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El 5 de febrero será de hoy más, por dos títulos, de remembranza perennal para nosotros, pues un suceso extraordinario quedará asociado en Yucatán al gran acontecimiento histórico que solemniza una de las más simpáticas fiestas nacionales.
El 5 de febrero es la fecha memorable que evoca en todos los corazones patriotas el grato recuerdo de la evolución más trascendental de nuestra Historia política; el recuerdo del hecho grandioso que vino a ser como el coronamiento feliz de la cruzada regeneradora que emprendieron los esforzados paladines del pueblo, los inquebrantables apóstoles de la Democracia y del Derecho, que se sentaron en los escaños gloriosos del Congreso Constituyente.
Y el 5 de febrero nos recordará también siempre que en igual fecha de 1906 hizo su entrada triunfal, podemos decir, en Mérida el esclarecido Presidente de la República, C. Gral. Porfirio Díaz.
No tienen precedente en los fastos yucatecos el esplendor y magnificencia que han revestido, así el acto de recepción solemnísima del glorioso Caudillo, en medio de las aclamaciones y aplausos de todo un pueblo, como los demás festejos y homenajes que se le han tributado, conforme al programa social que oportunamente dimos a conocer.
Merecen bien, sin duda, de todos los amantes del buen nombre yucateco, así el S. Gobierno del Estado como la H. Representación local, y la Gran Comisión organizadora de las fiestas, y las colonias extranjeras, y los distinguidos miembros de nuestra sociedad que en ellas han tomado parte, y la ciudad entera que ha contribuido a su mayor lucimiento vistiéndose de gala, –por haber dado tan fastuosa acogida a un huésped por tantos títulos ilustre, y que honrándonos tan altamente con su presencia en Mérida, ha convertido, como si se dijera, en cierto modo y transitoriamente, en Capital accidental de la República la capital yucateca.
Y no menos que la visita del Jefe Supremo de la Nación nos ha honrado también y ufanado grandemente la presencia en esta ciudad de su distinguida esposa, la Sra. Carmen R. R. de Díaz, y de otros personajes metropolitanos, dignos acompañantes suyos, como los Sres. D. Ramón Corral, Vicepresidente de la República; D. Justo Sierra, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes; D. Leandro Fernández, Ministro de Comunicaciones; D. Eduardo Liceaga, Presidente del Consejo Nacional de Salubridad, y demás honorables huéspedes, a todos los cuales presentamos también nuestros respetos y el testimonio de nuestras simpatías.
Justos, muy justos, han sido todos los homenajes que Yucatán ha tributado al Gran Capitán Mexicano, que, como alguna vez en otros términos dijimos, aunque no rigiera actualmente con acierto los destinos nacionales; aunque no hubiera logrado, merced a su gran carácter, circundar de una asombrosa aureola de prestigios alta Magistratura de que está investido, bastara tan sólo el brillo sin mácula de su invencible espada; bastara su larga historia militar, heroica cual ninguna y que tantos días de gloria diera a nuestra Patria; bastara, decimos, su excepcional y limpia hoja de servicios como el primer soldado de la República, para justificar con creces esos hurras populares, y esos arcos de triunfo, y esas feéricas soirées, y esos suntuosos bailes, y esas regias convivialidades, y todos los demás festivales, en fin, que se han celebrado en su honor.
El C. Gral. Díaz abandona, en el instante en que estas líneas trazamos, la por él alborozada ciudad de los Montejos. Ha salido de Mérida con toda su comitiva, conforme anunciamos oficialmente, hoy viernes 9 de febrero, a las ocho y media de la mañana, entre los vítores y aplausos de inmensa y compacta muchedumbre, que solícita y espontáneamente se apiñaba desde la hora del alba, en el lugar señalado, para darle la más entusiástica y cordial despedida.
El egregio Caudillo no ha realizado, pues, con su visita la Conquista de Yucatán, que dijo intencionadamente algún colega metropolitano; sino que ha palpado por sí mismo que el pueblo yucateco, como la República entera, le profesa también adoración fanática, y lo admira y lo venera supersticiosamente.
Que vientos bonancibles impulsen a través del Golfo Mexicano el bajel presidencial, que llevando consigo la más celebrada personificación de las glorias nacionales, simboliza legítimamente la nave de la Patria, que ha sabido conducir al puerto de salud, cual diestro piloto, el extraordinario prohombre de México.
DIARIO OFICIAL DEL GOBIERNO DEL ESTADO LIBRE Y SOBERANO DE YUCATÁN, 10 de febrero de 1906, pp. 1 -2.
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