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Todas las fiestas organizadas por el Gobierno y sus amigos en honor del Presidente de la República, se verificaron de conformidad con el programa oficial, y resultaron soberbias, magnificas, como corresponde a la enorme suma que costaron. Esto es muy cierto, pero también es verdad que el pueblo yucateco asistió a esas fiestas triste y resignado, sin haber hecho ni una sola demostración de entusiasmo y mucho menos de cariño y adhesión al señor Gral. Díaz contra el cual está justamente resentido por la decidida protección con que ha favorecido al Lic. D. Olegario Molina, en perjuicio de los más caros intereses de la sociedad que con escándalo ha presenciado los abusos y atropellos de la actual Administración. Así es que, a despecho de lo que dijo la prensa de información, inclusive “La Revista de Mérida,” no se aclamó al señor Gral. Díaz ni a su llegada, ni en su alojamiento, ni en su tránsito por las calles de esta ciudad. Ello fue tan notable y pudo percibirse con tanta claridad, que la claque se distinguió muy bien y vino a ser un verdadero fracaso para los que la organizaron. Grupos aislados y poco numerosos, entre los que pudo verse a los más empeñosos reeleccionistas, bastante conocidos por el pueblo, gritaban hasta ponerse roncos sin conseguir que la multitud los secundase, porque no es tan inconsciente y nula como lo ha propalado la prensa molinista y sabe perfectamente de dónde se originan todos los males que la aquejan.
No sabemos que impresión haya causado a los acompañantes del Gral. Díaz la visita que nos acaban de hacer, más si entre ellos hubo algunos pensadores que no se dejaron marear por la vanidad al verse tan espléndidamente agasajados y obsequiados por la plutocracia imperante, es seguro que tuvieron ocasión de reflexionar acerca de ciertas cosas que se procuró envolver en la pompa de las fiestas y apagar con el brillo de las recepciones, veladas, bailes, etc., etc.

Pongamos por caso el paseo de antorchas. ¿Quién que no sea un esclavista o que se encuentre muy bien en la atmósfera de la corrompida burguesía, habrá dejado de observar que en aquella procesión donde se hizo derroche de luz, había algo de lúgubre que sobrecogía el corazón y llenaba de sombras el alma? Allí flotaba en el aire, azotando el rostro con la amargura de las grandes iniquidades, la cruel servidumbre de los débiles y la horrenda tiranía de los poderosos. Diríase que esos pobres jornaleros indígenas cargados de antorchas que iluminaban su semblante enflaquecido por la miseria y el dolor, llevaban grilletes en los pies. Estaban todos ellos diciendo a gritos que no son libres ni saben lo que significa la palabra ciudadano.
De las fincas de campo trajéronlos a esta ciudad amontonados en furgones, como se traslada a los animales irracionales, con sus sabukanes en que guardaban el bastimento que se les previno preparasen. Un poco de tortillas, lo suficiente para no caerse de inanición en las calles, tal vez en la plaza, bajo los balcones de Palacio y en presencia del señor Presidente de la República, lo que, en verdad, no hubiera sido muy edificante. Ese ganado humano, luego que llenó su cometido, sin pérdida de tiempo, para que la raspa no se interrumpiese ni un momento más y el “amo” no resintiera perjuicios, fue trasladado de nuevo a las fincas, siempre en furgones, con su pobre equipaje de sabukanes, y tristes seguramente por haberse acabado tan pronto aquel paréntesis en su monótona existencia de siervos adheridos al terruño.
Formando contraste con ese lúgubre paseo, el que denominaron histórico los organizadores de las fiestas, sí que revelaba toda la satisfacción, toda la hartura, toda la vanidad y el inconmensurable orgullo de los privilegiados. No estaban, no, como los desventurados descendientes de Nachi Cocóm, cargando el sabukán y mostrando en el semblante las huellas de la miseria y del dolor en una vida de continuas privaciones, entre la tortilla que los mal alimenta y la soga vaquera con que se les flagela sin piedad, para embrutecerlos, de modo que puedan ser mejor explotados y hasta olviden su condición de hombres. Estaban como les place ostentarse y se hacen la ilusión de verse: en plena época colonial, de capa y espada, arrogantes y dominadores. Cuando no existía esa “malvada” Constitución de 1857 que otorga a los mexicanos, sin distinción de clases, la libertad de conciencia, la libertad de imprenta, la libertad del trabajo y otras libertades públicas que, aunque pisoteadas y escarnecidas por el despotismo que nos oprime, están en ese Código fundamental escritas y permanecen allí como una protesta contra los conculcadores de la ley que pretenden matar la libertad del pensamiento entre los muros de calabozos inquisitoriales; están allí para decir al mundo civilizado que tenemos derechos sagrados e inviolables cuya conquista ha costado al pueblo mexicano torrentes de sangre generosa, y no obstante la tiranía se cierne sobre nosotros y nos ahoga en beneficio de los monopolizadores que arruinan al pueblo para esclavizarlo; porque el desnudo, el hambriento, tiene que ser fatal y necesariamente un paria miserable a merced de los explotadores del trabajo. Pero los burgueses no eran víctimas en ese momento de la terrible pesadilla que los hace sufrir ante el hermoso espectáculo de un pueblo libre. Desfilaban en briosos corceles, haciendo el papel de conquistadores, y se recreaban contemplando a los humildes pecheros que doblegaban la cerviz ante el trono en que la señorita María Peón representaba a España. No podía faltar un trono en un paseo de vanidades cuyo lujo insolente ultrajaba la pobreza de nuestro pueblo.
El carro de la libertad era una irrisión, y por eso el de la paz y la apoteosis del Gral. D. Porfirio Díaz, coronado por la gloria, nos hacían instintivamente volver la vista a la cárcel de Mérida para consagrar un recuerdo a las víctimas de la tiranía que allá se encuentran encerrados. Ellos pueden dar testimonio de lo que valen esa paz, esa libertad y esa apoteosis del afortunado Caudillo de Tecoac que proclamó la no reelección y sin embargo nos gobierna hace más de cinco lustros mediante reelecciones sucesivas. Ellos pueden decir desde el fondo sombrío de la prisión, lo que vale la paz sin libertades públicas.
Y no sólo de la procesión de antorchas y el paseo histórico podemos sacar provechosas conclusiones. En los bailes y veladas, la profusión de costosos brillantes, riquísimas perlas y esplendorosos trajes ¿no hicieron recordar al señor Presidente de la República que en la Metrópoli, centro de su poder y asentamiento principal de su grandeza, doce infelices fueron recogidos en la vía pública por la policía hace dos semanas apenas, porque carecían de hogar, porque no tuvieron ni siquiera el rincón de un mísero tugurio para guarecerse del frío? ¿No pensó que las inclemencias de los ricos que todo lo tienen mientras que los pobres se mueren de hambre y de frío, son mil veces más terribles que las inclemencias del cielo, mudo ante la desgracia, ciego ante el desvalido, impasible ante las enormes desigualdades que siembran la desolación y la muerte por un lado en tanto que por otro esparcen la alegría, el bullicio y la abundancia? El cielo que no existe, no es responsable como los hombres, pues como ha dicho muy bien el poeta: “Nadie tendrá derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto.”
¿No se acordó tampoco el señor Gral. Díaz de que ese pueblo pobre y desnudo sucumbe bajo la epidemia del tifo y que, sin higiene, sin una alimentación competente, perece sin remedio y la ciencia burguesa, inflada y pretenciosa, es impotente para contener el largo desfile de harapientos que pasan del barrio infecto al cementerio? ¿No tuvo en cuenta que, como asienta un colega metropolitano con gran exactitud, “la paz, si por algo es estimable, es por los bienes que trae aparejados, y en México la paz que disfrutamos no reviste los caracteres de una paz verdadera, sino que es una quietud, un marasmo político de los espíritus, semejante al sopor del enfermo cuyas fuerzas están agotadas?”
No, tal vez de nada de eso pudo acordarse entre los dulces acordes de la música, el vaivén embriagador de los danzantes, los acentos de la adulación, la deslumbrante pedrería de las damas, la alegría plena de la vida.
Nuestro pueblo observaba atentamente, y callaba, porque no podía llorar; los pueblos no lloran nunca: rugen y estallan como los proletarios rusos ante la tiranía secular de los zares y de los grandes dignatarios del imperio moscovita.
A nosotros que hemos visto padecer a los que arrolla bajo su carro triunfal la corrompida plutocracia, que tenemos hambre de justicia, sed devoradora de solidaridad humana, sírvanos de consuelo la esperanza suprema y halagadora de un hermoso porvenir para nuestra infortunada patria. Un porvenir en que haya libertad, porque entonces y sólo entonces…. “a la ley del embudo que hoy impera, sucederá la ley del equilibrio.”
LA UNIÒN POPULAR. Semanario Independiente, Año I, núm. 12, 15 de febrero de 1906, pp. 1 -2.

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