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Sociedad y cultura
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Letras yucatecas
 

ROSA.

I
Rosa, la hechicera rosa
de aquel valle pintoresco;
la más alegre muchacha
de las muchachas del pueblo,
ha perdido los colores
de sus mejillas, tan frescos,
y palidecen sus labios,
que eran frutos de cerezo.
Y cada vez que se peina
el mazo de sus cabellos,
se cubre el escarpidor
con las hebras de su pelo.
Está triste, suspirosa,
Y, con los ojos abiertos,
las noches todas se pasa
sin los favores del sueño.
¡Pobre niña! ¡Pobre Rosa!
¿Qué le pasa? ¿Qué le han hecho?
¿Quién ha arrojado a su cáliz
esa gota de veneno?
¿Dónde está el imán extraño
de aquel hechicero cuerpo,
que era el asombro del aire
de sus donaires suspenso?
¿Por qué como antes no brillan,
ya de cerca, ya de lejos,
los luceros de sus ojos,
envidia de los luceros?
¿Qué será? ¿Lo sabe acaso?
¿Lo saben sus pensamientos?
¿Habló a solas con su alma
y ha descifrado el misterio?

Dice el cura que es que ansía
encerrarse en un convento,
y que su madre se niega
a complacer su deseo.
Que es amor chismea el vulgo,
el vulgo, que es siempre afecto
a decir lo que no sabe…
¡y que es tisis dice el médico!
Y ni el médico ni el cura
ni la gente saben de eso
que está matando a la niña…
¡y la mata sin remedio!

II
Se aloja en casa de Rosa,
y siempre de veraneo,
algunos meses del año,
un anciano caballero.
Sencillo, pulcro, elegante,
cortés, ilustrado, bueno,
que se llama Don Ramiro,
químico y pintor a un tiempo.
Parece ser muy dichoso
y le roba sin recelos
sus paisajes a los campos
y a la ciencia sus secretos.

Tiene en la casa de Rosa
anchuroso alojamiento
con un gran balcón al valle
donde corre un arroyuelo;
en donde pasta un rebaño
de ovejas y de carneros,
unos blancos como el lirio,
y otros, como el tizne, negros.
Donde se mira el jardín
y se contemplan a trechos,
las milpas y los trigales,
las montañas y los cerros.
En ese balcón el químico
hizo de Rosa un portento,
enseñándola del mundo
todo lo malo y lo bueno,
su verdad y sus mentiras
y lo honrado y lo perverso,
y sus creencias, sus dudas,
y lo grande y lo pequeño.
Le entregó la biblioteca,
las llaves de su museo,
y unas notables pinturas
del arte antiguo y moderno.

Rosa, durante la ausencia
o la no ausencia del dueño,
cuidaba todos los días
del artístico aposento
de Don Ramiro, y en él,
y a vueltas con el plumero,
quitando el polvo a los libros,
se desempolvó con ellos.
Allí nutrió sus ideas
con savia de los maestros,
pero mientras más leía,
sintió más y pensó menos
y abrió sus hojas ardientes
a la flor de sus sentimientos.
Sintió que sentía amar,
sintió en su ser y en sus nervios
algo invencible, algo hermoso, algo enteramente nuevo.
Estaba enferma, veía
un gallardo mozo en sueños,
bien portado, pulcro, limpio,
un Don Ramiro, no viejo,
sino joven, blanco, blanco,
como el marfil o moreno,
ya rubio y de ojos azules,
o negros y pelinegro.

Su ideal era sin forma,
¡era un hermoso boceto
que en el lienzo de su alma
manchaba el amor primero!
¡Alucinatoria imagen
que proyectada de adentro,
surgía ante sus miradas
para guardarla en su seno!
¿Y era amor? ¡No amaba a nadie;
No era amor, era un deseo
Doloroso, ardiente y puro
En un corazón desierto!

¡Ay! ¡Ni el sobrino del cura;
ni el sacristán; ni su nieto,
ni el hijo de la alcaldesa
ni el cuñado del barbero,
que la rondaban de día
y de noche sin sosiego,
llenar podrían, sin duda,
aquel delicado pecho!

¡Por eso la linda rosa
de aquel valle pintoresco,
la más alegre muchacha
de las muchachas del pueblo,
ha perdido los colores
de sus mejillas, tan frescos,
y palidecen sus labios
que eran frutos de cerezo!

III
Murió; ¡pero no de amor,
que la mató el no tenerlo,
como una flor que no tiene
ni luz, ni aire ni cielo!
La enterraron bajo el árbol
más triste del cementerio…
¡Qué nublado estuvo el día
de su muerte y de su entierro!

José Peón y Contreras

EL MUNDO ILUSTRADO, Año XIII, tomo I, núm. 7, 11 de febrero de 1906, p. 10.