Sociedad y cultura
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  Una de las glorias del gobierno de Molina
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Sociedad y cultura
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RIDICULECES Y VEJACIONES
 

Ridiculeces y vejaciones.

La actual administración de D. Olegario Molina está acostumbrada a hacer pasar al pueblo por muchas vejaciones, y para lucir sus habilidades, en aquella megalomanía de que se han contagiado todos sus satélites, comete toda clase de ridiculeces; ridiculeces que las más de las veces pasan desapercibidas para la generalidad, pero que tienen ciertas ínfulas de grandeza, dañando la parte más sensible del pueblo, que es la dignidad.
Estamos ya acostumbrados a ver ese prurito de grandeza, esa ostentación tan soberbia como ridícula, que en todos y en cada uno de los actos del Gobierno, se despliega con ciertos visos de aristocracia, que la llegarían a hacer risible si no hirieran el pundonor. Las tan decantadas obras materiales de pésima construcción, que han dado margen a la desconsiderada explotación de que el pueblo ha sido objeto, son ostentosas páginas de la ridícula historia de este Gobierno, que han hecho la gastada y tonta muletilla que anda en boca de los empleomaniáticos como el incienso que se quema, mientras dura, ante el Moloch del día, el sacrificio enorme de la clase proletaria.
Estamos ya acostumbrados a ver que el Gobierno pisotee la dignidad de los hombres, dando visos de majestad a todas sus manías y por eso es que muchos se contentan con reír de esa locura, sin siquiera tomarse el trabajo de analizar cuál es la parte vejatoria que en ella existe.
Desde el advenimiento de Molina al poder, el pueblo no hace más que sufrir humillaciones y más humillaciones. No hablemos ya de la escandalosa cuanto antipatriótica creación de Quintana Roo ni nos ocupemos de la infamante marca carnavalesca con que se disfraza al presidio, infringiendo la Constitución, ni tratemos del servilismo y adulación de los empleados que hacen creer a Molina que él es el “único” para halagarle su vanidad; ni descendamos a la ridiculez de los molinistas de quitarse el bigote para lucir el rostro sin pelos como bufones de la edad media; ni retrocedamos a considerar la ley militar y “consejos de guerra,” tan anticonstitucional; ni veamos por hoy el afán de “reformar” queriendo arrebatar al país su soberanía, para apropiársela; no, no consideremos nada de eso y fijémonos en la última ridiculez que ha hecho la administración; ridiculez nacida en un ultraje inferido al pueblo: la manifestación del día primero. La vanidad llegó a su colmo y se deseaba ya una oportunidad para darle salida, abortando todo aquello que vimos y que vamos a tratar: las fiestas presidenciales resonaron con mucha anticipación, para crearse fama; el Ayuntamiento que es porfirista, aunque el pueblo no lo sea, tuvo a bien concebir la idea grandiosa de toda aquella ridiculez que se desarrolló, que desfiló por las calles con altiva arrogancia, con orgullo propio de los pequeños que se creen grandes. Allí estaba todo: todo en compendio en aquel museo ambulante: allí el “ejército” del Estado, haciendo una parada militar, cerrada por escobas. “Caballería” “infantería,”… ¡Cuántas cosas! Allí las muestras de la vanidad: el carro de ambulancia que se carga de polilla en la quinta de la “Culinaria,” mientras se conduce en camillas a los enfermos, al hospital y al asilo de mendigos (hoy improvisado lazareto); allí  todos los enseres de limpiar el pavimento de la ciudad, mientras nuestras calles pavimentadas lucen gruesas capas de lodo; allí la “hermosa” bomba, terror de los incendiarios, que no ha sofocado hasta hoy ningún incendio y que sólo sirve para remover los miasmas que se depositan en el fondo de los pozos absorbentes; allí un cuerpo de infelices hombres reducidos al trabajo forzado, que no contento el Ayuntamiento con “uniformarlos” ridículamente, les hace pasar por la infamante condición de desfilar con sus escobas al hombro, como héroes de la basura! Y fue más; al pasar aquellos desventurados frente al Palacio municipal, estentóreas carcajadas y nutridos aplausos resonaron en aquel recinto que servía de pabellón a los prohombres del día. No podemos asegurar quiénes fueron los que rieron de aquella ridícula pantomima, pero sí vimos que el primero que aplaudió dando la señal del “choteo” fue el mismo gobernador.
Tal fue la “gran parada militar,” con todas sus ridiculeces y todos sus vejámenes.
La parte ostentosa de ella está en todos esos aparatos y en todas esas máquinas, que no sirven para nada más que para pasear la vanidad de la administración de Molina, y que se sacaron a la calle para hacer gala de una cosa que no existe, como que no sirven para lo que están destinados. La parte ridícula está en todo también, pues que para festejar la toma de posesión del eterno presidente de nuestra patria, se aprovecha la oportunidad de sacar a lucir los efectos inservibles en que el H. ha derrochado los fondos municipales, y con su ejército armado de escobas, se pasea por las calles un acto que debía revestir seriedad, como si fuese un juego de muchachos. La parte vejatoria está en todo también: allí los gendarmes sin instrucción, haciendo un desfile “conforme a la ordenanza” (?) y amenazados con el afilado machete de un proceso militar; allí niños todavía soportando el armamento de un ejército parodiado, para formar mayor grupo de fuerza, para apoyar aquella reelección de Porfirio Díaz, y por último, un ejército de hombres armados de escobas que dan a entender, o que el pueblo en caso de oponerse por los hechos, será barrido como basura, o que los ciudadanos están armados de escobas, porque no podemos estar armados de otra cosa, o que hemos llegado ya a lo último de falta de amor propio. Y cierran con broche de acero tanta vejación, los atronadores aplausos del gobernador, a aquella ridiculez que desfilaba!

EL PADRE CLARENCIO, Semanario Liberal, Independiente y de Caricaturas, Época II, año II, núm. 17, 11 de diciembre de 1904, pp. 3, 6.

El Eco del Comercio, 15 de agosto de 1905, p. 1.