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  El Sr. Gral. D. Porfirio Díaz en Mérida
   
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    El viaje del Sr. Presidente a Yucatán.
   
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  Sección de rezagos
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    El viaje del Señor General Díaz á Yucatán
   
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  La visita del Sr. General Díaz a Yucatán
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  Censura injustificable
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    Programa oficial de las fiestas presidenciales en Mérida, Estado de Yucatán
 
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  Editorial. Fecha Memorable
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  Las fiestas presidenciales en Mérida
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    Las fiestas presidenciales en Mérida II
 
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    Las fiestas presidenciales en Mérida III
 
 
 
   
   
 
 
   
   
 
 
   
   
 
       


 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Las fiestas presidenciales en Mérida
 

Realizado el saneamiento de Mérida desapareció de su suelo la endemia amarilla. Ya los habitantes de la capital de la República podían visitarla sin temor a riesgo grave. El gobernador Molina hizo un viaje expresamente a México para invitar al Presidente y a otras personas conspicuas.

Mérida se vistió con sus más lujosos atavíos para recibir a la comitiva presidencial. Todos los edificios y casas particulares se engalanaron; en todas partes se pusieron luminarias y cortinas; catorce arcos, de gran gusto artístico y extraordinario valor algunos de ellos, se levantaron en el trayecto que había de recorrer el Presidente desde la elegante glorieta del paseo Montejo hasta el palacio del señor Sixto García, destinado a habitación del general Díaz y de su señora; la ciudad estuvo cinco días de fiesta estruendosa, de espontáneo regocijo; cinco días en que Mérida reflejaba por su movimiento y animación a las grandes ciudades europeas y americanas.
La afluencia de forasteros encareció la vida. Los hoteles pedían cuarenta pesos por persona al día. El comercio puso cara de pascuas y pedía que hubiera todos los meses una visita presidencial…
A lo largo de toda la carrera por donde desfiló el Presidente con su comitiva hacían los honores los soldados de la guardia Nacional del Distrito, a la que se unieron los soldados federales que habían ido de México y los alumnos del Instituto. Estos fueron la admiración de todos por su marcialidad y brillante instrucción militar.
A todos los actos oficiales concurrió el Presidente precedido de un pelotón de guardias federales de caballería.

Al día siguiente de llegar asistió el presidente Díaz a la inauguración oficial del hospital “O’Horán”, del asilo “Ayala” y la penitenciaría “Juárez”, los tres hermosos edificios públicos que son hoy orgullo de la Mérida nueva. De esos importantes edificios no puedo hacer una descripción completa, pero diré lo más notable.

Hospital “O’Horán”
Es un verdadero sanatorio. Está dividido en dos departamentos, para hombres y mujeres, y se le ha dotado del material sanitario moderno más completo, salas de cirugía y pabellón especial para enfermedades infecciosas.
Consta de 35 pabellones con una capacidad para 400 enfermos. Su costo ha sido de 1’400,000 pesos. El doctor Luis Urcelay es el autor del programa o pauta científica para su construcción y los planos arquitectónicos son obra del ingeniero Salvador Echagaray.

Asilo “Ayala”.
Es un hospital de dementes. Comenzó a construirse con el importe de un donativo del filántropo Leandro León Ayala, de quien lleva el nombre, contribuyendo el Estado con el resto de su importe que ha sido de cerca de 900 mil pesos.
Se ha construido bajo el sistema fragmentario o de pabellones aislados y en todos hay una completa instalación de fisicoterapia.

Penitenciaría “Juárez”.
Es un moderno y elegante edificio celular construido con arreglo a las recomendaciones de la novísima escuela correccionalista. Es una verdadera Cárcel –Modelo. Hace tiempo que había comenzado y en estos últimos tiempos se han dado gran impulso a las obras. Algo falta aún por hacer, y según oímos de labios del gobernador muy pronto estarán terminadas por completo y como ya el señor Molina ha probado que hace lo que dice…

Los banquetes.
Dos suntuosos banquetes se efectuaron en el palacio del Ejecutivo. Uno le fue ofrecido, por el elemento oficial, al Presidente; y otro, por la alta sociedad yucateca, a la Presidenta. Al primero acudió todo el mundo oficial de Mérida y al segundo los miembros más prominentes de aquella refinada sociedad, entre los que figuran las damas meridanas más distinguidas.
En ambos banquetes la mesa se colocó en forma de inmensa U. Los paneaux del amplio salón estaban decorados artísticamente con bellísimos plafones de flores y al frente se destacaba un magnífico retrato al óleo del inolvidable patriota mejicano que se ha hecho inmortal con el nombre de el cura Hidalgo. Haciendo pendant con este retrato, otro, al óleo, del general Díaz. En el techo y en las paredes una profusión de pequeños focos eléctricos, una verdadera cascada de luces.
La reputada casa de Sylvain, de México, fue la encargada de servir los manjares y los vinos, y al efecto, llevó desde la capital su espléndida vajilla acompañada de un ejército de garçons y maîtres d’hotel.
El gobernador Molina ofreció, particularmente, una comida en su residencia privada al Presidente, que revistió también por su magnificencia y esplendidez, los caracteres de un gran banquete.
En esas suntuosas fiestas, lo mismo que en todas las que se efectuaron en Mérida, resplandeció la más exquisita corrección, el refinamiento más elevado.

Gran baile en la Lonja.
En Mérida, la “Lonja” es lo que para nosotros el “Ateneo”: institución de recreo y al mismo tiempo punto de cita de los elementos intelectuales. La “Lonja” meridana está dirigida por un grupo de las personalidades más distinguidas de la ciudad, bajo la presidencia del señor Alberto García Fajardo, un verdadero gentleman.
La “Lonja” ocupa un amplio local en forma de ángulo recto, dividido en dos galerías, siendo una de ellas, salón de baile propiamente dicho y la que le es paralela sirve de desahogo y también para bailar cuando la concurrencia es tan numerosa que obliga a ello. En el centro, amplio patio le da aspecto señorial.

El decorado de los salones era sencillo, nada más que flores, sin esa profusión que suele quitar elegancia al decorado de un baile. La sala, la galería y el patio resplandecían como un ascua.
El baile comenzó con un vals de Strauss, después que llegó la señora festejada con su séquito. Aunque en las doce piezas de baile que figuraban en el programa había varias danzas, mejor dicho, danzones, estos no los bailó ninguna pareja. En Mérida se ha hecho una costumbre elegante, como en la Habana, pasear los danzones en vez de bailarlos. ¿Por qué, tanto aquí como allá, ese desdén por el baile típico criollo? ¿Acaso no es tan elegante como el two –step, pongo por caso?
Cuanto diga de la belleza y elegancia de la mujer yucateca ha de ser muy poco comparado con la realidad. ¡Qué caras tan adorables! ¡Qué distinción! ¡Qué lujo en las toilettes! El grupo de señoras y señoritas que se reunió en la “Lonja Meridana” la noche del 6 de Febrero es muestra acabada del refinamiento social de la distinción de aquella culta ciudad.
Bailan en Mérida una pieza de cuadros que allí llaman Francesas, que es una variante de nuestros Lanceros: una de las figuras consiste en un paseo que dan todas las parejas, a lo largo del salón. A las parejas que bailan, se agregan en ese momento las que están sentadas y esa es la ocasión de admirar mejor la belleza y elegancia de las damas concurrentes. fue un desfile deslumbrador. Ante mis ojos, encantados, pasaron señoras tan espirituales y distinguidas como Josefa Arana de Peón, Mercedes Bolio de Lara, Camila Fernández de Aznar, Jacinta Bolio de Peón, Mercedes Cantón de García, Lola Bolio de Peón, Eloisa Vélez de Rendón, Adriana Laviada de Cámara, Mercedes Castellanos de Zapata, Font de Molina, Paoli de Zaldívar, Rosado de Escalante, Bolio de Espinosa, Hevia de Rendón, Fitz –Maurice de Guerra, Escalante de Peón, Méndez de REgil, Regil de Portuondo, Millet de Vales, Molina de Carranza, Redondo de Villaseñor, Otero de Duarte, Rendón de García y Molina de Suárez.
El grupo de señoritas era admirable: permítanme las encantadoras y adorables muchachas de Mérida que haga una excepción con dos de las que vi en el baile: Manuelita Ponce y Rita Pinelo, dos soles entre aquella constelación de caras bonitas formada por Mercedes Lara, Anita Fernández, Sara y Alicia Molina, Flora y Julia Espinosa y María Zaldívar, María Peón, Eugenia Góngora, Graziela, Cristina y María Vales, Manuela Regil, Lola Montalvo, Flora Gutiérrez, Lola y Celia Peraza, Josefa y Pilar Espinosa, Ana, Gertrudis e Isabel Baqueiro, Pilar y Manuela Ancona, las tres bellísimas señoritas Loret de Mola, María T. Valls, Carmelina Barón, Mercedes Vallado, Lucrecia y Adriana Cámara, María y Elisa Ponce, María Rendón, y cien más cuyos nombres no me fue dable anotar.

Movimiento literario.
Paralelo al progresivo movimiento en la prensa, existe en Mérida un notable desenvolvimiento literario y científico. Sin remontarnos a los tiempos pasados, en que florecieron los insignes yucatecos Fernando Juanes y Antonio Cisneros Cámara, de memorable recordación para la poesía mexicana, encontramos hoy un grupo de elegidos que hacen honor a la intelectualidad del país. Entre los que conocí y traté en mi brevísima estancia en Mérida y de los que, sin tratar, tuve referencias, debo citar, en primer término, al popular vate José Peón y Contreras, tan admirado en Cuba, poeta lírico, dramaturgo y novelista, miembro correspondiente de la Academia Española, y cuya fama se ha extendido por toda la América; al elegiaco Ovidio Zorrilla, que ha adquirido años hace envidiable reputación; a Manuel Sales Cepeda, cultivador de la estética, gran conocedor de la literatura y dramaturgo afortunado; al licenciado Manuel Irigoyen Lara, quien ciñe la triple corona de poeta, dramaturgo y orador: tuve el gusto de presenciar el estreno de uno de sus interesantes dramas, y pude apreciar su gran conocimiento de la rima y de los resortes escénicos; a José I. Novelo, director del Instituto Literario, poeta lírico de grandes arranques, atildada forma y profunda delicadeza; a Gabino de J. Vázquez, un cervantista consumado; al lado de Moreno Cantón, que además de periodista es también poeta y autor dramático, figuran Luis Rosado Vega, el más conspicuo poeta lírico de la nueva generación, cuyo reciente libro Alma y Sangre corre ahora de mano en mano con gran admiración; la espiritual poetisa Julia Febles de Palomé, y Carlos R. Menéndez, escritor de combate y poeta erótico. Entre los distinguidos figuran también honrosamente Ramón Aldama Santamaría, poeta y erudito; el doctor Gonzalo Pat y Valle, lírico galano; el licenciado Roberto Casellas Rivas, quien a más de poeta lírico es dramaturgo; José María Pino, Florencio Ávila, Bernardo Ponce, J. M. Valdés Acosta, Ignacio Ancona Horruytenier, José Patrón Correa, orador galano de vuelos castelarinos; Manuel Irabién, escritor de cuadros de costumbres al estilo de Tabeada; el doctor Luis F. Urcelay, orador elegante y contundente, y el sabio historiógrafo Juan Ignacio Molina Solís.

Trovadores.
País soñador, tiene Yucatán románticos trovadores que despiertan con sus cantos dormidas ternuras. Las canciones yucatecas tienen la dulce cadencia de las de Cuba, pero les ganan en variedad, en armonía y en viveza. El canto popular de Cuba es triste y monótono; el que canta el chanzil yucateco es insinuante, animado, conmovedor, a veces patético, siempre hondo: es el espíritu del maya indómito que se escapa en un suspiro, que toma forma en un vibrante quejido… Es canto de amor, de dulces añoranzas, de recónditas emociones.

Una interview de actualidad.
Como la pavimentación de la ciudad es hoy una de las mejoras de Mérida que más pronto hieren la vista, quise saber algo de lo que con ese asunto se relaciona y, al efecto, me decidí a interviewar al contratista de esas obras, señor Andrés Barallobre.
La pavimentación se comenzó siguiendo el sistema de contrata adjudicándose a dos compañías extranjeras, una americana, otra alemana. Barallobre era empleado de una de ellas y en el cumplimiento de su cometido pudo hacer un estudio acabado del negocio con tanto éxito, que cuando se subastó la continuación de las obras realizadas, obtuvo en buena lid la nueva contrata.
–Merece usted, señor Barallobre, los plácemes más calurosos. Y ¿cuánto tiempo ha empleado en esas obras y cuál ha sido su costo?
 –En poco más de dos años he pavimentado unos 400 mil metros cuadrados con un costo de tres millones de pesos. Los anteriores contratistas, en dos años, no pudieron construir más de 65,000 metros cuadrados con un gasto proporcionalmente mayor.
El señor Barallobre merece la confianza del gobierno por su eficacia y actividad. Cuando se anunció la visita del Presidente Díaz fue necesario hacer un tour de force para terminar las obras en cuatro meses: entonces logró hacer con 700 hombres mil metros cuadrados, al día.
Barallobre es una persona estimadísima en Mérida y de gran popularidad.

Hotel Imperial
El barón Humboldt llamó a Mérida la ciudad de los palacios. Si Humboldt hubiera conocido el grandioso edificio que hoy existe en la calle 60, en donde está instalado el magnífico hotel Imperial, entonces la hubiera llamado, por antonomasia, la ciudad del palacio.
Hoy Mérida recibe al tourista no sólo con sus calles asfaltadas sino con un confortable hotel en donde hospedarle. Para que una ciudad entre en el concierto de la civilización, lo primero que necesita son buenos hoteles: este es un axioma norteamericano en el que yo no creía hasta hace poco. En mis viajes he comprobado la certeza de esa afirmación.
El hotel Imperial se ha instalado con todos los adelantos modernos, en un edificio de tres pisos construido expresamente. La entrada recuerda la de los bellos hoteles de Broadway y en su interior hay mucha elegancia, mucho confort y un verdadero sentido práctico. El conjunto tiene aspecto señorial y predispone favorablemente al que lo visita.
De noche, el hotel Imperial tiene una singular atracción: la profusión de luces que lo alumbran. Cuando el viajero llega a la interesante mansión, experimenta un agradable bienestar ante el precioso patio –jardín de estilo corintio que lo adorna; al fondo, encuentra una suntuosa escalera de mármol que se bifurca en dos brazos y da acceso a la extensa galería por donde se llega a las habitaciones; son éstas amplísimas y sus puertas están encuadradas en marcos de maderas preciosas. El mobiliario es moderno y hay en todos los cuartos agua corriente.
Anexo al hotel existe un espléndido restaurante en donde se come admirablemente. La cocina es francesa y se sirve a la carta.
Durante los días de las fiestas presidenciales, afluyó al hotel Imperial un numeroso público que procedía de la capital y del extranjero: todos estaban admirados y satisfechos del servicio.
–Nunca he comido mejor! –diz que decía el conde de Perigny, distinguido explorador francés, huésped de Mérida durante las fiestas.
Los propietarios del hotel Imperial señores J. Rendón y Hermano y su encargado general señor Vicente Guanche, merecen mil plácemes por el cuidado que ponen en que su hotel sea el primero de Mérida.

Banda de Música del Estado.
Sostiene el gobierno de Yucatán una excelente Banda de Música, compuesta de unos cuarenta profesores bajo la dirección del popular maestro señor Justo Cuevas. El nombre de este músico es bien conocido de los cubanos por el interesante himno titulado “Cuba Libre”, que dedicó al señor Estrada Palma al instaurarse la república.
La vicedirección de la Banda está a cargo del señor José González y todos los que la forman son verdaderos maestros, algunos de ellos, solistas de mérito extraordinario. En las fiestas presidenciales no desmereció la Banda del Estado, a pesar de que habían ido desde la capital otras Bandas tan notables como la de Artillería y la Municipal.

Procesión de antorchas.
Todavía tengo en el recuerdo una larga, interminable, columna de fuego… Era la procesión de antorchas. Cerca de cinco mil indios, con hachas encendidas en las manos, desfilaron por la ciudad como un ejército luminoso.
Yo estaba en los balcones de la sociedad Jockey Club, y mirando a lo largo de la calle 62, la columna de llamas parecía interminable. A veces, el ánimo conturbado ante aquel fuego que no se acababa nunca, concluía por figurarse, como una compensación nerviosa, que eran siempre los mismos que daban la vuelta, como en el teatro… y es que a mi los indios me parecieron todos iguales.

Un día en Chunchucmil.

La campiña yucateca carece de belleza plástica. Se recorren llanuras inmensas sin que la vista encuentre frondosos árboles, cerros accidentados, ni siquiera los cambiantes del verde que son el encanto del paisaje de Cuba. Todo el terreno es calizo, sin fertilidad alguna. En muchas leguas a la redonda no se tropieza, no ya con el río caudaloso, ni con un insignificante arroyuelo. El agua hay que irla a buscar a las entrañas mismas de la tierra. En ese terreno árido e ingrato el tenaz y laborioso yucateco ha levantado riquezas fabulosas, sembrando la preciosa fibra de henequén, para cuya producción parece predestinado. La exportación de este original artículo se calcula en la actualidad en unos dos millones de pesos mensuales.

En todo el país hay gran número de ricas haciendas en donde se cultiva el henequén y era natural que a una de las mejores se invitara al Presidente Díaz. La preferida para este objeto fue la conocida con el nombre de “Chunchucmil”, propiedad del opulento y amabilísimo caballero señor Rafael Peón. Un tren expreso condujo a los invitados hasta la estación de Granada y de ahí hasta la finca se realizó el viaje en carros de vía estrecha tirados por mulas. El largo camino se hizo agradable por el entusiasmo que despertaba la presencia del Presidente; todos los lugares del trayecto estaban rústicamente engalanados y no faltaban arcos triunfales ingeniosos y originales, como el que levantaron en la hacienda “Santa Rosa” formado de doradas y dulcísimos naranjas de china; y otro, hecho con pacas de henequén, colocado en “Kochol”.
La llegada a Chunchucmil es indescriptible. Los habitantes, labradores y jornaleros de la hacienda, en número de tres mil, colocados frente a la casa de vivienda, agitando todos una pequeña banderita nacional, prorrumpieron en vítores y aclamaciones entusiastas. Al frente se destacaba un pelotón de vaqueros a caballo (arreadores de ganado) con sus pintorescos trajes y original albarda con guarda –piernas de cuero duro. Era aquel conjunto un bello cuadro de color local, que en vano puede reproducir la pluma ingrata.
El señor Peón enseñó a sus huéspedes uno por uno los diferentes departamentos de su hacienda. Vimos cortar las pencas de henequén, entongarlas sobre las planchas portátiles, conducirlas al pie de la desfibradora, que las devoraba, ansiosa, convirtiéndolas en grandes madejas canas. ¡Qué prodigio de mecánica! Sin esa prodigiosa modificación del trabajo ¿cómo podrían los hacendados yucatecos enviar al mundo entero, como lo hacen hoy, el hilo riquísimo de las pencas de henequén? Yucatán debe una estatua al inventor de esas máquinas desfibradoras.
Grata sorpresa recibí al saber que un joven cubano, Joaquín L. Peña, era el director de aquella complicada maquinaria, y otro cubano, el señor Cuyes, su auxiliar.


Al mediodía, en un inmenso comedor construido expresamente, se sirvió un almuerzo espléndido: todos los platos del menú eran productos de la finca. Riquísimas ostras del criadero de Chunchucmil, cangrejos y tortugas en sus playas criados, guineas y venados cazados en sus montes, un verdadero alarde de riqueza y esplendidez.
Llegada la hora de los brindis, el señor Joaquín Peón levantó su copa y en un sobrio e intencionado discurso saludó al general Díaz, provocando, con sus insinuantes conceptos, declaraciones trascendentales que oyeron complacidísimos los hacendados yucatecos de labios del Presidente. Allí quedó destruida por completo la sentimental leyenda que les atribuía propósitos esclavistas.
Concluido el banquete, un grupo de preciosas mestizas se presentó en la casa de vivienda a bailar el tango del país: es un zapateado con evoluciones graciosas. Las formas esculturales de aquellas bellas mujeres gustaron mucho más, creo yo, que el baile, un tanto sencillo… El general Díaz –que se ríe muy poco –reía a carcajadas y en un momento de entusiasmo colocó su sombrero en la cabeza de una de aquellas lindas bailadoras. El rescate, según los usos del pueblo, le costó una moneda de oro.

La fiesta concluyó con un conmovedor rasgo de cortesía: un cable al hijo del señor Peón, que se educa en Londres, saludándolo en nombre de los comensales.
Al regresar, en el fondo de uno de los rústicos carros que nos conducían, cabeceaba, soñoliento; y cada vez que cerraba los ojos me bailaban en el cerebro cifras incoherentes: un dos y cinco ceros, los 200,000 pesos que se había gastado en aquella fiesta el señor Peón.

Paseo histórico.

Fue uno de los números más brillantes de las fiestas presidenciales. Sus organizadores, entre los que se encuentra el distinguido artista señor Gómez Rul, merecen aplausos entusiastas.
Admirablemente representados por personajes y carrozas alegóricas desfilaron las diversas épocas de la historia de Mérida: los mayas, la conquista, la dominación española, y por último, la época actual, cerrando el Paseo una soberbia carroza que representaba la Paz. Los personajes fueron interpretados por conocidos caballeros y señoras y señoritas de la alta sociedad yucateca. Como esta interesante procesión había de repetirse en el Carnaval, El Fígaro se propone hablar extensamente y publicar una completa información gráfica de la misma, en uno de sus números próximos.

El arco cubano.
Esbelto y airoso, en la esquina de las calles 59 y  60, frente al parque “Hidalgo”, lucía el arco cubano. El distinguido artista italiano Michele Giacomino fue el aturo del proyecto y también fue construido bajo su dirección inteligente.
Es un arco de estilo barroco, sostenido por dos pilastras y cuatro airosas columnas. Su forma es irregular con hermosas tallas y bellas figuras decorativas en yeso representando bronces. Sobre las pilastras presentaba dos claros ovalados de los que salían dos Glorias ofreciendo la oliva de la paz y, en la parte superior en artística rectitud, dos genios echando flores en el camino, coronando el arco la libertad iluminando al mundo.
Los escudos de México y Cuba se veían entrelazados a uno y otro lado y en el centro se leía la siguiente inscripción: “Al señor Presidente de la República Mexicana, la colonia cubana.”
No era menos llamativa la espléndida iluminación que ostentaba por la noche. El efecto era muy pintoresco. Los cubanos pueden estar orgullosos de su arco.
Al artista Giacomino corresponde buena parte del éxito. Trabajó con gran entusiasmo y actividad, poniendo toda su gran experiencia artística al servicio de la obra.
Mérida entera reconoce el talento de Giacomino y a nadie ha extrañado este triunfo. Sus obras anteriores, los admirables bustos que ha modelado en mármol del general Cantón, del señor Felipe Ibarra, del gobernador señor Molina y otros tantos, le han dado sólida reputación.
Del arco “Maya”, cuya fotografía también ofrecemos en esta página, diré que me pareció el más original de cuantos se construyeron en toda la ciudad.
Es todo de yeso, admirablemente concluido, reproduciendo la arquitectura india.

Escuelas.
Además del alcantarillado y pavimentación de la ciudad, se han levantado edificios ad hoc para escuelas, siendo los más notables el construido en la plaza de Santiago para la enseñanza primaria y el que ha de servir de albergue a la Escuela Normal. Visité esta última en compañía de su actual director señor Rodolfo Menéndez, meritísimo cubano que ha construido su hogar en tierra meridana y allí difunde con sin igual constancia las luces de su privilegiada inteligencia.
Muy pronto empezará a funcionar la Escuela Normal en su nuevo edificio y de allí saldrán ejércitos de educadores a repartir la instrucción.
Con los progresos intelectuales de Mérida me ocurría lo mismo que con sus adelantos urbanos: recordaba a la patria amada y al comparar instintivamente aquello con esto, la tristeza me embargaba. Nosotros no tenemos alcantarillas, ni pavimentación, ni Escuela Normal… Verdad es que tampoco tenemos a don Olegario en el gobierno.

Gómez Rul.
¿Han visto ustedes los retratos de tantas bellas señoritas como aparecen en esta edición? Todos son hechos por un artista concienzudo, el fotógrafo preferido de Mérida, señor Gómez Rul. He pasado largas horas en su elegante salón en la calle 59, admirando los interesantes retratos que allí se exhiben. Es una verdadera exposición de la sociedad distinguida de Mérida.
El Fígaro debe gratitud al señor Gómez Rul por haberle facilitado desinteresadamente los artísticos retratos de señoritas y otras personalidades que dan realce a estas páginas y sin los cuales confesamos que hubiera quedado incompleto este souvenir de Mérida y de las fiestas presidenciales.
Reciba el señor Gómez Rul en estas líneas un sincerísimo y expresivo voto de gracias.
Ya con la pluma en la mano y hablando de fotógrafo y fotografías ¿por qué no he de hablar del esfuerzo extraordinario realizado por el fotógrafo de El Fígaro, Rafael Santa Coloma? Su actividad ha sido digna de aplausos. Con la mejor voluntad acudía, cámara al brazo, a todas partes. Durante las fiestas presidenciales su trabajo fue ímprobo, día y noche, sin desmayos ni fatigas. Un bravo para Santa Coloma, el excelente compañero, infatigable y modesto.

Dzodzil, fiesta memorable.

Pluma de oro quisiera para pintar el maravilloso espectáculo de “Dzodzil” Es esta una de las haciendas que posee el señor Olegario Molina cerca de Mérida y en la que se había dispuesto una velada en honor del Presidente. Al llegar a la espléndida quinta un murmullo de admiración anunciaba el efecto mágico que en todos producía el original y artístico decorado de los jardines, el sorprendente y deslumbrador derroche de luces que convertía en día luminoso aquella noche memorable.
El señor Molina había dado carta blanca a una Comisión compuesta de los señores Luis S. Carranza y Felipe Ibarra para que organizaran la fiesta, sin limitar los gastos. El éxito coronó los esfuerzos de los distinguidos caballeros. Cuéntase que, ya comenzadas las obras, y un tanto atemorizados sus autores del importe de las mismas, por delicadeza se acercaron al señor Molina para consultarse sobre su ascendencia.
Hombre espléndido y de gran sentido práctico, además, el señor Molina contestó a la Comisión:
 –Pueden ustedes gastar todo lo que sea necesario. Lo único que me reservo es el derecho de la crítica.

No pudo el señor Molina ejercerla sino para elogiar. Dzodzil fue transformada en un edén, en uno de esos jardines encantadores en que hace vivir Hoffman a sus personajes. No es opinión mía solamente. Así lo repetía a coro todo el selecto concurso que se reunió allí, formado no sólo de lo más granado de Mérida sino también de las distinguidas personas que formaban el séquito presidencial, tan acostumbradas a las grandes fiestas mundanas.
El programa tenía dos partes: una de arte musical y canto y otra de literatura. En la primera maravilló al público con los delicados trinos de su garganta, la gentil Elena Martín, tiple mexicana, antigua amiga de los cubanos; los esposos Uribe, él en el violín y ella en el arpa, arrancaron grandes aplausos; lo mismo que la magnífica orquesta que interpretó algunas piezas clásicas bajo la batuta admirable del profesor señor Cuevas.
¡Qué decir de la parte literaria! fue una verdadera solemnidad. El doctor Patrón y Correa pronunció un discurso bellísimo, lleno de relampagueos imaginativos, de toques grandilocuentes; tiene una dicción correcta, voz llana y maneras elegantes. Con frecuencia era interrumpido por aplausos de sus admiradores, entre los cuales me cuento desde que le oí aquel discurso tan oportuno y tan vibrante.
Otra revelación para mi espíritu, que aquella noche iba de admiración en  admiración, fue el poeta Novelo. Su poema “Alma Patria” revela a un elegido de las musas, a un pensador, a un orfebre del verso y de la idea. ¡Cuánto siento que las páginas de esta edición no puedan extenderse para dar a conocer a los lectores cubanos esa brillante y conceptuosa pieza literaria!
Inspiradísimo y feliz estuvo también el paladín de las letras yucatecas, el gran amigo de Cuba, el poeta admirado y querido José Peón y Contreras. La poesía que leyó tiene esa melodía encantadora que es el secreto de su inspiración.
Justo Sierra es un humorista delicioso. Descendió desde el alto sitial de Ministro a la tribuna de Dzodzil para hacer una cuosserie regocijada, fina, llena de sutilezas, esmaltada de chispazos de ingenio. El maestro –le llaman en México, y es un verdadero maestrazo en el arte de savoir dire. Nos dejó a todos con la miel en los labios. Y a pesar de eso, todos lo aplaudimos a rabiar cuando bajó del Partenón.

Del brazo de la srita. cubana Mary Urzais recorrí los jardines de Dzodzil y bajé al curioso senote, especie de río subterráneo que da un nuevo encanto a la finca. Hasta allí, en el fondo de la tierra, habían colocado intensos focos de luz eléctrica.
Complemento de esta breve e incolora descripción de lo que fue aquella soirée, sería una relación detallada de los concurrentes; siquiera de los principales. Pero es imposible. Dos mil personas había diseminadas por los jardines y citar nombres, escogidos entre aquel mundo elegante, sería incurrir de antemano en el pecado grave de lesa galantería. Sí diré que fue irreprochable la elegancia y corrección de las toilettes de las damas y que todos los caballeros vestían el severo frac y alba corbata.
En uno de los parterres próximos a la casa de vivienda, una larga mesa con una cena suculenta, convidaba a los concurrentes a reponer las fuerzas. Corrió el dorado champán como un río y todos los exquisitos manjares parecían no tener fin. Todo estaba previsto en Dzodzil.
A la una de la madrugada, todavía irradiaba la fiesta sin languidecer. La animación no podía decaer en aquel encantado paraíso y cuando llegó el momento de partir parecía que dejábamos allí algo muy caro: un jirón de espíritu, una ilusión perdida al hacerse realidad.
Mientras esperaba el tren que había de llevarnos otra vez a la ciudad, me acerqué al señor Rogelio Suárez, uno de las personalidades más amables de Mérida.
–¿Qué le ha parecido Dzodzil? –me preguntó sonriente.
–Pues… ¡horrible! –le contesté.
–¿Cómo? –inquirió él receloso. 
Y yo agregué enseguida:
–No se asuste. He dicho horrible, porque nada hay más malo que entrar en la gloria y tener luego que salir de ella…

En el tintero.
No pretendo hacer una descripción completa de la vida meridana. Escribo al correr de la pluma sobre notas muy ligeras tomadas casi todas de la memoria. Mucho ha de quedar, por lo tanto, en el tintero.
Yo hablaría in extenso del gran comercio de Mérida, porque bien lo merece; diría mucho de su movimiento industrial; pero necesitaría muchas páginas. No quiero dejar de citar las poderosas casas de comercio de E. Escalante e hijos, la de Avelino Montes (s. en c.), la de Agustín Vales Guerra y Ca., J. Caballero, Ismael González, las grandes fábricas de cigarros y tabacos La Nacional, que da trabajo a cerca de 500 familias pobres; la cervecería “Yucateca”, la fábrica de chocolates La Yucateca con todos los adelantos modernos; la de ladrillos y materiales de construcción que dirige con gran competencia el señor Felipe Ibarra y de Regil; y la excelente tipografía de Gamboa Guzmán.

En Progreso.
Dicen que todas las despedidas son tristes. Sin embargo, yo me despedí de Mérida alegre, con la alegría del que sabe que son verdaderas, aunque inmerecidas, las muestras de afecto y las distinciones recibidas.
Al llegar a Progreso, el cónsul de Cuba, señor Alsina, llevando su galantería y esplendidez al como, tenía preparado un almuerzo para obsequiar a los periodistas habaneros. Fue un banquete, en que reinó la más simpática cordialidad.
Mientras comíamos recordaba la historia patriótica del cónsul. ¿Quién no sabe que Alsina se gastó una fortuna en costear, él solo, una expedición filibustero? En unión de varios patriotas y con un gran cargamento de armas, formó él parte de esa expedición, logrando arribar con fortuna a las playas de Cuba. Se incorporó a las fuerzas revolucionarias y luchó por las libertades con tesón, sin desalientos. El buque en que había venido lo regaló al gobierno de Cuba y era, por cierto, la primera embarcación de que fue propietaria Cuba libre. Cuando vino la paz nada pidió. Tampoco solicitó nada de la República. Muy mal le ha pagado la patria, ya que por toda recompensa lo recluye en una oscura playa del golfo. No se queja, sin embargo; habla de Cuba con la ternura de quien todo lo ha dado por ella y aún tiene buen humor para agasajar y obsequiar a los compatriotas que allí arriban.
Honraba también la mesa el distinguido médico doctor Lao Villaurritua, adscrito al Consulado de Progreso. Desde allí, con un celo que lo hace acreedor a los mayores aplausos, libra a la patria del contagio endémico.
Alsina y Vilaurrutia gozan en Progreso de las más altas y merecidas consideraciones. En sus delicadas funciones nada más que aplausos y gratitud tienen para ellos los cubanos que pasan por allí.
Mérida, Progreso, nombres ya de recuerdos siempre gratos en mi memoria… no les digo adiós, sino hasta pronto.

Ramón A. Catalá.
Febrero, 1906.

EL FÍGARO. Revista universal ilustrada, Año XXII, núm. 8, 25 de febrero de 1906, pp. 95 -112.