La otra mirada
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  El señor Presidente de la República en Yucatán  
 
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  Entre pelados  
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  Las fiestas presidenciales  
 
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  El empréstito del Ayuntamiento
 
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  El Gral. D. Porfirio Díaz y el pueblo yucateco  
 
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  El Sr. Gral. Díaz en yucatán. Actitud del pueblo
 
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  Declaración del Gral. Díaz en el banquete de “Chunchucmil.”  
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  Problema resuelto por el General Díaz  
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  Las perpetuidades  
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    Yucatán no tiene que agradecer a Porfirio Díaz  
 
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    Cántico a la ruina de Yucatán  
 
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  Barberos del periodismo  
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  Muy significativo  
 
 
 
 
 
 
 
La otra Mirada
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Declaración del Gral. Díaz en el banquete de “Chunchucmil.”
 

Seguiremos luchando

Como tenía que suceder, dada la deplorable fragilidad humana, la comedia preparada para la visita del Presidente de la República a las fincas de sus amigos en Yucatán, ha terminado de una manera favorable para los poderosos organizadores de las fiestas presidenciales.
A la hora de los brindis en el banquete de Chunchucmil, el señor Gral. Díaz declaró que nunca había creído en las especies vertidas por algunos periódicos de la Metrópoli con respecto a la esclavitud en Yucatán; pero hoy, habiendo presenciado el bienestar de que disfrutan los trabajadores del campo, está perfectamente convencido de que no existe tal esclavitud.
Ante semejantes palabras, los yucatecos que tenemos la firme convicción de la existencia de ese mal social entre nosotros, ya sabemos que, por desgracia, mientras gobierne la República D. Porfirio Díaz, no será remediado ese mal como tan ardientemente lo hemos deseado siempre; y aun algunos pudieran creer que si no se tuvo ningún inconveniente en abrir las puertas de la cárcel para guardar entre sus muros a los que se atrevieron a tomar la defensa de los esclavizados campesinos, en el fondo ese procedimiento ha tenido por objeto asentar duramente la mano del poder sobre los defensores de la oprimida raza indígena, maltratarlos y vejarlos, prolongando indefinidamente su prisión, contra la ley y contra la justicia, para de ese modo hacer lo que los esclavistas quisieran que fuese un escarmiento y apagar, ahogar rudamente, casi brutalmente, todo movimiento generoso en favor de esa pobre raza y de los jornaleros en general.
En vista de la reciente declaración del Gral. Díaz, la situación es ya más clara y definida. Esa declaración no dejará de ser utilizada por los opresores para proceder con mayor violencia y más impunemente.
Algunos meses antes de que fuesen encarcelados los señores Pérez Ponce y Escoffié, se había iniciado una corriente muy favorable a los intereses de la humanidad, y tres o cuatro personas se propusieron esforzarse para aliviar la suerte de los jornaleros, tomando su defensa y demostrando que se les maltrata, que no son dueños de trabajar donde más les convenga y que es el “amo” el que les señala el salario. La Suprema Corte de Justicia expidió varios interesantes fallos favorables a este noble intento y hasta el Juez de Distrito, Lic. D. Miguel Losa, aunque hacendado y por lo tanto hostil a esa corriente, tuvo que manejarse con arreglo a la ley para no incurrir en una responsabilidad.
Observado esto por los explotadores del trabajador del campo, empezaron a tomar sus medidas para contener el impulso que habían tomado aquellos propósitos inspirados en el amor a la verdad y a la justicia. De aquí que, teniendo como tienen ciertos hacendados, poder, influencias y dinero, se hubiese cambiado el rumbo, no haciéndose caso de algunos amparos promovidos y dejando la Suprema Corte dormir tranquilamente en sus carpetas los expedientes relativos a los señores D. Tomás Pérez Ponce y D. Carlos P. Escoffié Z. ¿Será debido a eso que hasta hoy no se haya resuelto el amparo solicitado por aquellos señores contra el injustificado e ilegal procedimiento del Lic. Ignacio Hernández, entonces Juez 3º del ramo penal y hoy Magistrado del Tribunal Superior de Justicia? Quizás.
Entretanto, lo cierto es que la esclavitud existe, diga lo que diga el Gral. D. Porfirio Díaz, a quien no tenemos por infalible: está en la conciencia pública y lo ha demostrado hasta la evidencia repetidas veces, no ya la prensa de la Capital de la Nación, sino la prensa del Estado.
Los yucatecos lo sabemos y tenemos motivo para saberlo mejor que el señor Presidente de la República, quien no ha podido juzgar con exactitud y acierto en una visita de pocas horas a una finca de campo donde se comprende que todo estaba preparado para impresionarlo en el sentido que deseaba. Su opinión, por lo mismo, no deja de ser un poco ligera y bastante aventurada, mucho más si se considera que, aun suponiendo posible formarse un juicio exacto en tales condiciones, pudo ser muy bien que en Chunchucmil no hubiese esclavitud, pero una golondrina no hace verano. ¿Le consta al señor Gral. Díaz que en las demás fincas todo marcha como en la que visitó durante unas cuantas horas? ¿Le consta que en la misma Chunchucmil las cosas marchaban de idéntico modo antes de que viniese a Yucatán y seguirán marchando bien después de que se vaya de nuestro Estado?
Quisiéramos tener la complacencia de opinar con el señor Gral. Díaz, desearíamos hasta por humanidad que su convicción estuviese fundada; pero la lógica se  impone, y firmes en el puesto que el deber nos señala, seguiremos luchando para que nuestros infelices hermanos que cultivan el henequén y que con el sudor de su frente han enriquecido a esta tierra que tanto amamos, participen de los derechos del hombre y del ciudadano como lo exigen los principios más rudimentales de la equidad y de la justicia, de acuerdo con las leyes democráticas que nos rigen, porque nunca se podrá decir que participan de esos derechos mientras no les sea permitido, como a los obreros de la ciudad, trabajar donde más les convenga y tasar libremente el precio de su trabajo, mientras la fuerza pública y los cazadores de ilotas continúen en la triste y censurable tarea de perseguir a los sirvientes “prófugos.” Tal vez algún día iremos a la cárcel, pero será con la conciencia del deber cumplido y la satisfacción de haber tenido el suficiente valor civil y bastante dignidad personal para decir siempre la verdad y combatir enérgicamente la iniquidad y la injusticia, sin que tengamos que avergonzarnos jamás de calumniar a nadie.
Estamos ciertos de que a nuestro lado no faltarán los que saben rendir homenaje a la verdad y los que abriguen en su alma esa gran pasión, única generadora del bienestar y felicidad de los pueblos: la pasión por la libertad y la justicia.

LA UNIÓN POPULAR. Semanario Independiente, Año I, núm. 12, 15 de febrero de  1906, pp. 2 -3.