INSTANTÁNEAS DEL CAMINO.
Camino de Mérida.
En el corazón mismo de la vecina península de Yucatán se levanta, luminosa y alegre, la bella ciudad de Mérida, con sus amplias casas conventuales, sus originales coches calesas y sus curiosas mestizas descalzas y mal cubiertas por el fino y sensual hipil.
Antiguas leyendas dicen que Mérida fue una ciudad infecta, en que el ambiente estaba poblado de microbios. Así será –como dicen los mayas – o mejor dicho, así habrá sido; pero hoy juro al lector que Mérida es una tacita de plata, limpia y reluciente, con todas sus calles admirablemente asfaltadas y con un servicio de higiene pública de que carece -¿por qué no decirlo? –nuestra Habana, a pesar de los pesares…
Antes de llegar a Mérida es fuerza que el viajero pase por la simpática ciudad de Progreso, lugar, más que puerto, obligado para el desembarco, porque de puerto no tiene más que el nombre. Si el viajero es cubano tendrá la suerte de encontrar allí a su cónsul, el distinguido caballero Joaquín Alsina, cancerbero, al pié del muelle, para recibir y agasajar al compatriota que arriba. Cuando Progreso tenga las calles arregladas será un lugar muy atrayente, aunque ya lo es bastante. A mí me hizo el efecto de un inmenso jardín en el que no faltan más que las fuentes con caídas de agua… El faro de Progreso es uno de los orgullos legítimos de la ciudad, a pesar de que tiene un buen observatorio astronómico y magnífica casa –escuela construida bajo las inspiraciones de modelos alemanes, con lo cual demuestra Progreso que no va a la cola del progreso.
Poco más de media hora de ferrocarril, a través de un valle extensísimo poblado de monótonos plantíos de henequén, se emplean en llegar a Mérida. La locomotora lanza un quejido prolongado y se introduce en la ciudad, inundándola de humo; el tren se retuerce y para en la estación. Allí me entero que la estación lleva un nombre progresista: La Mejorada, y que pertenece a la importante compañía de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán.
Alto honor
Cuando, pobre mortal, caballero sobre mi endeble junquillo, me escurría por la puerta de la estación, erguido sobre los tacones de mis borceguíes y poniendo cara de buenos amigos para parecer bien a los meridanos, supe que me esperaba una comisión en el andén.
Con noticias del gobernador del Estado, señor Molina, que yo llegaba con la representación de El Fígaro, había dado el encargo de que me recibieran algunos miembros de la Comisión de Festejos: sorpresa tan agradable tuvo digno complemento cuando los caballerosos comisionados me comunicaron el alto honor que se me dispensaba considerándoseme como “huésped de la ciudad”. Abrumado por una distinción tan alta la acepté no por lo que tenía de satisfacción de mi personal vanidad, sino porque con ella veía enaltecida la dignidad de la prensa. En aquellos momentos era un periodista el honrado y el modesto adalid de la letra de molde que se esconde dentro de mi oscura personalidad, saltaba de gozo, agradecido y emocionado, al ver así enaltecido el ministerio profesional. Ese acto de espontánea hospitalidad me obliga al más vivo reconocimiento y devoción hacia el noble pueblo yucateco, hermano del de Cuba por su genio caballeresco, por su amor acendrado al patrio suelo, por su romántico soñar en el más allá…
Con el Gobernador
Quien llega a extranjera ciudad con tan buen pié, natural era que, después de brevísimo ojeo por las calles y plazas, se tendiera a pierna suelta en busca de reposo, sin preocuparse de otra cosa que de dormir. En gran consorcio con Morfeo pasé la noche entera y cuando abrí los ojos ante una mañana brillante y fresca, pensé que mi primera visita debía ser para el más alto funcionario del Estado, el hombre singular que ha convertido a Mérida en un emporio de civilización.
Poco antes de las diez, entraba yo, acompañado del distinguido señor Luis Carranza, en una amplia casa de un solo piso, de sencillo aspecto, alhajada con modestia, casi pobremente. Allí podía vivir un juez de paz y sin embargo, aquella era la casa despacho del señor Gobernador. El palacio del Ejecutivo estaba en obras de reparación y el Gobernador, siguiendo la sabia inspiración de Cervantes, buscó una casa de Gobierno y no un Gobierno para una casa.
Un militar de blanco uniforme galonado de oro hacía de ujier. Carranza le dio mi nombre y el suyo, y nos sentamos en sendas mecedoras de Viena colocadas en desorden en la amplia galería. Esperamos. De tarde en tarde, la fina campana de un timbre seco anunciaba el término de una entrevista. Nos llegó el turno. El militar nos avisó con una sonrisa y Carranza y yo penetramos al mismo tiempo en el despacho del señor Gobernador. Yo incliné la cabeza, mientras Carranza hacía la presentación; el señor Molina me extendió su mano y los tres nos sentamos. Yo hablé poco; lo suficiente para hacerlo hablar a él.
Cómo es el hombre.

Don Olegario Molina es un hombre de edad madura, a quien el bregar de los años ha puesto mucha nieve en el cabello y en los bigotes. Tiene aspecto de militar retirado, aunque creo que nunca lo ha sido. No es alto, pero su estatura, sin ser erguida ni gallarda, es proporcionada y majestuosa. Cuando mira con el único ojo que una cruel dolencia le permite, parece que clava con la mirada una hoja de acero: el color claro de su brillante pupila contribuye a dar más exactitud al símil. Es, sin embargo, suave, apacible, de habla dulce, ceremonioso y reposado. Cuando la conversación recae sobre sus grandes méritos como gobernante, esquiva con gran habilidad el elogio, rechaza con cautela la lisonja, ripostando siempre con frase fina y oportuna, mientras sus rosadas mejillas se encienden con una fugaz llamarada, satisfecho ó ruboroso. Hay en su fisonomía líneas duras que revelan firmeza de carácter y en sus palabras se adivina al hombre que hace lo que dice y que dice lo que hace. Los aficionados a la quiromancia encontrarán en sus manos pequeñas, según Mme. de Thebes, energía y pasión y en sus dedos sin punta ternura y ambición de gloria. Tal es el hombre como yo lo vi.
Antecedentes
No es Molina, desde luego, un hombre vulgar. Su posición política y social no ha sido improvisada. Nacido de familia acomodada, le sorprendió la guerra contra el fugaz imperio de Maximiliano cuando no había concluido la carrera de abogado, que cursaba a la sazón. Abandonó, impetuoso, las aulas y se alistó bajo las órdenes del general Cepeda Peraza, peleando con denuedo por la libertad y la democracia. Concluida la campaña, regresó a Mérida y después de licenciarse en Derecho fue designado para la dirección del Instituto Literario que acababa de crearse. Desde entonces, su gran talento y fecundas iniciativas tuvieron marco digno en donde desarrollarse, pues fue electo dos veces miembro del Consejo Federal, magistrado de la Corte Suprema y secretario del gobierno del Estado con el general Mariscal. Hace cuatro años lo eligieron unánimemente para el cargo de Gobernador y en estos días acaba de ser reelecto por otros cuatro años.
Observaciones confirmadas
Durante mi estancia en la joya meridana confirmé algunas de mis observaciones. Cuando hace cuatro años subió don Olegario al alto sitial del gobierno, Mérida era una ciudad inmunda. Los servicios públicos estaban abandonados; imperaba la desorganización administrativa. En todo puso mano firme, quizás mano dura en alguna parte. Disciplinada la marcha de la administración, concibió el magno proyecto de sanear la ciudad, construir el alcantarillado, pavimentar las calles, levantar casas –escuela, construir edificios modernos para hospital, para casa de locos, para cárcel. En una ciudad en donde nada de eso existía, era casi una locura pensar que realizarlo fuera cosa fácil y mucho menos breve. Cada una de las obras proyectadas era, en rigor, la obra de una generación; pero cuando se tienen las energías del señor Molina todo puede hacerse.

Los presupuestos locales del Estado se liquidaban con déficit y no había que pensar en aumentar los ingresos para acometer las magnas obras sin una contribución extraordinaria. Como hombre práctico, el señor Molina, pensó primero en que los hombres ricos, los que se han hecho poderosos con las cosechas del henequén, aportaran en forma de donativo las sumas necesarias: al efecto, inició una suscripción nacional con cincuenta mil pesos en efectivo más el importe de sus sueldos de Gobernador durante el cuatrienio, unos ciento cincuenta mil pesos en total. La idea era buena. El ejemplo no podía ser más eficaz y generoso; pero no todas las ideas buenas germinan rápidamente y esta ocasión los frutos se tardaban. Fue necesario hacer obligatorio lo que se trataba de que fuera más ó menos espontáneo. El donativo se convirtió en impuesto oneroso. La ley dio sanción a la idea. Veinte y cinco centavos por arroba de henequén han dado diez millones de pesos en cuatro años y lo que eran proyectos casi irrealizables hoy son realidad viviente. La antigua ciudad sucia, se ha convertido en una bella y encantadora villa moderna; los verdes lagunatos y montañas de lodo inaccesibles que existían en sus calles, hoy se han transformado en amplias vías asfaltadas. Mérida será, de hoy en adelante, un lugar visitado con gusto por el turista; los capitales afluirán a la graciosa ciudad yucateca; nuevas industrias buscarán el calor de las riquezas que el henequén ha puesto allí a manos llenas, y el pasado un tanto sombrío de Mérida se convertirá en un porvenir color de rosa.

Todo eso tendrá que agradecer Mérida a su ilustre gobernador señor Molina. Cuando, en el transcurso del tiempo, los meridanos puedan apreciar prácticamente la utilidad de las mejoras que hoy celebran regocijados, el nombre de Molina surgirá en el recuerdo de todos como el de un insigne benefactor. Entonces será la oportunidad de rendirle el homenaje que merece el hombre probo, el ciudadano digno, el gobernante enérgico que supo levantarse sobre el nivel de sus contemporáneos.
Mercados
A lo largo de la calle 65 desde la estación del ferrocarril que conduce a Peto, hasta más allá de la calle sesenta, se ofrece a los ojos un espectáculo interesante y pintoresco, completamente nuevo para el extranjero. Ese pedazo de vía se convierte en mercado al aire libre: indios y mestizos de ambos sexos hacen sus transacciones sobre la acera, algunos sobre la calle misma, otros en pequeños ventorrillos ó kioscos rústicos. Granos y frutos de todas clases apilados sin orden incitan la vista del transeúnte y alrededor de cada puesto se agrupan los compradores. Nadie parece tener prisa. Las ventas se hacen muy despacio y casi en silencio: a pesar de reunirse algunos centenares de indios y mestizos en aquellos lugares no se oye una palabra más alta que otra. Verdad es que para mí lo mismo hubiera sido que gritaran. No entendería ni una palabra. Los indios hablan el idioma nativo, el maya, tan gutural y áspero como el chino o el manchú.
Desde el balcón de mi hotel he pasado algunas horas contemplando la mancha blanca que forma aquella muchedumbre. Los hombres van vestidos de blanco, descalzos unos, otros con los pies metidos en una especie de sandalia amarrada con gracia entre los dedos índice y pulgar, el pantalón ceñido hasta la rodilla y en forma de campana los bajos. Las mujeres llevan también los pies descalzos, la carne cobriza del pecho al descubierto y encima del ligero jupón y del refajo el clásico hipil, especie de túnica completamente lisa con bordados chillones en los extremos. Todas llevan colgado del cuello una especie de rosario o collar casi siempre de oro, algunos de gran valor. Ese es lujo de las indias. Todo lo que ganan lo emplean en agregar medallas o monedas de oro a su amado collar. Con los indios y mestizos comparten el bajo comercio de Mérida muchos turcos. Mezclados unos y otros dan al mercado un aspecto exótico, algo de esas ferias policromas de Oriente tan bien pintadas por Loti.
Villa –Beatriz
Al norte de la ciudad tienen los meridanos una amplia avenida, en fomento, que será muy pronto un paseo encantador del corte de los Campos Elíseos parisinos. Tal es el Paseo Montejo.
A un lado y otro de la vía se levantarán muy en breve las mansiones de las personas acomodadas de Mérida, pues ningún otro lugar, incluso Itzimná –que es otro de los puntos elegantes de la ciudad –reúne condiciones de aireación y amplitud. Ya han dado el ejemplo los señores Peón y Casares y Alfredo Medina y otros, que han levantado allí airosos chateaux, verdaderos palacios en donde hay mucho de buen gusto artístico que admirar. El general Cantón construye en la actualidad, también un gran edificio que por lo que hay ya hecho, se adivina que va a ser una regia mansión.
En el “Paseo Montejo” se encuentra la bellísima residencia de uno de los cubanos más prominentes de Mérida: Aurelio Portuondo. Casado con la encantadora dama señora Josefa Regil, han hecho los dos su nido en aquella pintoresca vía, nido delicioso que han bautizado con un nombre que es símbolo de grandes y profundos amores: Beatriz. Felices y envidiados viven en “Villa –Beatriz” sus distinguidos dueños, rodeados de todos los encantos de la vida moderna, con un confort y refinamiento que apenas si adivina el paseante melancólico e indiferente. Avaros de su felicidad la ocultan a ojos profanos y sólo en ciertas ocasiones abren las puertas de su castillo para que en él penetre el visitante.
Tuve el honor de ser motivo de una de esas felices oportunidades. Alrededor de su elegante mesa reunieron los esposos Portuondo –Regil a un grupo de parientes y amigos predilectos que habían de compartir conmigo el trato amenísimo y culto de los anfitriones. En “Villa –Beatriz” todo es espléndido: el lujoso mobiliario de la sala, estilo Luis XVI, llama la atención por su sencillez y elegancia; el comedor es severo, pintado con toques oscuros y alhajado con muebles de gran valor. En la disposición de la mesa y el servicio exquisito de los manjares se veía la mano experta de la señora Portuondo. ¡Noche inolvidable! El trato sencillo de los comensales hizo pronta la familiaridad y aquellos amigos de una noche me parecieron amigos de toda la vida. ¡Qué graciosa la charla alegre de la señora Cristina Méndez de Regil! ¡Qué distinción la de la señora Josefa Regil de Portuondo! ¡Qué amable la señora Carlonia Baker de Regil! Además de estas apreciables señoras asistieron a la comida el Cónsul de Cuba señor Mario L. de Mola, y los señores Agustín Márquez, Juan B. de Arrigunaga, Alfonso y Rafael REgil, el dueño de la casa, señor Aurelio Portuondo y el que esto escribe.
Las atenciones recibidas hicieron que las horas pasadas en “Villa Beatriz” fueron de las más gratas de mi estancia en Mérida.
La prensa
¡Qué amables, qué modestos y qué inteligentes los periodistas meridanos! Yo los he visto durante las fiestas presidenciales, en aquellos días de prueba para el periodismo de información, moverse de un lado a otro, con gran actividad, para dar al público, a las pocas horas de haber sucedido, detalles completos de todas las ceremonias y solemnidades, admirablemente descritas y sazonadas con sagaces observaciones.
Hay en Mérida tres grandes diarios: La Revista de Mérida, que dirige el batallador periodista licenciado Delio Moreno Cantón, que es también el presidente de la “Asociación de la Prensa” meridana; El Eco del Comercio, de que es redactor en jefe el señor J. Gonzalo Pren y Fortuny; y El Peninsular, que pertenece a una sociedad en comandita que lleva el nombre de Alfredo Cámara Vales y de que es secretario de redacción el joven abogado licenciado Eduardo García L. Además, dirigida por el señor Alfonso E. López, existe una interesante revista ilustrada, La Crónica Yucateca, cuyos excelentes trabajos gráficos pudieron apreciarse en los números especiales que publicó con motivo de las fiestas presidenciales.
No supe de más periódicos que los citados. Al pasar por cierta calle vi una plancha que decía Mérida festivo, que es, sin duda, el título de otro periódico: pero no me fue dable conocer ningún ejemplar de él, si es que existe.
Los cubanos
Son muchos y muy prestigiosos, en Mérida, los cubanos. Tiene fama de ser la colonia más unida y mejor conceptuada. A su cabeza figura el que ostenta allí la representación consular de la patria, el distinguido caballero Mario Loret de Mola, que conserva el fuego sagrado del patriotismo, a pesar de veinte y tres años de ausencia. Durante la época de prueba para Cuba, el señor Loret de Mola trabajó, desde Mérida, con gran entusiasmo por la causa de las libertades patrias, fundando con otros cubanos allí residentes, los periódicos La Bandera Cubana y La Estrella Solitaria, para combatir la tiranía.

Con Luis Fortín constituyó el club de propaganda “Salvador Cisneros”; y más tarde, los que llevaron los nombres de “Yucatán y Cuba” y “Compañeros del doctor Zayas”, en donde puso siempre su patriotismo y desinterés.
Hoy está radicado en Mérida, casado con una hija de aquel bello país, de cuyo matrimonio tiene tres encantadoras señoritas y un niño pequeño. El señor Loret de Mola posee una acreditada imprenta en la calle 60, próxima a la plaza de recreo. Allí van todos los domingos los cubanos de Mérida a refrescar el recuerdo de la patria ausente. Nada más confortable para el espíritu que esa fiesta de amigos renovada todos los domingos: flotan en el ambiente brisas de Cuba y todos los corazones palpitan al unísono por la prosperidad y bienestar de la República. Tuve el honor de compartir con ellos una de esas sencillas reuniones y de aquel trato fugaz, aunque hondo, saqué la consoladora satisfacción de que desde allí siguen sirviendo y amando a la patria. ¡Ninguna manera mejor de honrar a Cuba que haciéndose digno de estimación y respeto en el extranjero!
Bien es verdad que en tierra yucateca ningún cubano se siente extranjero. Los cubanos allí residentes han entrado en aquella sociedad como hermanos; participan de sus regocijos, les afectan sus tristezas, con sus mujeres se casan allí levantan su hogar y allí fecundan la tierra con su labor y sus esfuerzos.
Por eso, en Mérida, el cubano que va de paso, se siente orgulloso de serlo más que en ninguna otra parte. Allí se encuentra al distinguido Agustín Márquez, director de la Sucursal del Banco Nacional, inteligencia financiera de primer orden, estimadísimo del comercio de Mérida; Aurelio Portuondo, personalidad prestigiosa de aquella alta sociedad, rico hacendado y hoy copropietario del precioso teatro en construcción; Luis S. Carranza, hijo político del gobernador señor Molina, infatigable para el trabajo, regidor del Ayuntamiento, ex –consejero del Banco Yucateco, que acaba de prestar servicios eminentes en los recientes trabajos de obras públicas de la ciudad; José Tomás Castellá, gran talento comercial, apoderado de uno de los Departamentos de la opulenta casa de Escalante y Compañía; Fernando Urzais, hijo del inolvidable periodista de su propio nombre y apellido, y director del Banco Yucateco: es un joven meritísimo, cuya exaltación al puesto elevado que hoy ocupa la debe a su constancia é inteligencia; Arturo Betancourt Mandulev, empleado de confianza de la ya citada casa de Escalante; Juan B. Arrigunaga, introductor de la industria de pastas alimenticias y actualmente propietario de una gran empresa de carruajes públicos; Alberto Le –Doux, Jaime Tió, José Caballero, Ricardo y Julio Loret de Mola, J. Masagué, Eduardo Solá, Charles L. de Mola, Rodolfo Menéndez, Joaquín San Jenís, Ismael González, Joaquín Dueñas, Eduardo Urzáis, Joaquín María Quintana, Manuel Barreal y tantos otros, todos dignos, todos con situación económica independiente.
EL FÍGARO, Revista universal ilustrada, año XXII, núm. 8, Habana, 25 de febrero de 1906, pp. 88 -95. |