Los ecos de una compra.
Se aseguró que el patilludo D. Augusto, no conforme con ser presidente de todo un H. y tener presencia de boero, se sintió con impulsos de llegar a ocupar un puesto entre los editores. Y, en efecto, se apersonó delante de la casa que guardaba los mal habidos bienes de Patillitas, y, con todo el “chic” de una personilla caracterizada y que entiende en la materia, vio a través de sus gafas todos aquellos cachivaches que en mala hora se le ocurrieron a Gutemberg y que constituyeron desde tiempos perdidos en lo remoto, los ensueños dorados del “hábil Prudencio.” Y después de examinar detenidamente todo aquello, salió de allí mesándose la crecida y blanca patilla.
Pocas noches después, en una sesión que el H. celebraba, el flaco Patillitas le interpeló a su presidente:
-¡Señor! Por fin ¿qué resuelve Ud. de la compra?
- ¿La compra?... ¡Ah!... sí, mi buen “fonógrafo de Palacio”, sí; ya sé de qué me hablas. Si te he de hablar con franqueza, yo no entiendo una “j” de eso de hacer periódicos.
-Pero señor, si allí tiene Ud. a Narizotas, que es bastante entendido…
-¡A Narizotas!... ¿Por quién me tomas?... ¿Qué, tú no has leído la historia sagrada que tan bien describe eso de la lluvia de fuego sobre la Pentápolis?... ¡No!, el primero que habría que sacar de allí es a ese prójimo… y luego a tu querido viejo… ¡ése es otro! ¡Pues no faltaba más, que el mejor de los días viese yo todo eso destruido por el fuego del Cielo!
-Además de que yo, de cuando en cuando escarabujearé mis cuartillas…
-¡Ah, bueno! ¡Tú tienes un gran talento para la “hidroterapia” política! ¡Ya ves cuánto de ha valido aquella tu experiencia de “agua tibia” con que le preparabas el terreno a nuestro común papá.
- Es verdad… Y sin embargo, no he conseguido gran cosa. ¡Estoy adeudadísimo! ¡Casi se puede decir que no he salido de mi ocupación de pesetero!
- ¿Sí? ¿Eh? Pues ya verás, ya verás cómo sales bien de todo. Podrás recoger los pagarés que tiene Primitivo y podrás satisfacer las exigencias de tu casero… ¡verdad también que ya han pasado siete meses sin que le pagues un solo centavo! Pero, chico, ¿qué haces tú con el dinero? Se me figura, no sé por qué, que lo malversas manteniendo a ese viejo que se ha enamorado de ti. ¿No comprendes, desdichado, que te está tomando la pelusa de las patillas y que lo hace a las mil maravillas como buen andaluz?
- No,… él me ama –suspiró Patillitas, con pasión. –Él me ama; sí, yo he leído sus sentimientos en lo blanco de sus ojos y lo veo sonreír cuando entre mis liliales dedos acaricio la pera blanca que adorna su barba…
- Pues a todo trance hay que deshacerse de él. No lo quiero. Líbrenme Dios y la Santísima Virgen de proteger a semejante turco… ya lo sabes: si quieres que yo compre, si quieres salir de tus compromisos, me despides a ese “par”… no los quiero, no los quiero… que para tener gente de esa naturaleza, me bastará con los hermanos maristas que allí han de estar.
Y Patillitas salió del salón, pensando en las duras condiciones que por fuerza tenía que aceptar, por lo tirante de su posición.
- Pero, ¿quién me mandó a mí, -se decía –a ofrecer la fianza de Papá para comprar al crédito lo que luego no podría pagar, vencido el plazo?... ¡Allí está la consecuencia! Papá, a última hora, no ha podido dar su firma… y me quedo sin “Eco” de ninguna clase…
“Adiós, mis doradas ilusiones… adiós mi eco… adiós mis nacientes amores, ahora voy a tener que reducirme a cultivar berenjenas, chayotes y rábanos en la finca de mi hermano, y todo gracias a Papá que me ha dejado mal… ¡y a los ingleses que me persiguen!... ¿Quién me iba a decir que yo, pobrecito de mí, tendría que hacer competencia a los chinos en cuestión de cuidar hortaliza?... ¡Menos mal está esto y no tener que vender cacahuates!”
Así meditaba Patillitas, mientras se encaminaba para su casa, y después de toda esta relación, sólo murmuraba:
-¡Catorce… ocho, diez… doce mil… mil, mil!... ¡Soy feliz!... De hoy más, no más ingleses,… ¡viviré viendo crecer la hierba!
Al otro día supe que la escritura de compra –venta del “fonógrafo” de Palacio, había sido suscrita por D. Augusto y por Patillitas. Y dije para mi capote:
-¡Tenía que ser! Ese hombre no tiene constancia, pero en cambio, tiene la mar de deudas.
¡Pobre Mex –Holoch; se ha salvado!
FRAY SIMPLICIO.
EL PADRE CLARENCIO, Semanario Liberal, Independiente y de Caricaturas, Época II, año II, núm. 12, 6 de noviembre de 1904, pp. 6 -7.
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