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ACTO SOLEMNE DE JUSTICIA SOCIAL
 

Nota política

La agrupación denominada “La Unión Democrática del Estado de Yucatán”, fundada hace unos cuatro meses para promover lo conducente a hacer efectiva la reelección del honorable Sr. Lic. D. Olegario Molina para el gobierno del Estado, durante el nuevo período, conforme a la reforma constitucional respectiva, ha organizado un acto cívico solemne que se efectuará en la noche de hoy.
Ese acto consistirá en ofrecerle al Sr. Lic. Molina, suplicándole que la acepte, la candidatura para el Gobierno, y en él tomarán parte, digna y selectamente representados en cuanto al número y a la calidad, todos los elementos y todas las clases de la sociedad yucateca. El acto es nuevo, extraordinario. Jamás el pueblo yucateco había querido la reelección de gobernante alguno, ni siquiera pensado en ella; pero el Sr. Lic. Molina ha venido a romper la tradición.
En ese acto, que revestirá el carácter de una manifestación cívica, tomarán parte las más honorables y conocidas personas de nuestra sociedad, numerosísima representación de la clase obrera y delegados de todos los Partidos que llegarán en trenes especiales.
Ya informaremos de ese acto verdaderamente serio, importante, trascendental para el Estado de Yucatán, puesto que se va jugando el porvenir de este querido suelo, de cuyo pasado hay tantas y tan dolorosas reminiscencias.

El Eco del Comercio, 10 de agosto de 1905, p. 2.

 

Acto solemne de justicia social

Así calificó “La Unión Democrática” la manifestación cívica organizada por ella con el objeto de ofrecer la candidatura para el gobierno del Estado en el próximo venturoso cuatrienio constitucional, al Sr. Lic. D. Olegario Molina. Nosotros también, como “La Unión Democrática”, calificamos ese acto de justicia social que hoy, después de verificado en la noche del jueves 10, con gran pompa y solemnidad inusitada, podemos decir que fue un acto solemne y acto de justicia social. Solemne, porque a él concurrió en número no contado antes en reunión alguna, la más completa y caracterizada representación de la sociedad yucateca; porque, conciliándose la participación que en las democracias se debe dar siempre al elemento popular agrupado en muchedumbre inmensa y heterogénea, con la corrección de un ceremonial severo, lo cual exigía la naturaleza interna del acto de que se trata, éste revistió por la presencia innúmera del pueblo, imponente majestad y grandeza democrática; y, por último, porque el elegante decorado del recinto de la reunión y su profusa iluminación, parecían destellos reverberantes del sentimiento común que inflamaba los ánimos.
Dijimos asimismo que es de justicia social, porque, siguiendo los pasos del pueblo que ha ratificado la calificación, declaramos acto de justicia social el que se haya otorgado esa noche al Sr. Lic. D. Olegario Molina, el galardón que ha conquistado briosamente en su ímproba y sorprendente gestión administrativa.
Es cierto que desde los albores de ésta, cuando en esa aurora venturosa de nuestra evolución, empezó a manifestarse la acción del Sr. Lic. Molina, ya el pueblo, la sociedad en masa, aplaudió silenciosamente las obras del patriota gobernante y, aprovechando la ocasión propicia de la noche del jueves, hizo llegar hasta él, en forma de aplauso estruendoso y solemne, su admiración, su respeto y su gratitud, y por eso fue eminentemente social y justo el acto que tuvo lugar antenoche en el Circo-Teatro.
            ¿Cómo se efectuó esa fiesta?

EL LOCAL

El Circo-Teatro Yucateco estaba profusamente iluminado. En la parte superior, a manera de corona tricolor, focos de luz eléctrica destellaban. En el pórtico, también en focos eléctricos tricolores, se leía “Viva la reelección”. En el interior, festones con los colores nacionales adornaban los palcos y en torno de éstos, maceteros y focos eléctricos en pedestales, lo adornaban.
En la puerta de entrada al coso del Circo, leíase esta inscripción lumínica: “¡Viva el General Porfirio Díaz!” y en la parte superior del telón de boca del escenario, veíase esta otra inscripción: “Viva el Lic. Olegario Molina”.
El escenario representaba un salón regio en cuyo fondo destacábase en un caballete el retrato del Sr. Gral. Díaz, a cuyos lados tomaron asiento las personas siguientes componentes del Directorio y del Comité de “La Unión Democrática”: D. Augusto L. Peón, Dr. Luis F. Urcelay, Ing. Vicente Solís L., Dr. José Patrón Correa, Lic. Julián Carrillo, Lic. Pablo Ponto P., D. Ramón Loza, D. Enésimo Martínez, D. Santiago Espejo, Dr. Juan Pastrana, D. Álvaro Rosado, D. Francisco Leal M., D. Manuel Heredia Argüelles, Lic. Arturo Castillo Rivas, D. Nicanor Espinosa, Lic. Benito Ruz, Lic. Elías Amábilis, D. José M. Vargas, D. Juan Martínez, Lic. Marcelino Canto, D. Sebastián Heredia, Lic. José I. Novelo, Dr. Eudaldo Ferráez, D. Enrique Muñoz Arístegui, D. Juan López Peniche, D. Genaro Cervera, Dr. Lázaro Barrera, D. Víctor Puerto, D. Rogerio G. Cantón y D. Fernando Solís.

LA MANIFESTACIÓN

Desde las 7 de la noche comenzó a reunirse la concurrencia de esta ciudad y de los diferentes partidos del Estado.
A las 9, el local del Circo estaba completamente lleno y en las calles inmediatas se apiñaba compacta multitud, entre la cual se había diseminado la policía.

LAS COMISIONES

Para ir a invitar al Sr. Lic. Molina a que pasara al Circo Teatro, fue a su casa una comisión compuesta por las personas siguientes:
D. Augusto L. Peón, Lic. D. Francisco Martínez de Arredondo, D. Pedro Leal, D. Antonino Bolio G., Don Manuel Espinosa R. y D. Manuel Zapata M.
A las 9 y cuarto llegó el Sr. Molina al Circo en carruaje descubierto, a las puertas lo recibió una comisión compuesta por los Señores D. Gumersindo Ceballos, D. Enrique Espinosa, D. Joaquín Espejo M., D. Manuel Rodríguez, D. Eduardo Casares y D. Atilano González.
Cuando el Sr. Lic. Molina llegó al Circo e hizo su entrada triunfal, entre los vítores y aclamaciones de las seis o siete mil personas que ocupaban el local, la Banda de Música del Estado ejecutó el Himno Yucateco.

EL OFRECIMIENTO DE LA CANDIDATURA

Apagadas las notas del Himno, desplegáronse los labios del prestigiado y talentoso Sr. Dr. D. José Patrón Correa, comisionado para ofrecerle al Sr. Molina la candidatura para el Gobierno del Estado y lo hizo en términos arrebatadores, diciendo con admirable propiedad y corrección el brillante discurso que en seguida reproducimos y que confirma la fama del Dr. Patrón Correa, ilustre, como lo denominó el Sr. Molina, y uno de nuestros hombres más conspicuos.

Hay la palabra profética que augura y la palabra dogmática que afirma: hay la palabra de presentimiento y la palabra-verdad: la que brota de labios inspirados iluminando las sombras del futuro y la que condensa los hechos que nos rodean con su carne hecha piedra, con su musculatura hecha hierro, con su organismo hecho extensión. Los hechos que se reflejan en nuestras pupilas, que se revuelven entre nuestras manos, que hacen discurrir a nuestro entendimiento. Yo vengo aquí a decir la palabra verdad.
Hay ampulosos vocablos colectivos cuyo concepto sin embargo, no corresponde al concepto de las colectividades: porque no son la expresión del criterio general, del sentimiento común; y hay por el contrario frases modestas, sin pompa deslumbrante en cuya ánfora sencilla se encierran, a manera de perfume, el sentimiento, la idea, la aspiración que vibran y se agitan en todos los cerebros, en todas las conciencias. Yo vengo aquí a decir la frase que interpreta y sintetiza el sentimiento, la aspiración, la idea que vibran y palpitan en el fondo de nuestra conciencia social.
Por una particularidad de los fenómenos que surgen y se desenvuelven en el seno de las democracias, por esa expansión característica de la noble pasión del patriotismo, en cuya virtud se exteriorizan y toman cuerpo los impulsos interiores, yo no vengo sólo a levantar mi voz en esta ocasión solemne: vengo asistido de una sociedad distinguida, de una muchedumbre compacta en cuyo nombre tengo el honor de hablar. Pocas veces, pues, acertó a revestirse de mayor autenticidad la palabra dicha en nombre de otro, en virtud de hallarse aquí presente quien confiere el encargo: ved, en efecto, Sr. Molina, en nombre de quien tengo el honor de dirigiros la palabra. Hablo en nombre de la sociedad yucateca, es el pueblo el que os rodea en estos momentos y ya sabéis que según el proverbio latino la voz del pueblo es la voz de Dios.
¿Y a qué hemos venido? ¿Qué pretendemos? ¿Qué anhelamos comunicaros? Procuraré ser breve y explícito.
Hace cuatro años vuestro ilustre nombre vinculó un deseo, una aspiración, una esperanza. Vuestros méritos comprobados en una dilatada existencia de trabajo y de virtud, atrajeron los sufragios del pueblo yucateco y fueron causa de que en vos se cifraran los más vivos anhelos de bienestar y de grandeza. Hoy, Señor Molina, el fenómeno es distinto, cambia de esencia, tiene otra significación. Lo que entonces fue una perspectiva se ha trocado en una realidad, lo que fue una aspiración se ha convertido en un hecho, lo que entonces pertenecía a la esfera de las probabilidades, pertenece hoy al linaje de las conquistas que asombran. Si el sufragio de entonces nació de un deseo público, de una esperanza pública, de una aspiración pública, el movimiento popular de hoy en torno vuestro obedece a una imperiosa necesidad social: la de ver continuada, perfeccionada, concluida, vuestra inmensa labor administrativa.
Señor Licenciado Molina, habéis erigido hospitales que son timbre de honor para la cultura nacional, pero aún no acuden a ellos el dolor y la miseria a remediar sus necesidades. Habéis levantado edificios para escuelas modelos, pero todavía no disfrutan de este beneficio todas las poblaciones del Estado. Habéis terminado la obra material de la Penitenciaría e iniciado la obra moral de la regeneración por el trabajo, pero todavía este empeño generoso y civilizador no corresponde por completo a las grandes conquistas de la ciencia moderna. Habéis transformado la faz de esta ciudad hoy bella, hoy saludable, hoy llena de animación y de vida y hasta hace apenas tres años mortífera e intransitable, pero aún no toca a su término esta enorme y gloriosísima labor. Habéis organizado los servicios públicos, logrando el funcionamiento regular y honorable del complicado mecanismo administrativo, pero falta formar el hábito que asegure la estabilidad de esta gran obra de restauración. Habéis velado por el bienestar de las clases obreras, amparándolas y defendiéndolas contra violencias y expoliaciones que las empobrecían y aniquilaban, pero falta regenerarlas y hacerlas fuertes por la instrucción laica y obligatoria. Habéis perseguido los vicios, cegado las charcas sociales en que fermentan los crímenes, pero es preciso perseverar en esta obra redentora hasta dignificar las costumbres populares. Os habéis apoderado, en fin, de un organismo mellado por muchos achaques y después de un acertado diagnóstico y merced a un tratamiento adecuado y perseverante habéis conseguido extirpar los gérmenes de la complicada dolencia; pero ese organismo, aunque curado, empieza aún a convalecer. Lázaro está ya en pie, pero es necesario que marche por sí solo, con paso seguro, sin vacilaciones, con orientación luminosa. Es preciso que nuestra sociedad encaminada por vos en nuevos derroteros, entre de firme en el cauce de su engrandecimiento y su progreso definitivos. Esa es la obra que espera Yucatán de vuestros talentos, de vuestra abnegación, de vuestro patriotismo acrisolado.
Venimos, pues, a suplicaros que consintáis en sacrificar cuatro años más vuestro reposo, vuestro sosiego, la dulce tranquilidad de vuestro lugar honorable, en aras del bien del suelo yucateco. Venimos a pediros que nos autoricéis para llevar a los próximos comicios, vuestro prestigioso nombre ya de antemano circuido por la aureola del más espléndido triunfo. Vuestra elección en el santuario de la conciencia social está ya hecha. Vos sois el hombre en quien han encarnado las grandes necesidades emanadas de la misma importancia y trascendencia de vuestra actual labor gubernativa.
Y ahora, responded. Decid la palabra única que todos anhelamos, la única que provocará los aplausos de esta multitud inflamada de santo amor a la patria, la única digna de la alteza de vuestro civismo, de la alteza de vuestro corazón, de la alteza de vuestra conciencia. Formulad la respuesta única: la que todos deseamos, la prometedora de mejores días, la que será augurio de nuevos adelantos, la que al asegurar para siempre la gloria de Yucatán y vuestra propia gloria, hará prorrumpir a la sociedad yucateca en un ardiente himno de admiración y gratitud a vuestro nombre ilustre.
Hablad, Señor Molina. El pueblo espera ansioso vuestra respuesta. La Historia os escucha. Hablad.

El respetable y aureolado candidato del pueblo yucateco correspondió a este discurso en forma que impresionó por lo conceptuosa y sentida y por la visible emoción de que estaba poseído:

CONCIUDADANOS:

Antes de todo os felicito por la manera culta, levantada, como ejercitáis uno de los más importantes derechos constitucionales. Os reunís para deliberar acerca de los intereses y del porvenir del Estado con el más severo orden acreditando el nivel moral a que afortunadamente hemos llegado como colectividad social. Llénase de regocijo el corazón al contemplar cómo mezclados en una sola aspiración el humilde cultivador de nuestros campos, el perseverante industrial, el rico comerciante, el poderoso hacendado y la representación más culminante de nuestra intelectualidad, consultan los destinos de este suelo dentro del molde de la ley. Tratáis de encauzar la opinión, dando un ejemplo eminentemente educativo, pues demostráis que pasaron ya aquellos tiempos de triste memoria en que la sangre salpicaba los comicios y el desorden y la turbulencia los relajaba.
En vuestro nombre se me propone continuar frente de la primera magistratura en el próximo cuatrienio constitucional. Vuestro ilustre representante vierte en su hermosísimo discurso conceptos y elogios tan grandes que me conmueven y conturban, inflamando mi corazón con la más profunda gratitud.
Hay hombres de excepcionales energías que aún en edad avanzada de la vida, como nuestro ilustre presidente el Sr. General Díaz, pueden servir a la patria; pero, como he dicho, estos son hombres de excepcionales energías que vencen con ellas el peso y el cansancio de los años.
Por eso y porque las fuerzas y la inteligencia se debilitan a medida que la edad avanza, en muchos Estados europeos la legislación limita hasta cierta edad la aptitud para el desempeño de las funciones públicas. Llegada ésta, el magistrado abandona su curul, el maestro deja su cátedra, el militar se despide de su bandera, todos satisfechos de haber cumplido con el deber.
Creí que, después del actual período constitucional, para el que fui honrado con la primera magistratura, podría retirarme a la vida privada, si no con la satisfacción de haber hecho todo lo que la Patria tiene derecho de exigir de sus hijos, sí con la conciencia tranquila por haber procurado siempre y con todas mis aptitudes el bien y la prosperidad de este suelo.
Hay juveniles energías, claras inteligencias que pueden, con mano vigorosa, estimuladas por el entusiasmo de las aspiraciones y de renombre, manejar feliz y acertadamente los destinos públicos encauzándolos hacia la prosperidad y la grandeza. Así había yo pensado; pero vosotros pensasteis de otra manera: queréis que yo continúe en la primera magistratura, con lo cual me favorecéis y honráis tan extraordinariamente que no habrá sacrificio que no esté yo dispuesto a hacer por corresponder al alto honor que me dispensáis. Vosotros sois los que mandáis: yo soy el servidor que obedece.
No creo que sea necesario exponeros un programa de gobierno, mis pensamientos para el futuro: continuaré siendo lo que he sido. La norma de mis actos como gobernante ha sido cumplir y hacer cumplir la ley, de lo que resulta efectiva la garantía de los derechos individuales y, como consecuencia, también la realización de todo progreso material y moral.
Algo se ha hecho para satisfacer los anhelos y las necesidades públicas; pero aún falta mucho por hacer: es un deber del gobernante fomentar la inmigración para el desarrollo de nuestra agricultura que traerá consigo el aumento y la estabilidad de la riqueza; difundir la instrucción pública, llevándola a las más apartadas aldeas, hasta el último rincón del territorio, pues no podremos llamarnos verdaderamente civilizados mientras la luz del saber no desgarre el velo que envuelve las inteligencias de muchos hermanos nuestros; y es también deber imperioso, para conservar el orden, la moralidad y hacer prácticas y efectivas las garantías a que tienen derecho los ciudadanos, perfeccionar la incipiente organización de la policía.
En estos empeños continuaré sirviendo al Estado y trabajando por el bien de todos; pero tened siempre presente que vosotros sois los que me llamáis a esas labores y me otorgáis ese honor, y que no soy yo quien solicita, para que así cuando juzguéis mis actos, seáis benévolos en vuestros juicios.

Cuando terminó su discurso el Sr. Molina, en medio de hurras y aclamaciones, la Banda de música tocó el Himno Nacional y en seguida desfiló una larga procesión cívica por la calle 57 oriente, que pasó por la casa habitación del Sr. Molina, donde ése la presenció, y recorriendo la calle 59 hasta el cruzamiento con la 60, doblando hacia el Sur para dirigirse a la plaza de la “Independencia”.
En la procesión formaban unas ocho mil personas de Mérida y de los diferentes Partidos, contándose entre ellas diez y nueve Bandas de música, a saber: de Mérida, Valladolid, Motul, Izamal, Progreso, Hunucmá, Maxcanú, Teya, Dzemul, Baca, Tekax, Ticul, Tixkokob, Acanceh, Seyé, Telchac, Halachó, Kanasín y Cacalchén.
Cada Banda marchaba con los representantes de su respectivo partido, los cuales llevaban faroles y grandes farolas con inscripciones significativas.
Son de notarse el magnífico servicio prestado por la policía así como el orden y la corrección que reinaron en la suntuosa y extraordinaria manifestación, única hasta hoy en su género.
Réstanos felicitar al pueblo yucateco, al Directorio de “La Unión Democrática” por sus buenos trabajos, y especialmente al Sr. Dr. D. Luis F. Urcelay, presidente del Comité, que supo con no común habilidad impulsar esos trabajos y llevarlos a un éxito por demás satisfactorio.

El Eco del Comrecio, 12 de agosto de 1905, p. 2.

 

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