la clase media, hasta el infecto tugurio del proletario, no se oye hablar ni una palabra que se refiera al deplorable estado económico, político y social de México: la política es un delito para todos; su sólo nombre infunde temor, espanto, terror y algunas veces, la estupefacción limítrofe de la muerte.
Y sin embargo, la necesidad de la política se siente por doquiera; desde el estrado al tugurio se nota el profundo malestar que inquieta al país; el ácido carbónico del actual orden político, es incompatible ya con las diversas manifestaciones de la vida social.
Y no es que falten a México talentos ni virtudes; lo que sucede es, que el talento y la virtud, se han convertido en estatuas de sal, por haber dirigido su vista, una sola vez, hacia la Resurrección del ilógico y refractario régimen colonial.
Todavía podrían los hombres de saber, del foro, de la industria, del ejército, de la Cámara, del periodismo, del comercio, etc., encarrilar al país por el sendero del progreso; todavía podrían preparar el futuro de México; todavía la paz verdadera podía ser un hecho en lo venidero; todavía era tiempo de inculcar a la niñez sanos y rectos principios de moralidad y de política: aun pudiera dirigirse pacíficamente, pero con entereza, la marcha de los acontecimientos, para presenciar mañana, la prosperidad nacional.
La dictadura actual no tiene ya remedio, porque con ella ha fulgurado una situación anómala, por los crasos errores del Partido Liberal que depositó ciegamente su confianza en las manos de un Caudillo de bastardas ambiciones; el tiempo que todo lo aniquila y todo lo ciega, es el único que no tardará en desatar este nudo gordiano, del que está pendiente la libertad de México.
Aprestémonos pues para la lucha, no con la mira de realizar un imposible, sino con el fin de preparar la bonanza política de nuestros hijos. Aun puede salvarse el porvenir de la Patria, pero para lograr esta legítima aspiración, necesario es que sacudamos el letargo en que yacemos y al que nos hemos condenado voluntariamente.
Para manumitirnos, antes es necesario, que seamos dignos y progresistas; nunca podrá el siervo que besa la mano que le cruza el rostro con el látigo, ser el paladín de la democracia; por esto debemos dirigir al pueblo, educarlo y con el ejemplo, más que con la palabra hay que excitarlo e impelerlo a que sacuda su indiferentismo y sus viejas y rancias preocupaciones.
Es urgente la educación cívica, porque el civismo es quizá el órgano más importante de la fisiología social: hay que ejercitar ese órgano, pues el aforismo biológico sintetizado así:
“El órgano que no se ejercita se atrofia,” es también una verdad indiscutible, tratándose de las sociedades.
Es pues ya tiempo de principiar a practicar el civismo; Coahuila nos da ya el ejemplo, y trabajemos asiduamente para la realización del feliz mañana de nuestra moribunda Patria.
EL CHINACO.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista  y Antirreeleccionista,  Época II, año II, núm. 42, 4 de junio de 1905, pp. 2 -3.

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No se debe desmayar

Es una verdad incontrovertible que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, e igualmente es exacto que solamente son libres los pueblos que saben serlo. Si la reelección de Molina con toda su funesta camarilla llegase a ser un hecho, nadie más que nosotros los yucatecos tendríamos la culpa de esa desgracia que hoy amenaza; a nadie podríamos culpar más que a nosotros mismos, porque no sabremos oponernos a ese golpe de la fatalidad, que de llegar a ser tendríamos que soportar con la triste resignación de la impotencia.
Se asegura que los trabajos políticos se han paralizado y que la inercia ha sucedido a toda aquella animación con que se empezaba a levantar el sólido edificio de la antireelección, obedeciendo vergonzantes órdenes de quienes no tienen derecho de inmiscuirse a coartar la libertad del sufragio. Tan alarmante rumor sería de exhibir la realidad, prueba inequívoca del estado de degeneración de la viril raza yucateca que ha sabido siempre defender su soberanía, y de ello tendrían graves responsabilidades ante la sociedad, ante la Nación, ante el mundo entero los que supieron apoderarse de la situación, haciéndose cabezas de la oposición, para luego no hacer nada en beneficio del pueblo.
Bien sabido es que los pueblos son hasta cierto punto “menores de edad” que necesitan guías para que los dirijan, sujetándose a lo que las primeras figuras políticas ordenan, para evitar así la anarquía y la disolución; pero si los guías se desvían del verdadero camino y por esa falta de dirección la opinión pública se exalta, se desborda, se extiende en forma de avalancha sanguínea que incendia, que ruge y asesina para buscar su libertad ansiada, a nadie podrá culparse sino a los que han sorprendido la voluntad de ese pueblo aprovechándose de sus más hermosas aspiraciones, haciendo creer a la multitud que son hombres, para luego trocarse en medrosas doncellas que tiemblan presintiendo la ira de la autocracia y se doblegan sumisos y obedientes, para no incurrir en el terrible odio del que siempre procura imponerse.
El problema del ser o no ser se impone para los que se precian de caudillos de las masas: es preciso para conjurar la situación, que avancen hasta conseguir su fin; si no son competentes, que se retiren a devorar su impotencia humillante.
¿Pretenderemos engañarnos nosotros mismos los yucatecos? No hay un solo hijo de este desventurado Estado que no sea enemigo del gobierno absorbente de Molina y sin embargo, sabemos que muchos temerosos de sus intereses, de su libertad y hasta de sus vidas, no osan mostrarse como contrarios a la burocracia de estos tiempos. Esta situación es demasiado envilecida: si somos antireeleccionistas, ostentémonos como tales, que tenemos derechos inviolables para hacer gobernantes a los hombres que eleve el voto de nuestros conciudadanos, y no debemos tolerar que se nos imponga un gobierno que no ha sido votado en los comicios electorales. La degradación social hace a los hombres indiferentes, serviles, insensibles, y a veces tan miserables que tienen aun la desvergüenza de soportar las imposiciones que se les haga de sus gobiernos, con mengua de las garantías de la elección libre, llegando cínicamente a lamer la mano que coloca al pueblo en el patíbulo y al verdugo en la silla del mandatario.
Todo Yucatán en masa está convencido de que Olegario Molina no puede ser más de lo que siempre ha sido: un comerciante que negocia con todo lo que puede darle utilidad y de allí que sea uno de los primeros, sino el primero de los capitalistas del Estado. Podrá Molina en lo particular y como hombre ser todo lo bueno que se quiera, el mejor de todos los yucatecos (y eso que no es yucateco) si así se le antoja a todo el mundo, pero en cambio es el peor de los gobernantes que Yucatán ha tenido y eso es lo suficiente para que no deba de ser reelecto, puesto que la primera Magistratura de una entidad federativa, no se confiere como premio al hombre que haya sido un buen ciudadano, sino es un cargo que se da al que pueda ser un hábil y honrado administrador de los bienes materiales y morales del pueblo.
Pero no tratemos de Molina y de demostrar una vez más la clase de gobernante que ha sido: todos estamos convencidos de que ha sido mal gobernante y por tanto todos debemos oponernos a su reelección. Que surja de nuevo la oposición, que se formen clubs, que haya juntas, puesto que para todo eso tenemos sagrados derechos que nadie debe coartarnos y que no debemos permitir que se nos prive de ellos. Los Estados son enteramente libres para elegir a sus gobernantes y en esa elección no debe intervenir ni el “Centro” ni alguna otra entidad federal, puesto que a Yucatán y sólo a Yucatán compete elegir al gobernante que debe tener.
Nada debe importarnos incurrir en desagrados si estamos en el ejercicio de nuestro derecho y en el cumplimiento de nuestro deber. Pero si el temor pueril se impone y por falta de dignidad continuamos en el estado de inercia que nos traiga por fin la derrota de nuestros ideales, al prescindir, huyendo en vergonzosa derrota, de ser ciudadanos dignos, de ser hombres libres, jamás volvamos a quejarnos de la pérdida de nuestra soberanía.
Si Molina saliese reelecto, será porque merecemos esa imposición. Si consentimos la muerte del sufragio, será porque no merecemos tener derecho de votar en las elecciones.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista  y Antirreeleccionista,  Época II, año II, núm. 42, 4 de junio de 1905, pp. 3, 6.

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El pueblo yucateco toma su lugar

Los que sentimos con el corazón de ese gran pueblo en que palpita el alma de la democracia y que se falsifica en el palacio de un esclavista para escudarse hipócritamente con ella; los que profesamos principios liberales y amamos la Constitución en que se consignan los derechos del hombre y del ciudadano, no podemos menos que regocijarnos inmensamente al ver que no han muerto la dignidad y el honor en que descansan el bienestar y la grandeza de los países civilizados.
Porque sin dignidad y sin honor no puede haber más que esclavitud y abyección y en tales condiciones ningún pueblo puede ser verdaderamente grande y próspero.
En consecuencia, ¡cuánta no ha sido nuestra satisfacción contemplando al pueblo yucateco en estos últimos días, ejercitar pacíficamente sus derechos, proclamando en dos grandes asambleas que se han verificado en esta Capital, que se opone con resolución, con firmeza y con entusiasmo a la reelección de D. Olegario Molina!
Muy bien: así se prueba que hay virilidad y que no pueden imponerse los tiranos a los ciudadanos que conocen perfectamente el camino que conduce a remediar la triste situación en que yace postrado Yucatán por las expoliaciones del poder que no ha vacilado en decretar contribuciones nuevas y agravar las que ya existían, en provecho de amigos y parientes.
Y así, es claro, ha tenido que verse lo que pocas veces habíamos presenciado: una actitud de combate en el pueblo que parecía callado, dominado y sin valor para la lucha.
Mas siempre sucede de la propia manera con los pueblos: sufren y callan, hasta el instante en que ya no pueden sufrir y callar.
Entonces obran activamente y no se detienen sino cuando han conseguido su objeto, para retirarse luego a sus labores y consagrarse exclusivamente al trabajo, contentos y satisfechos de haber cumplido con su deber y de haber llenado noblemente su misión.
Tal acontecerá también tratándose de los yucatecos; no descansarán mientras el Sr. Molina no deje el poder en que indebidamente los que medran a su sombra y él mismo parece que desean la perpetuidad o por lo menos la continuación por otro largo período de gobierno.
A eso se deben las reuniones que últimamente se han celebrado sin embozo al aire libre puede decirse. Todos las han aplaudido y todos han ido a ofrecer su contingente para la lucha electoral que se prepara muy reñida, porque así sucede siempre que el pueblo lucha contra el poder.
¿Por qué? Nadie lo ignora; la fuerza popular es inmensa, incontrastable, todo lo arrolla y lo vence todo.
Por supuesto que no existe el menor propósito de usar la fuerza contra la fuerza, sino el derecho contra la opresión, la ley contra el atentado y el abuso.
El pueblo se defenderá serena y valerosamente.
¿Qué se le atropella y se le veja? Venga la ley y hagamos valer el derecho.
Un individuo aislado puede ser vencido y quizás humillado; la intriga, el poder y el dinero, pueden aplastarlo sin remedio; pero a un pueblo que sabe luchar y vencer, no se le aplasta nunca.
En ese caso está hoy el pueblo yucateco.

El martes último circuló el suelto que sigue:
Convencidos de la alta significación que tienen en los asuntos políticos las deliberaciones del pueblo, mucho más en un país como el nuestro regido por instituciones democráticas, hemos resuelto dar un carácter completamente popular a las reuniones pacíficas que celebramos para oponernos con firmeza a la reelección del Sr. Lic. D. Olegario Molina. Al proceder y opinar así, lo hacemos en uso de un derecho sagrado que nos concede la Carta fundamental de la República.
En tal virtud y después de haber celebrado el sábado 3 del corriente una junta numerosa en medio del más extraordinario entusiasmo, tenemos el honor de invitar al pueblo independiente de esta Capital para la reunión solemne que se verificará hoy, martes, a las 7 y 30 minutos de la noche en la casa del Sr. Lic. D. Manuel Meneses, calle 62 sur, número 525, entre La Lonja y la Botica de San Juan.
No lo olviden los amigos de la noble causa de la no –reelección.
Orden y Ley.
Mérida, Junio 6 de 1905.
LA JUNTA DIRECTIVA.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista  y Antirreeleccionista,  Época II, año II, núm. 43, 11 de junio de 1905, pp. 2 -3.

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La salvacion esta en nosotros

Estamos en los momentos de la lucha; en los preciosos instantes en que arriesgamos el futuro a sufrir las consecuencias de nuestro valor, o de nuestra cobardía; en  la ocasión de hacernos respetar, o de tolerar la vergonzosa imposición; en la definitiva de optar entre ser ciudadanos dignos, o desgraciados parias. Estamos ya en la pendiente de que se desciende por dos lados opuestos: en uno esta la dignidad, el honor y la victoria rodeada de la felicidad futura, en otra la humillación y la inercia seguidas de la continuación de los males que tanto aborrecemos. Por el primero de estos caminos se hace difícil la jornada para los espíritus endebles y apocados, porque la sombra del opresor trata de interceptar el paso, amenazante y fiera; por el otro es fácil el trayecto; no hay más que dejarse resbalar. Preciso es descender: hay que escoger el camino.
¿Queréis llegar a la victoria y colmar nuestras esperanzas de tener un futuro feliz? Tened valor, avanzad con el espíritu sereno y la conciencia tranquila de los hombres que tienen dignidad; avanzad sin temor, aun arrastrando las iras del tirano, que temblará ante vuestra actitud noble.
¿Queréis que continúe la desgracia de que nos quejamos? Dejaos resbalar: fácilmente llegaréis al fin de la jornada, descansados, sí, pero ya sin pudor. Estamos ya en los momentos de elegir al hombre que en el próximo cuatrienio sustituya al funesto Olegario Molina, y antes que nada estamos en la ocasión de rechazar enérgicamente a éste con toda su camarilla de farsantes.
El pueblo es el primer poder por excelencia y es el que en las actuales circunstancias desempeña el papel de protagonista en una obra que, al llegar a su desenlace, aparecerá como grandiosa epopeya, o como ridícula pantomima, según ejecute el pueblo, el desempeño de su interesante papel. Si queremos ponernos en ridículo, si no apetecemos desembarazarnos de esa turba canallesca que sólo se ha apoderado del poder para extorsionar y explotar, hagamos del valor y de la dignidad buen desempeño y avancemos siempre rechazando la reelección de Molina, siempre enérgicamente opuestos a los torpes aduladores que pretenden reelegirse con él porque se han creído ya dueños absolutos de la situación.
¿Sabéis de qué dimana la insolente actitud de los reeleccionistas; a qué se debe tanto atropello y tanta injusticia; por qué se pone en juego con el mayor descaro tanta chicana y por qué la justicia se prostituye impúdicamente? ¿Sabéis por qué el dinero del esclavista sujeta a tantos que comercian con sus opiniones jurídicas? ¿Sabéis por qué en el hogar del obrero falta el pan y el abrigo para la familia; por qué el trabajo es mal retribuido y el pobre soporta humillantes vejaciones del burócrata? Porque el pueblo lo consiente; porque lo hemos tolerado y seguimos tolerando; porque el pavor crece donde no hay dignidad y la momentánea fanfarronería que quiere hacerse pasar por valor, tiembla y cuando oye en boca de los reeleccionistas el nombre del Presidente de la República; porque hay muchos seres desgraciados sumidos en la más degradante abyección; porque no se ha levantado con toda su fuerza la enérgica protesta del ciudadano libre; porque tenemos la errónea creencia de que el dinero todo lo puede. ¡Mentira; la voluntad del pueblo es el principio del poder!
Hay que ligarnos estrechamente; hay que unirnos para la lucha. Un hombre solo cae fácilmente, mas no así la inmensa mayoría que debe levantarse para conseguir los fines propuestos. No se debe temer a nadie ni a nada: avanzar, siempre avanzar en la senda de la lucha, aún desafiando las iras del tirano.
El mismo Porfirio Díaz lo ha dicho: la actual cuestión política debe resolverse en el Estado mismo. Hay que tomarle la palabra y ejercer nuestros derechos. Sólo así podremos triunfar. Basta de abyección, que ya ha sonado la hora de la lucha. Imitemos la heroica actitud de los valientes hijos de Coahuila que han sabido hacer valer sus derechos para derrocar el gobierno de Cárdenas. Ellos como nosotros soportaron la dura tiranía, pero llegó a su colmo la paciencia, y la dignidad hizo brotar de los pechos del pueblo, el grito de oposición, sin que se aterrasen los oposicionistas al ver las tropelías que los hombres del poder cometían y sin sentir miedo ante la imposición que trató de hacer el Presidente Díaz.
Parece que, después de tantos años, ha resucitado allá en el norte de nuestra Patria esa virilidad, esa energía, esa vergüenza noble que impulsa al combate en el ejercicio del derecho. El noble y digno pueblo coahuilense se ha unido y levantado como un solo hombre contra la turba presupuestívora que trató de reelegir a Cárdenas, contra el mismo Cárdenas que impúdicamente trató de imponerse y hasta contra el Presidente de la República que no disimuló la protección que imparte al agonizante Gobernante de Coahuila. La decisión ha sido el triunfo más completo. El gobierno de Cárdenas no será de nuevo en el poder.
¿No podremos hacer otro tanto los yucatecos?

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista y Antirreeleccionista, Época II, año II, núm. 49, 23 de julio de 1905, pp. 3, 6. 

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El impopular Molina


Se manifiesta de un modo bastante claro y se comprueba plenamente la impopularidad de Olegario Molina, el funesto, con sólo fijar la atención en el crecido y creciente número de ciudadanos yucatecos que concurren sin temor y por su propia voluntad, a las frecuentes reuniones antirreeleccionistas.
El pueblo, el verdadero pueblo yucateco que sabe premiar los afanes y castigar las infamias, es el pueblo que en masa, con una sola voluntad y una sola voz, protesta contra las ambiciosas pretensiones de media docena de esclavistas y unos cuantos presupuestívoros que secundan los deseos de Molina haciendo inmoderado bombo a la causa de la reelección, que es la causa de la inmoralidad, del despotismo y de la prostitución administrativa. Ese pueblo que ha tenido aplausos y alabanzas para un Romero Ancona, indomeñable, altivo y honrado; ese pueblo que tiene un respeto inmenso y una gratitud sin límites para un General Palomino, progresista, justiciero y benévolo; ese pueblo asesinado el once de agosto 1897, y sin embargo, de energías jamás decaídas, es el pueblo que rechaza la impopular candidatura de Olegario Molina para un nuevo período gubernativo. Porque el pueblo se ha visto perseguido; porque ha sentido el yugo opresor de la autocracia impúdica; porque en vano ha pedido justicia ante los prostituidos tribunales; porque se ha visto explotado de la manera más inicua; porque ha sido calumniado y sujetado a la más vergonzosa tutela durante el gobierno que agoniza, y está cansado de opresión, de inmoralidad, de ignominia y de esclavitud, levantándose hoy, con toda su energía, protestando contra los proyectos de reelección y rechazando la candidatura del odioso y justamente odiado Molina, en esos centros populares, en esas asambleas antirreeleccionistas, que se ostentan poderosas, como víctimas glorificadas en sublimes apoteosis, acusando a sus verdugos.
La prueba de la impopularidad de Molina está palpable y de sobra se conoce la causa de su existencia.
El pueblo no se contenta con que se le crea indiferente a Molina; no, necesita que se sepa lo mucho que odia a ese rapaz gobernante, que ha querido reducir a todo Yucatán a una afrentosa esclavitud.
Nosotros, los que contemplamos esa masa humana que se agita y ruge; que pide la no reelección, creemos que ha llegado el momento de las represalias, y aplaudimos esa virilidad de los yucatecos impulsándolos a no cejar por nada ni por nadie, en los momentos en que reconquistan sus grandes libertades.
¡Avanzar será la gloria; retroceder será un crimen!
El pueblo quiere la caída de Molina y la voluntad popular debe ser satisfecha.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal,  Independiente, Antiesclavista y Antirreeleccionista, Época II, año III, núm. 7,  1 de octubre de 1905, p. 7.