Sociedad y cultura
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Letras Yucatecas

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  En Dzodzil
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Sociedad y cultura
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En Dzodzil
 

Siguiendo el ejemplo de mis compañeros; seré muy breve. Todos los literatos decimos esto cuando nos proponemos obligar a nuestras indefensas víctimas a soportar el sacrificio de oír una lucubración de sesenta horas de trabajo condensadas en una hora de lectura… ¡Qué más podemos hacer, qué menos! Ni más ni menos. De modo que preparaos a sufrir un poco; habéis gozado con el panal de shtaventun  con que los poetas os han regalado, habéis gozado con los exquisitos goces que este pequeño y selecto paraíso brinda a los ojos y al alma también, gracias a las encantadoras castellanas de Dzodzil, y es justo que un poco de fastidio y de pena pongan de relieve el valor de los placeres delicados que aquí se os ofrecen.
Cuando supe que debíamos leer aquí cuatro poetas yucatecos, yo desde luego pensé en prosa escribir en prosa. ¿Dónde coger tiempo, a pesar de la prodigiosa cantidad de tiempo petrificado en las maravillosas ruinas yucatecas, para fraguar esa obra del demonio que se llama una poesía? Mas el tiempo que allí existe es ¡ay! tiempo pasado; yo lo necesitaba presente.
Y luego me dije: “¿sobre qué escribir? ¿Qué leer aún cuando sea en prosa?” Mi primera contestación, la natural en todo literato viejo y ducho, fue ésta: “escribir sobre política.” Es lo primero que a un literato se le ocurre: la divisa de los literatos es ésta: mucha política y poca administración. Hagamos pues, literatura política: digámosle al Presidente: señor Presidente, habéis dado por fin un cordial abrazo a Yucatán, habéis sentido latir junto a vuestro corazón el corazón de un pueblo, gran corazón también, lo habéis hecho vuestro eternamente. Yucatán no os olvidará; cuando hayáis entrado al período de los monumentos y de las estatuas, cuando empecéis vuestra vida de mármol y de bronce, un bronce y un mármol conmemorarán de forma imperecedera: la gratitud de los yucatecos; esa no muere, yo sé bien que no muere. Y habéis venido aquí impávido ante muchos riesgos de que no habéis querido ni siquiera hablar, para terminar en una soberbia efusión de confianza vuestra y de entusiasmo nuestro, la obra de la unión indestructible de Yucatán y la Patria. El hijo de los que en horas aciagas creyeron necesaria la Patria Chica, os lo jura, habéis sellado la suprema reconquista de Yucatán por la patria grande, con sólo venir aquí, con sólo tender la mano. Nada, ningún interés ni material, ni económico, ni político, exigían esa unión, tenía que ser una unión del alma, imperecedera por tanto –hecha está, la habéis hecho. –Y para ser testigo de esta obra de fuerza espiritual, habéis traído a la que, en vuestra obra social, ha sido una incomparable colaboradora. A la energía de vuestra voluntad conjugada con una imperiosa exigencia del pueblo mexicano, debéis vuestro prestigio político; pero esa parte de luz y sonrisa que necesita todo prestigio en la sociedad, a ella lo debéis y Yucatán lo siente, y vuestra esposa se lleva tras de sí una gran canción de amor y bendición, suave y melancólica y profunda, como los versos del adiós de Peón Contreras traducidos en sollozos por la guitarra de Chan Cil.
La presencia de Carmelita ha hecho de vuestro saludo a Yucatán no sólo un abrazo, sino un beso… En los tiempos legendarios vino por aquí una emperatriz –infortunada señora, –muchos  la recuerdan. Hoy ha venido una de esas soberanas que las repúblicas y las democracias bendicen, de la con que la modestia, la bondad, en la inmaculada pureza de la vida, con el don divino de hacerse amar, se forjan su corona… Nadie la olvidará…
Pero no es conveniente un tema político para la velada de Dzodzil; la política entre las flores me recuerda un verso de Horacio que en este instante se me olvida [acaso porque lo ignoraba] que en sustancia dice que a veces brota el áspid del capullo de una flor. Si tuviese la temeridad de insistir para felicitar al dueño de esta casa o nido o ramillete, por la renovación de sus poderes para seguir haciendo el bien del Estado, que tanto le debe la oposición, me saldría al paso acaudillada por el más simpático, el más prestigioso e irresistible de los jefes, por Teresita Molina, la espiritual y linda muchacha que con la instintiva y egoísta cordura del cariño filial, quisiera disputar al bien público la devoción de su padre que su hogar necesita y de que su hogar vive.
Y veis, señores, en cuántas escabrosidades me estoy metiendo –Prefiramos un tema, o dos temas o tres históricos –Yucatán es el pueblo más histórico de América; es decir, que quiso ser más histórico. Por desgracia, ante la interrogación premiosa de nuestra ansiedad, los inmensos libros de piedra, que posee, llenos de palabra, de pensamientos, de creencia y de historia, permanecen mudos; allí está lo que sintieron y dijeron, no los constructores, pobres pueblos sometidos, sino los que idearon las construcciones, los próceres, los sacerdotes, los reyes, los déspotas, los que nos regalaron esas reliquias sublimes, preñadas de misterio y de arte, ¡benditos sean! Qué sorda desesperación ésa de dar vueltas y vueltas en torno de un enigma sin acertar a descifrarlo: resultan el templo, el sepulcro, el relieve una gran ironía exasperante… Pude, arrastrándome, ponerme furente a la cabeza esculpida en la cripta funeraria, al pie del templo del adivino en Uxmal: no hay nada más bello en todo cuanto los tiempos arcaicos en el Oriente, en Grecia, en la India nos han dejado. En la sonrisa arcana de aquella boca llena de dulzura sensual y de deseo de vivir y dar la vida; en los ojos egipcios que ven sin pupilas, que ven más, por ende, que ven más lejos, en la palpitación voluptuosa de la nariz fina argollada de oro, hay tanto deseo de decir, de revelar, de contar, de hacer las confidencias de un alma comprimida por la mano de piedra del rito, semejante a un ave estrujada por la garra de un chacmol, que el que está ante ella espera en silencio un vocablo, un sollozo, un beso…
Dejemos este tema; ni besos, ni sollozos, ni palabras… ¿Pero lo dejaremos de veras? ¿Pues qué Yucatán concluyó allí su historia, en la historia que se ignora? No, todavía vive el Yucatán colonial en muchas poblaciones de la península. Pero sobre todo, el Yucatán de ayer, el de la guerra de castas, la rebelión de los antiguos sometidos a los sacerdotes, itzáes o toltecas, acostumbrados, probablemente, a ahogar en sangre civilizaciones exóticas, la que trató de incendiar la península y no dejar en sus ciudades piedra sobre piedra y matar o convertir a sus pobladores blancos en esclavos, la que casi ejecutó su designio… ¿Y qué hacen los poetas yucatecos con esta epopeya, por qué no brota de sus labios el canto épico, el canto de la reconquista, de la angustia y del instinto y del valor? Ellos no la cantan; pero la cuentan las ruinas de ayer, que aún no retoñan al aliento nuevo, lanuela fuerza que ha hecho una vara mágica de la erecta penca del henequén; la cuentan las casas con las entrañas arrancadas por la zarpa de la invasión, los altares despojados, las torres privadas de sus lenguas de hierro, y mucho todavía chamuscado por la tea, y mucho todavía ensangrentado por el machete, y mucha flor yucateca es aún flor de los cementerios.
Afortunadamente, como promesa de que aquí nada ha de morir, nada puede morir por calles y caminos y vías, crece en todas partes con estupenda profusión la siempreviva, el emblema de lo inmortal.
No, éste es un tema triste –busquemos otro… Un amigo me decía en Lerma:
¿Está Ud. en oración frente al mar?
Estaba yo en oración frente al mar (aquí entraría bien una descripción: el sol como un huevo de oro resbalando de no sé que regazo azul en el mar; las nubecillas –no había nubes en ese ocaso –como los cisnes de la bahía, surcaban lentos el cielo aquel). Todo era recuerdo, todo dolor, todo cruel, deleite íntimo, era la resurrección de mi alma olvidada, de mi alma aleteando en el borde de la juventud, de la fuente que todos creemos perenne… ¿Y por qué no hace Ud. otra playera? me preguntó de súbito en el fondo de mi arrobamiento una limpia y pura voz de muchacha campechana. ¡Oh! no, contesté sobrecogido, resultaría un llanto, un lamento de agonía; tornarían a ser lágrimas las perlas que hallé en las olas.
La playera es la juventud. Adiós, juventud; los viejos nos entretenemos en decir este adiós todos los días; pero ese adiós no lo contesta nadie: la juventud está ya muy lejos…
Y por qué esos pesares, estas añoranzas tristes! ¡Qué más queremos los viejos que haber convertido nuestra juventud en la juventud de otros; que haberla dado, que haberla visto retoñar en otras almas de la nuestra formadas! Yo, que anhelo grande no he visto casi realizado, que le pedí a la vida que no me haya dado: un hogar que vive y da calor a otros hogares y, como dijo el cantor de Junin, una sonrisa de la Patria, ¿qué más puedo desear? He sabido amar, mi compañera y yo hemos encendido juntos una lámpara que arderá sobre nuestras tumbas juntas. ¿La Patria? He sido un humilde sacerdote de su religión.
¿Qué más puede querer un poeta?
Quiere rehacer la playera –quiere hacer la playera de la vejez. ¿Por qué no? Cuando aletea a los bordes de la muerte, se tienen clarividencias extrañas, amores no expresados, intuiciones inefables; la dulce niña no viene de la colina próxima; pero baja del alma para venir a la playa. Sí, rehagamos la Playera, la de la vejez…
Aquí está la lira, el mar apenas verde, casi negro, tramado de oro; la luna nacara levemente el cielo con su pálida aurora. La voz que hará vibrar la lira será toda mi alma, mi aliento entero… La inspiración, como dicen los retóricos, viene ya; la onda sube del corazón al labio, ¡onda amarga: ¿dulce? La onda llega al labio, la Playera ¿está aquí? Resuene la canción del mar… Hela… Oíd…

Justo Sierra.

EL MUNDO ILUSTRADO, Año XIII, tomo I, núm. 8, 18 de febrero de 1906, p. 10.