Alocución del Sr. Lic. D. Olegario Molina en la gran junta del Palacio del Ayuntamiento

Al dar cuenta en nuestro número de ayer de la gran junta verificada en la mañana del día anterior en el Palacio del H. Ayuntamiento para constituir la Gran Comisión que organice las fiestas con que será celebrada la visita del Sr. Presidente de la República a Yucatán, no pudimos por la premura del tiempo transcribir la brillante y hermosa alocución con que el Sr. Lic. D. Olegario Molina abrió la asamblea.
Hoy engalanamos nuestras columnas con dicha alocución que hemos procurado transcribir con la mayor fidelidad posible.
Dijo el respetable jefe del Estado, sobre poco más o menos:
Ya sabéis, Sres., porque se os anunció así en las cartas de invitación que os fueron enviadas, que el Sr. Gral. D. Porfirio Díaz, el actual ilustre Presidente de la República se ha dignado aceptar la invitación que se le hizo en nombre del Estado y de la sociedad meridana especialmente para la inauguración del Hospital O’Horán y del Asilo Ayala. Con tal motivo, resolvimos invitaros para constituir la Gran Comisión que debe entenderse en la preparación y organización de esas fiestas que el buen nombre de nuestro Estado exige que sean dignas de la ilustre personalidad a quien van a ser dedicadas y del pueblo yucateco, de la sociedad meridana muy especialmente, pues el Sr. Gral. Díaz será huésped de esta capital durante los días de su permanencia en ella.
Tendremos ocasión de manifestar nuestro reconocimiento y nuestra gratitud al autor de la paz de que disfrutamos todos los habitantes de la Nación, bien inapreciable, a cuya influencia hemos despertado a la vida de bienestar y de progreso, todos los mexicanos, pero muy especialmente nosotros los yucatecos que a la sabia administración del Sr. Gral. Díaz, somos deudores de nuestra prosperidad actual y de todos nuestros adelantos. A él, al Sr. Gral. Díaz, debemos el presente próspero de nuestro Estado, pues a la protección decidida y a las franquicias que durante su administración hemos obtenido para todas nuestras empresas, a ellas y no a otras causas, se deben los progresos y la prosperidad de Yucatán.
Todos aquellos de nosotros que vivimos aquella vida dura y trabajosa de hace apenas treinta o cuarenta años, podemos darnos cuenta exacta de los inmensos beneficios que debemos a la paz. Quienes no alcanzaron aquellos tiempos, por mucho que se imaginen lo que fueron, no llegarán nunca a formarse de ellos una idea completa. La labor del hacendado, única generadora de nuestra fuente de riqueza, era entonces la más dura, la más penosa y más llena de obstáculos y contrariedades. Trabajando en un suelo estéril, luchando con pobrísimos y escasos elementos, estaba, además, el agricultor yucateco amenazado constantemente de ser invadida su propiedad, por los revolucionarios unas veces y otras por las fuerzas del gobierno que operaban contra la revolución, y de ambas partes se le exigían víveres y elementos para las tropas causándole grandes molestias y perjuicios.
En aquellos tiempos, cuando nuestro principal artículo de alimentación, escaseaba por causa de malas cosechas, la miseria y el hambre se hacían sentir en nuestras poblaciones, aún en esta misma capital, porque nuestras tardías y difíciles vías de comunicación no nos permitían abastecernos de ese cereal con la premura que era necesaria, ni podíamos transportar fácilmente nuestro único artículo de exportación, el henequén, por esas mismas causas.
Hoy, Sres., nuestra situación ha cambiado completamente; tenemos rápidas y fáciles vías de comunicación en nuestros ferrocarriles; facilidades de embarque y desembarque en los muelles de nuestros puertos; seguridades para los buques que trafican con nuestras exportaciones y nuestras importaciones en los faros de nuestras costas, y ese cambio radical y benéfico obra es de la Paz que debemos a nuestro ilustre Presidente. Y no se nos diga que esos ferrocarriles, esos muelles, esos faros y otras tantas otras mejoras, han sido protegidas y guardadas eficazmente por el gobierno nacional porque eran de necesidad y de beneficio general como sus semejantes en toda la República, porque nuestros ferrocarriles del sur y del oriente y algunos otros, a pesar de que, como vías interiores del Estado, no ameritaban por esa causa que la Nación les otorgara franquicias y subvenciones, muy amplias sin embargo las obtuvieron del Sr. Gral. Díaz, quien demostró con ellas especial interés por Yucatán.
Pero no solamente nuestra gratitud está empeñada en esta ocasión; nuestro interés y nuestra conveniencia tienen mucho que esperar de la próxima visita del Sr. Presidente de la República. Sin referirme a los beneficios que ella ha de reportarnos en el futuro, debo manifestaros que se ha procurado que acompañen al Sr. Presidente en su visita muchas eminentes personalidades de la Capital con el fin de que personalmente nos conozcan y conozcan nuestras costumbres y nuestro modo de ser social, y puedan, por testimonio personal y propio, tener pruebas sobradas de la injusticia que entrañan las graves imputaciones que se han hecho a los yucatecos con relación a los braceros de sus campos. No es que en las altas esferas del gobierno nacional se tenga errada opinión de nosotros a ese respecto; pero nos conviene que el mayor número de respetables personalidades de la Nación sepa por sí mismo, con evidencia indu[da]ble, lo que sabe ya por informaciones privadas.
Creo que todos los presentes estamos conformes en lo que he manifestado, y en la necesidad y conveniencia de que todos procuraremos hacer grata su permanencia entre nosotros al Sr. Gral. Díaz y, contando con vuestro reconocido patriotismo y vuestra buena voluntad confiamos en que aceptaréis las comisiones especiales que os confíe la “Gran Comisión” que hoy va a quedar constituida.
Os reiteramos, Sres., el Sr. Gobernador interino y yo, nuestro agradecimiento por la bondadosa deferencia con que os habéis servido obsequiar nuestra invitación.”
EL ECO DEL COMERCIO, 28 de octubre de 1905, p. 2.
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