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Lo que significan y lo que valen
Las más amargas consideraciones surgen en vista de las cacareadas fiestas que se preparan para recibir al Caudillo.
Se espera la llegada del General Díaz y se emplean ya grandes cantidades para que, en caso de que llegue, tratar de hacerle creer la adepción de un pueblo que está muy lejos de ser cierta, o en caso de que algún representante suyo, lo que es lo probable, sea el que nos “honre” con su visita, haya motivos para que dicho representante se vea halagado hasta la saciedad y se lleve a la Metrópoli la impresión de que Yucatán es porfirista hasta la médula.
Las crecidas cantidades para dilapidar en las fiestas están ya en agonía y pronto serán sacrificadas en aras de la pompa para recibir al que “venga en nombre del Señor,” para celebrar paseos costosísimos y banquetes y bacanales interminables y fastuosos, mientras el pueblo se ha visto explotado de la mayor manera por un gobierno centralista que aborrece de todo corazón y que por la fuerza se le ha impuesto.
¿Quiénes preparan las fiestas presidenciales? El gobierno y las clases poderosas aliadas con él por medio del capital; no es la clase obrera, no es el pueblo, no son las clases trabajadoras las que demostrarán al “Señor” su adepción y admiración. No será el pueblo yucateco el que concurra a la recepción; no será el que levante arcos triunfales al hombre causa de tantas miserias. No será Yucatán, como ha dicho algún periódico, el que se prepare a festejar al General Díaz. Para Yucatán ya es indiferente que venga o no. Preferible hubiera sido que no viniese, porque al verdadero pueblo no le resultará ninguna ganancia de ese viaje: su situación es la misma y será más grave cada día mientras impere la autocracia, la cual impera apoyada por la fuerza que en la mano tiene la Dictadura.
Las clases proletarias no pueden sentirse halagadas ni beneficiadas con la venida del “Presidente,” puesto que tanto pompa, tanto boato, tanta fiesta deslumbradora son amenazas al trabajo de los jornaleros de la ciudad y del campo que será más explotado todavía, para recompensar con las ganancias del comercio del hombre por el hombre, las grandes cantidades extraídas de las cajas de la burguesía que se prepara a las saturnales.
Más bien, puede decirse que esa venida de Díaz a Yucatán será motivo de lamentaciones. Así es y el General Díaz bien debe saberlo. Debe figurarse, y tal vez no lo ignore, que el gobierno, para cubrir las mermas del Erario, recurrirá al aumento de contribuciones; que se crearán nuevos impuestos y se gravarán más los artículos de primera necesidad, con lo cual el pueblo seguirá orillando el abismo del hambre hasta precipitarse en él; que la clase trabajadora, la que vive de un mezquino salario, ya no podrá ni aproximarse a cubrir sus necesidades, pues todo lo indispensable, todo en general seguirá en su rápida ascensión de precio que no estará al alcance de los trabajadores. Para recompensarse en algo de los gastos, el comercio gravará más sus mercancías; el hacendado disminuirá los jornales; los contratistas de obra agobiarán con recargo de trabajo mal pagado, y las clases explotadas, todas en general, sentirán empeorar la ya precaria situación porque atraviesan.
El rico henequenero que distrae veinticinco o treinta mil pesos, o más o menos en proporción a sus haberes y su avaricia, se dolerá de haber gastado “tanto dinero” y para reponerse exigirá del peón doble o triple cantidad de trabajo por el mismo jornal; en sus señoríos se duplicarán las fajinas, se multiplicarán los latigazos, y la tierra explotada de donde los desheredados extraen la riqueza para las arcas del “amo,” se conmoverá al recibir por rocío fecundante el sudor y lágrimas de sangre del indígena…
Y tal vez no falte algún infeliz que llegue a darse cuenta exacta de su empeoramiento, y tal vez se deje oír en los labios del desesperado, como duro y amargo reproche a las fiestas que sus “amos” celebran, estas o parecidas palabras: “¡Para qué habrá venido el Presidente!...”
Y mientras tanto, la política de ocasión pondrá en juego muchos ardides, tal vez manifiesta presión para obligar al pueblo a tomar parte en una fiesta en que no debe inmiscuirse; y saldrán a relucir “la democracia,” “la popularidad,” “la república” y otras muchas variedades que como mascarones políticos cubren las repugnantes fauces de los explotadores que por calles y plazas cruzan en sus lujosas carretelas saboreando los acordes de las músicas; que en amplios salones decorados con todo el boato del gran mundo se hartan de champagne y se entregan a grandes comilonas, luciendo a sus mujeres ricamente ataviadas, sin acordarse del indio que sudoroso y fatigado regresa del plantel a su paupérrima choza, donde no le abandona el espectáculo de la miseria, y del obrero que agobiado por largas horas de taller regresa a su hogar con unos cuantos centavos insuficientes para sus hijos.
Todos esos miles de pesos que se emplean en preparativos de unas fiestas inútiles, podrían servir de patrimonio a tantos huérfanos desheredados, a tantas viudas infelices, arrancando esas predestinadas víctimas de la miseria y la prostitución. Pero no; el harto no se acuerda del hambriento, y si acaso, es para cubrirlo de ignominia.
El triste resultado de las fiestas llamadas presidenciales no se hará esperar y si nos hemos anticipado a anunciarlo es porque las adulaciones que se preparan y el halago que pueda sentir el General Díaz viéndose agasajado no significan nada, absolutamente nada para la mejor situación del pueblo.
Terminamos haciendo constar que Yucatán no puede sentirse feliz con mirarle la cara solamente a quien debe su desmembración para formar “Quintana Roo,” y ha impuesto, o cuando menos tolerado, la reelección de Molina.
EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal Independiente, Antiesclavista y Antirreeleccionista, Época II, año III, núm. 20, 31 de diciembre de 1905, pp. 3, 6.
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