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APUNTE BOLITA
 

Los juegos de azar en auge.
El pueblo explotado y el gobierno durmiendo.

La moralidad del gobierno respecto a la terrible carcoma social que se llama juego, y que se ha  manifestado con reducir a prisión a algunos obreros que han pasado las de Caín para salir de la Penitenciaría y a algunos individuos de viso que han resultado inocentes tresillistas y han hecho pensar a muchos en aquello de que las leyes son como las telas de araña en que se enredan las moscas; pero que son barridas por las escobas. La moralidad del gobierno, repetimos, en este importante asunto que  en épocas no remotas sirvió como arma de partido a cierto grupo hipócrita más jugador que Birján y que ahora se está haciendo el tonto, tiene muchas ocasiones de salir a luz, lo cual no sucede, con lo que se prueba que dicha moralidad no es más que jarabe de pico, valga la frase, y que lo que hay en el fondo es especulación, contemplaciones para ciertos negocios y ciertos negociante, mucha gana de llenar el bolsillo y nada más.
Ya hablamos de que las loterías han estado disfrutando de una criminal tolerancia de parte del gobierno, y no vacilamos en llamarla así porque en nuestra opinión y en la de muchos sabios y de todas las personas honradas y previsoras, las loterías son la antesala de la casa de juego para muchos y una contribución esquilmadora para los pobres. De allí que los países más cultos las prohíban y las persigan. Ahora queremos señalar dos de sus inmediatas y perniciosas consecuencias.
La primera es la corrupción de la niñez que el gobierno tiene que tolerar cuando está en el caso de tolerar y aún de favorecer las loterías. Asombra el número de menores que pululan por las calles, de mujeres que podrían ocuparse de otras faenas menos vecinas de la prostitución, y aún de infelices niñas, entregados todos a la venta de billetes, acerca de lo cual repetidas e inútiles veces ha llamado la atención la prensa diaria. El mal crece y lo que durante muchas administraciones no se había permitido, el voceo de billetes por las calles, cosa que está prohibida, ya volvió a entrar en nuestras costumbres y ya el transeúnte tropieza sin cesar con fastidiosos billeteros que estorban el paso ofreciendo la privilegiada mercancía y atentando a los bolsillos de los pobres, ofreciendo fortunas improvisadas. El juego de azar con su cortejo de miserias y podredumbre está campante.
Bajo la de veras bien intencionada administración del Sr. General Palomino, se dio la ley de 11 de Septiembre de 1886, de la cual entresacamos las siguientes líneas que recordamos a la autoridad política con el fin de excitarla a hacerla cumplir como es de su estrecha obligación.
Art. 1. Se declara sujeta a la inquisición de la policía la vagancia de los menores de edad.
Art. 9. Se declaran vagos para los efectos de esta ley a los menores de 21 años que se ejerciten en vender billetes de lotería o rifas por las calles, etc.
Como se ve, es precisamente la venta de billetes y de boletos de rifas lo que se persiguió. Porque es evidente la inclinación que ambos juegos inculcan hacia el vicio; porque son clarísimos los peligros que envuelven  principalmente para la juventud y para la ignorancia.
Otras de las perniciosas consecuencias de las loterías y que dan mayor relieve al hecho que ya apuntamos de que fomentan la afición a los juegos de azar, es la notable abundancia de rifas que en la actualidad se verifican y en las que el pueblo, como entidad, es lastimosamente explotado y despojado de sus economías, reunidas con grandes penalidades, y sin que haya una autoridad, ni persona caritativa que abra los ojo a la víctima. No hay persona que haga ver que pagar cinco o diez pesos por una probabilidad que tiene más de diez y seis mil probabilidades en contra, si no fuera porque es un acto de impensada candidez, sería una muestra de triste imbecilidad aún cuando se proceda con entera buena fe. No hay autoridad que se considere obligada a cuidar al pueblo irreflexivo para que no se le dé por ciento cincuenta mil pesos o más lo que pueda que valga la mitad. Porque de todas maneras, el pueblo en conjunto es el que paga o compra lo que se rifa. Ya que el pueblo no se ha fijado en que los que entran a una rifa son los que tienen que pagar la crecida contribución que pesa sobre ellas, porque no las ha de pagar el que hace la rifa, ni se fija tampoco en que compra lo rifado bien caro, porque si el rifador lo quisiera vender en su justo precio, no faltaría quien se lo comprase sin tener que meterse en tanto trabajo, el gobierno, que representa al pueblo en conjunto, se debería fijar.
Se debería fijar en que en las rifas la ganancia no depende del ingenio ni de la inteligencia sino del azar completamente y por tanto están comprendidas en las prohibiciones legales (art. 687 del Código Penal vigente) y se deben considerar nulas las disposiciones que las consiente porque nada puede justificar la tolerancia de un delito, y todo juego de azar, según la ley, como loterías y rifas, constituye un delito, y todo juego de azar, según la ley, como loterías y rifas, constituye un delito. Es también un abismo porque fomenta la ociosidad, induce al juego y mata la confianza en el trabajo.

FRAY CHIRIPA.

EL PADRE CLARENCIO, Semanario Liberal, Independiente y de Caricaturas, Época II, año II, núm. 14, 20 de noviembre de 1904, pp. 1 -2.

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Las loterías, las rifas y el “basse-ball.”
Progresamos.

Así como la ociosidad es la madre de todos los vicios, la lotería ha venido a ser entre nosotros, la madre de las rifas y la abuela de las exageradas apuestas de basse ball que, según parece, se están cruzando entre los numerosos aficionados a ese juego, que trae loca a la mayor parte de nuestra juventud.
Primero una lotería, después dos, luego tres, y un poco más tarde monopolio de todas ellas en favor de un poderoso personaje que todos conocemos. Multiplicáronse las loterías, los sorteos se hicieron más frecuentes, y viendo que el negocio es bueno, llovieron peticiones a la Representación municipal para establecer loterías de cartones en los suburbios y otros lugares de esta capital. ¿Cómo rechazarlas? Lo que es lícito en grande y para los grandes, ¿por qué no habían de serlo también en pequeño y para los pequeños?
Extendióse así la perniciosa escuela del nefasto vicio de los juegos de azar, y pronto comenzó a dar sus naturales frutos.
Una vez aficionado el pueblo, el pobre pueblo explotado sin escrúpulo y sin conciencia, a esa clase de juegos, vinieron las rifas a sacar provecho de esa peligrosa afición, y provistas del respectivo permiso de la autoridad competente, comenzaron a conspirar contra los bolsillos del público.
Anúnciase una rifa, entra el dinero a la caja del empresario, lo emplea en llenar sus compromisos apremiantes, y cuando pasa la necesidad que tenía de numerario y hace una buena venta de la finca puesta en rifa, se suspende ésta con un permiso de la misma autoridad. A esa se suceden otras, y uno de los empresarios les dijo a los que entraron a su rifa: “Partida de borricos, yo me saqué las casas, el primer premio lo obtuve yo, el segundo yo, el tercero yo, y si más hubiera más me hubiese sacado, pues por eso soy un hombre vivo y vosotros muy bobalicones.”
Así, como suena, y lo peor es que tenía mucha razón. Otros no lo dicen, pero en silencio hacen un negocio colosal a costa de los tontos.
Después de las rifas, hijas legítimas de las loterías y que alguna vez se han verificado en combinación, brotó la apuesta en el juego de basse-ball, digna nieta de su anciana abuela, que ha dejado pequeñitas a las barajas y a las muelas de Santa Apolonia, ocultándose llenas de cólera y de celos, a la sombra de los tugurios, como se oculta el delincuente de chamarra y calzoncillo, mientras se alza soberbio por todas partes, el ladrón de levita.
Son, pues, evidentes los progresos que hacen entre nosotros, los juegos de azar.
La semilla ha dado abundantes frutos.
Persiga el Gobierno cuanto quiera, el dado y la baraja; extienda su energía inquebrantable hasta a la ruleta del barquillero ambulante. Nada habrá hecho en bien de los verdaderos intereses de la sociedad, en tanto que las loterías no sean abolidas para que no tengan hijas tan descaradas y cínicas como las rifas y nietas tan peligrosas como las apuestas de los jugadores de pelota.
Y cosa curiosísima, parece vinculada en una familia la explotación inconsiderada de la mayor parte de esos vecinos, quizás porque hay aficiones y tendencias que se parecen.

EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal, Independiente y de Caricaturas, Época II, año II, núm. 24, 29 de enero de 1905, p. 6.