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“HOMENAJES AL SR. LIC. D. OLEGARIO MOLINA.”
 

Solemne ofrenda de un álbum al Sr. Lic. D. Olegario Molina, Gobernador del Estado. Imponente ceremonia

Hacía algún tiempo que, los elogios privados y por todas partes repetidos acerca del gobierno del Sr. Lic. Molina y los cuales indicaban a las claras la satisfacción general producida por innegables hechos que han venido transformando a la ciudad y proporcionando comodidades para la vida, hicieron concebir la idea de recopilar en un álbum firmas suficientes que autorizasen un elogio común en forma de homenaje al Sr. Lic. Molina. Puesta en práctica tan feliz y plausible idea, recogióse un número considerable de firmas de las personas más conocidas, de suerte que, constituyen la más gallarda y respetable representación de la sociedad yucateca.
El álbum es un hermoso infolio de flamante papel con lujosa pasta del más severo gusto. En cada hoja resalta una acuarela, de notable artista mexicano. En la primera hoja está copiada en letra como de litografía la expresiva ofrenda, haciéndose en ella una breve enumeración de los hechos administrativos que motivan y justifican el homenaje.
Al pie de la ofrenda comienza el desfile de las firmas de las damas: allí figuran los nombres de respetables matronas, de virtuosas y conocidas señoras, de distinguidas señoritas, todas ellas de gala y decoro de nuestra sociedad. Después figuran las firmas de los caballeros, entre las cuales, como ya dijimos, vense nombres de numerosas personas que representan la opinión pública.
El ofrecimiento de tan inusitado presente al Sr. Lic. Molina, tuvo lugar la noche del sábado. No obstante el mal tiempo que reinaba, previo aviso, reuniéronse en casa del Sr. D. Agustín Vales más de cien personas, de lo más conocido, de suerte que allí se revolvían miembros del foro, de las letras, del magisterio, de la medicina, de la banca, del comercio, ricos hacendados, representantes de los obreros, en una palabra, de todas las profesiones y de todos los círculos sociales.
La lucida comitiva dirigióse en carruajes a las 8 p.m. a la respetable morada del Jefe del Estado quien, por estar todavía sufriendo la dolencia que le aqueja hace más de un mes, la recibió en un departamento cerrado de la casa. ¡Imponente cuadro aquel! El aspecto venerable del Sr. Lic. Molina acentuado aún más por las manifestaciones naturales de la enfermedad; el traje negro de levita de la concurrencia, el silencio de estas, la humedad de la noche y el débil rumor de la llovizna que caía, formaban un conjunto de solemnidad y de majestad que hicieron que la ceremonia revistiera un carácter tan suntuoso como severo.
De pie el Sr. Molina, que ocupaba el testero de la pieza en que se efectuó el acto, y en la cual estaba presente la parte de la concurrencia que cupo, situándose la demás en el corredor inmediato, recibió de manos del Sr. Dr. D. Luis F. Urcelay, comisionado al efecto, el rico álbum de que tratamos. La entrega fue precedida de una brillante alocución, que le valió al orador calurosas felicitaciones.
Dijo el inteligente e ilustrado doctor Urcelay:

Sr. Don Olegario Molina:
Tráenos aquí el desempeño de una comisión muy honrosa: la de poner en vuestras manos el presente extraordinario que la culta sociedad yucateca os ofrece en este día y es tan significativo, que en mis medios de expresión no encuentro cómo indicar su alcance, toda vez que proviene de una sociedad tan severa en exigir y tan justa en apreciar merecimientos cuanto sobria en conceder laureles aun a sus más prestigiados benefactores.
Vuestros numerosos amigos vienen ahora a vos para deciros cuán grande es su satisfacción al ver que las más distinguidas familias yucatecas han llenados las páginas del homenaje que hoy se os tributa; páginas en que se reconoce al par de vuestros méritos y virtudes, la diafanidad de vuestra vida; páginas de congratulación por vuestros triunfos en las magnas empresas que habéis abordado; páginas donde se aplaude el ejemplo que dais a los contemporáneos, de respetar siempre a la sociedad y de observar los principios morales que son su fundamento y su escudo, y se aplauden también la honradez, la energía, la laboriosidad y la perseverancia que forman de vos el modelo que las madres señalan a sus hijos, pidiéndoles que sigan vuestras luminosas huellas.
Este ejemplo es el que hace vibrar las fibras más íntimas del alma y exhalar notas que, como la presente, están llenas de respeto y gratitud; pero hay más: así como al entrar a la metrópoli de América, sobre los monumentos que el viajero tiene a la vista, se levanta y descuella la estatua de la Libertad iluminando al mundo, así entre nosotros, vos, como hombre público, descolláis, y con la antorcha de vuestro levantado patriotismo ilumináis nuestras conciencias mostrando con vuestros hechos que verdadero gobernante es aquel que se sacrifica por el bienestar de sus conciudadanos y por el adelantamiento de su país. No extrañéis, por tanto, que la sociedad que ha recibido copiosamente los beneficios de vuestra fecunda labor administrativa, haya consignado en este álbum los rasgos más sobresalientes de vuestro gobierno, enumerando las grandes mejoras que en cuanto a higiene, ornamento, beneficencia y moralización habéis llevado a termino en tan breve lapso de tiempo.
Por todos estos servicios os brindamos adhesión, cariño y aplausos. ¡Resuene, sí, el nuestro vibrante y atronador! ¡Conmueva los muros de vuestro honorable hogar! ¡Difúndase jubiloso por la ciudad que tanto os debe y llegue hasta la huesa en que reposan vuestros padres venerados! Ellos os bendicen porque habéis sabido honrar y enaltecer el nombre que os legaron; se regocijan porque, desde donde están, anotan vuestras acciones y aplauden porque las simientes que depositaron en vuestro corazón han germinado y dan ahora óptimos frutos que aprovecha el suelo de Yucatán, de ellos tan amado. Sea, pues, nuestro aplauso el lazo de unión entre el de vuestros progenitores y el que un día, que deseamos sea muy remoto, os concederá la posteridad: merecido, completo, perdurable.
Sr. Don Olegario: dignaos aceptar este amistoso homenaje. Como particular, os habéis atraído el respeto y la consideración; como hombre público, marcháis a la Gloria cuyo camino está erizado de espinas y de abrojos. Mas de la misma manera que cuando el vendaval arrecia, los cardos y las orquídeas apresuran su florecimiento, así, en los días de prueba, nuestra sociedad, siempre solícita, ocurrirá a vuestro paso para demostraros cuán profundamente agradece el ejemplo que dais de tantas virtudes cívicas y cuán ufana se siente de mirar en vos a un yucateco que con honor puede figurar en cualquier punto de la gran patria mexicana.

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Esta vehemente alocución hizo que se desplegaran los labios del prestigiado Jefe del Estado y conspicuo ciudadano, rebosantes sus palabras de emoción y de honrado sentimiento.
Profundamente conmovido el Sr. Molina manifestó que no encontraba palabras que expresaran su agradecimiento por la valiosa ofrenda que acababa de ser depositada en sus manos y con la cual se deseaba testimoniarle con suma benevolencia la complacencia que sus amigos sienten por lo poco que ha podido hacer como gobernante.
Habló de lo fácil que es en el gabinete trazar programas o proyectos para una administración pública, y de lo difícil que resulta su ejecución en el terreno de la práctica por la presencia de obstrucciones que siempre encuentran a su paso los esfuerzos tendentes a la realización de los ideales humanos.
“Yo –dijo el Sr. Molina– declaro sin falsa modestia, haber sentido en mi alma el noble movimiento, el impulso generoso que lleva y empuja al hombre a la realización de esos ideales; que desde que acepté de mis conciudadanos el alto honor de regir por un momento histórico los destinos de este nuestro amado país, lo hice con el propósito firmísimo de traer al terreno de la práctica algo de lo que la común aspiración anhelaba para su prosperidad, y he puesto para traducir en hechos tales propósitos, todo mi empeño, toda mi buena voluntad, toda mi honradez. Por esos títulos acepto esta excepcional manifestación, esta ofrenda preciosa que será el mejor legado, el diploma de honor que yo legaré a mis hijos, porque ella significa que, si no he tenido la fortuna de que mis fuerzas logren dar cima gloriosa a todos mis propósitos, éstos son reconocidos y estimados por mis conciudadanos, a cuyo patriotismo, a cuya abnegación, a cuya filantropía, débese indudablemente, más que a mis propios esfuerzos, la implantación de lo poco que se ha podido traducir en hechos de las ideales aspiraciones de que he hablado.
“Acéptola, también, porque esta manifestación es la prueba documental del altruismo de los yucatecos que honran y dignifican al hombre que pone al servicio de la Patria, con entusiasmo y con honradez, todas las energías de su alma. No la acepto, por tanto, sólo para mí, la acepto porque es el estímulo, porque es el galardón, con que la sociedad premia al que tiene cuando menos la buena voluntad de servirla, porque considero, y de ello tengo la profunda convicción, que, en tanto que el país no sea indiferente al buen proceder de sus hijos, siempre encontrará entre éstos quienes con ánimo más o menos esforzado, quieran sacrificarse por él, deponiendo intereses privados y renunciando las comodidades de la vida, las dulzuras y los encantos del lugar.
“Sí, queridos amigos, vuestro noble proceder, vuestra noble conducta altamente generosa, altamente altruista, es al mismo tiempo que aliento para mis débiles energías, la garantía de que nuestro país siempre tendrá buenos hijos para su servicio, y que por consiguiente, su porvenir está salvado.
“Los conmovedores conceptos del Sr. Dr. Urcelay referentes a la para mí venerable memoria de mis inolvidables padres, han tocado las fibras más delicadas de mi corazón y acrecentarían, si esto fuese posible, mi reconocimiento.
“Señores, permitidme decirle: mis padres amaron ardientemente a la patria, fueron buenos y honrados, y ellos también aceptarán con reconocimiento desde las regiones donde moran, este homenaje con que honráis mi gestión de hombre público.
“Muchas gracias, por todo, muchas gracias.”

Después fueron obsequiados los manifestantes con exquisita fineza y con la corrección que caracteriza los actos de la vida social del Sr. Lic. Molina y de su honorable familia.

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Como se ve, el acto extraordinario, excepcional y altamente significativo del homenaje tributado la noche del sábado al Sr. Lic. D. Olegario Molina por la sociedad yucateca, no sólo acredita a ésta de justiciera y de agradecida cuando del verdadero mérito se trata, sino que revela su buen sentido y el acierto con que premia y galardona ese mérito. Y el Sr. Lic. Molina tiene la gloria de ser el primer gobernante que se ha hecho acreedor a ese acto de justicia, de estimación y de agradecimiento de nuestra sociedad.

El Eco del Comercio, 19 de julio de 1905, p. 2.

 

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