Siguen en sus andadas los jóvenes mal educados que se reúnen todas las mañanas en el atrio de la Catedral, y ahora es peor, porque no sólo hacen uso de vocablos indignos delante de las señoras y señoritas que concurren a los actos religiosos, sino que han dado en la flor de espolvorear esperma y untar jaboncillo en el piso de la entrada que es de cemento, con el fin de divertirse con los resbalones y caídas del que tiene la desgracia de pasar por allí inadvertidamente.
Ahora más que nunca la policía debe intervenir en ese asunto.
El Eco del Comercio, 10 de octubre de 1905, p. 1. |