|
Si vieran ustedes qué cambiada está Clotilde desde que se fijaron los carteles que proclaman la candidatura de Don Enrique Muñoz, ¡se espantan…! Hasta hace ocho días Don Delio y Don Alfonso eran sus tipos y no buscaba qué hacer con ellos.
Al primero le acababa de bordar una camiseta de puro lino para que estrenara el día de las elecciones y al segundo una sábana preciosísima, pero desde que supo lo de los carteles, se echó atrás y me dijo:
–Ahí tienes esa camiseta, póntela, ya no se la regalo a Delio…
–Pero, Clotilde no seas sinvergüenza, esa ha sido tu intención y debes regalársela.
– ¡Cuándo, hijo, cuándo! No soy tan tonta como te figuras ¿No ves que ya no sale de gobernador? Se va a burlar de mí, ¡imposible! Lo mismo que la sábana: puedes dormir esta noche con ella.
–Pero, desgraciada mujer, ¡cómo crees que me coja el sueño con una sábana que tenga iniciales de otra persona! ¿Estás loca?
–Pues ve qué haces con esa ropa, porque lo que es yo ¡ni verla quiero! Y mañana mismo me traes un corte de filipina para que yo le haga una a Don Enrique.
–Oye, Clotilde, ¿te figuras que yo trabajo para que le hagas ropa a todos los candidatos? ¡Buen Negocio! Además, Don Enrique no usa filipinas, es un disparate eso que vas a hacer.
–¿Qué no las usa? Las usará cuando menos entre casa. Y se debe dar por muy bien servido que estas manos le cosan una filipina ¡atios!
–Pues que te compre el corte tu señora madre, porque yo no tengo dinero. Mañana, cambias de parecer y se te mete en la cabeza regalarle un flus de casimir a Enrique Hübbe… ¡Cuatrocientos pesos! No señor, además ¿qué va a decir la gente? No iba a faltar quien se figurara algo malo de ti… Los hombres son muy habladores.
–Y ¿qué te importa?
–¡Cómo qué me importa! ¡Ajá! ¡Bonito negocio! Que me vean con mi cara de pavo ¿No? Pues no señor, basta de política. Ya veo que tienes muy mal ojo, nunca atinas.
Y es la verdad. Clotilde es la mujer más voluble políticamente hablando. Hoy le gusta un candidato, mañana otro y otro más tarde, pero como no se apasiona por ninguno, tiene la ventaja de que los cambios no la perturban lo más mínimo. Así deberían ser todos los hombres y dejarse de odios y rencores ridículos en estos tiempos. Además de ser muy cómoda esa manera de obrar, es higiénica porque los nervios no sufren gran cosa en detrimento de la salud.
Las anteriores reflexiones estaba haciéndome antes de acostarme, cuando se me acordó la ropa desechada. Me puse la camiseta de D. Delio. ¡Preciosa! Amarré mi hamaca y me envolví con la flamante sábana de D. Alfonso.
Estaba yo delicioso.
Sin embargo no podía conciliar el sueño, porque la política bullía en mi cerebro con atormentadora persistencia. Y pensaba en el ridículo en que estaba puesto, gracias a las tonterías de Clotilde.
Sólo me faltaba ponerme un calzoncillo del Sr. Obispo para completar la obra.
SOLÍS
La Campana. Bisemanario Independiente de Información General, 15 de agosto de 1909, pp. 1, 3.
|