Una de las glorias del gobierno de Molina.
Hace poco más de un año fue abierto al público con toda solemnidad propia siempre en estos casos, una sociedad titulada “CENTRO GENERAL OBRERO” cuyo objeto principal era levantado y patriótico, pues se proponía encauzar a las masas por la senda de la civilización y del progreso intelectual, moral y social.
Con motivo de la apertura de tan benéfica asociación se celebró una solemne velada a la que concurrieron nuestras diversas clases sociales, varias respetables personas hicieron uso de la palabra y los amplios salones en que tuvo lugar aquella fiesta, quedaron henchidos de concurrentes; entre los que se encontraba el Sr. Gobernador del Estado, Olegario Molina, quien por invitación de la directiva pasó a ocupar la silla de la presidencia. Con tal motivo varias personas hicieron prevalecer el rumor de que el Sr. Molina era el Presidente Honorable de dicha agrupación.
No faltó quien en esos precisos momentos extrañara la presencia de aquel burgués presidiendo las fiestas de una institución cuyos principios doctrinarios eran netamente democráticos, y Molina era bien conocido en sus principios teocráticos, de los cuales nunca ha querido abdicar.
Todo parecía acabar con un triunfo completo que debiera sellar el principio genial de la democracia, en que el escudo de la moralidad, forjado en las candentes fraguas del proletario humilde; cual soberbio que se opondría al retroceso y al vicio, dando paso al adelanto incubador del progreso y de las ciencias.
Mas no fue así, pues aquella benéfica institución cuya misión santa sería descargar su hacha demoledora sobre los tenebrosos fantasmas del crimen y de la inmoralidad, no pudo terminar sus primeros trabajos, sin que la férrea mano del envidioso burócrata no colocara los primeros obstáculos a su paso sembrando la cizaña.
Y así fue; aquella noche casi al terminarse el gran festival; un señor Saes haciendo uso de la palabra encomió la idea de aquellos humildes artesanos, y alentábalos a continuar en sus propósitos; señalando entre otras cosas la necesidad imperiosa que hay de fundar ese género de agrupaciones socialistas que tan óptimos frutos ha producido en todas las naciones del Universo.
Con tal motivo; el Sr. Molina, autócrata por despotismo no aceptó como buenos los principios que establecía en su doctrina el Sr. Saes, y como en estos momentos terminaba aquella fiesta, aprovechó esta coyuntura para separarse de aquel sitio, que ocupaba por cortesía de la directiva, ocupándose incontinenti en combatir punto por punto el discurso del ya mencionado Sr. Saes y encomiar los propósitos siniestros de la burguesía y la autocracia reinantes.
Sin duda alguna desde ese momento, aquella laboriosa clase obrera debió ver en el Gobernante Molina, a un enemigo de sus aspiraciones.
Hemos creído necesario hacer remembranza de sucesos que cubrían las sombras del olvido, para conocimiento de aquellos que hasta hoy ignorantes de estos pequeños esbozos que forman el relieve de nuestro gran personaje político, hubiese causado no poca sorpresa la clausura de aquel necesario y útil establecimiento.
Claro está. Si el Sr. Molina desde al inaugurarse aquel establecimiento no pudo ocultar el disgusto que le causaba las bases o principios en que descansaba; con cuanta más razón no obró cuando tuvo el triste convencimiento de que toda la clase obrera, cuya mayor parte concurría a aquel centro de recreo, no tan sólo no era adicta a su reelección, sino que con todas sus fuerzas se oponía a esos deseos de esa media docena de protegidos y favoritos que temen perder sus canonjías unos, y la tolerancia criminal y perversa que disfrutan, otros.
En otros artículos nos seguiremos ocupando de este tan escandaloso asunto que ha conmovido a todas las clases sociales, por emplearse en él un procedimiento bastante atentatorio que revela un desprecio humillante hacia esos seres humildes que se mueven en los talleres, que cultivan los campos y que con sus energías crían y dan vida al comercio, a la agricultura, a la industria y todo lo que forma el emporio de la prosperidad nacional y el enriquecimiento de la burocracia yucateca reinante, quien hoy pretende nulificar al obrero, rebajarlo y hasta despojarlo de sus derechos de ciudadano.
EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal, Independiente, Antiesclavista y Antirreeleccionista, Época II, año II, núm. 44, 18 de junio de 1905, pp. 6 -7.
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