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No es oro todo lo que luce
Los periódicos y sueltos impresos que en los últimos días han venido publicando profusamente los pocos ciudadanos que integran el bando gobiernista, bien claro expresan que D. Olegario Molina tiene una gran influencia con los altos poderes de la Nación y especialmente con el General Porfirio Díaz, y hacen alarde de esa gran influencia.
No carecen de razón, porque gracias al Sr. Gral. Díaz ha sido reelecto Gobernador de Yucatán D. Olegario Molina; pero mienten descaradamente cuando aseguran que esa reelección la hizo el pueblo yucateco. El pueblo se opuso a ella enérgicamente, como todos lo saben, y por ello muchos ciudadanos fueron atropellados inicuamente, encarcelados y vejados.

Dicen los gobiernistas que una prueba del alto aprecio en que tiene el Presidente de nuestra infeliz República al Sr. Molina, es el viaje que aquel se resolvió a emprender para visitar al Estado de Yucatán, donde se le han preparado pomposas fiestas que por el lujo, magnificencia y esplendor, son más propias y adecuadas para un poderoso monarca, que para el Jefe supremo de un país republicano. Fiestas que un verdadero demócrata hubiese rechazado con justa indignación.
Pero puestos en juego todos los resortes del poder, derrochando a manos llenas el dinero, el Gral. D. Porfirio Díaz verá a una muchedumbre inmensa por todas partes, algunos lo aclamarán y todo esto podrá confundirse con la popularidad.
No hay tal cosa. Unos, los más, serán curiosos que quieran conocer al hombre que ha pesado por treinta largos años sobre los destinos de México; otros, los menos, formarán el grupo de la gente interesada en que salga bien la comedia de popularidad que con tanto afán y tanto cuidado se viene preparando desde hace meses.
Los bailes, los banquetes, los trajes esplendorosos, las joyas deslumbrantes, cerrarán los ojos al Caudillo para que no vea lo que hay más abajo, detrás de esos oropeles que cubren mal la miseria del pueblo y el descontento público.
Es seguro que no tendrá tiempo de pensar en que tres hombres honrados están aprisionados en la Bastilla de Yucatán, hace más de un año y que su delito, si tal puede llamarse, consiste solamente en haber tomado la defensa de los jornaleros de campo oprimidos por los magnates del henequén. No pensará ni un instante en que gemimos bajo el peso de impuestos exorbitantes y monopolios ruinosos. Menos en que madres y esposas de muchas víctimas han derramado torrentes de lágrimas junto a las rejas de la cárcel ante la iniquidad de los hombres que disponen del poder y de la fuerza para abusar y atropellar a mansalva.
Verá indígenas vestidos de fiesta y con aspecto de aseo y decencia que simulan un bienestar a todas luces ficticio.
¡Ah! ¡Si esos pobres pudieran hablarle con claridad, si le mostrarán las espaldas, donde aún no se borra la huella del látigo, tal vez no hallara tan sabrosos y exquisitos los manjares del banquete y los acentos de la adulación no sonarían tan gratamente a sus oídos!
Que la esclavitud es un hecho, está en la conciencia pública, aunque traten de cubrir las desgracias del campesino con fiestas y abundantes libaciones de espumoso champagne, entre músicas, vítores y canto de alabanza.
Las músicas, vítores y cantos en esta ocasión, serán como el redoblar de los tambores y el estrépito de las cornetas para apagar en el cuartel los gritos desesperados del soldado a quien en esos momentos muelen a palos.
EL PADRE CLARENCIO. Semanario Liberal, Independiente, Antiesclavista y Antirreeleccionista, Época II, año III, núm. 25, 4 de febrero de 1906, p. 7.
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