Sociedad y cultura
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Sociedad y cultura
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Caballadas
 

La fiesta de Santiago, con todo y haber perdido mucho de su tradicional encanto con las obras del progreso hechas en la plaza, como el adoquinado, los jardines y la luz eléctrica, todavía ofrece motivos para no pocos goces.
La otra noche, un afortunado padre de familia andaba loco con una tajada de sandía en la mano derecha y un envoltorio de náncenes en la izquierda, buscando a un hijo suyo que se le había perdido.
–Oiga Ud., Solís, me dijo de sopetón, ¿no habrá U. visto por casualidad a Rufinito? Lo dejé aquí mientras compraba dos elotes para la madre,  cuando de repente viro a ver y ¡que Dios dé! ¿Sabe Ud. como está? Tiene una batita de bordados que le regaló mi hermana Prudenciana y un sombrerito azul nuevo. Lleva, además, en la mano una toronja agridulce de real y medio. Si me lo ve, Ud. hágame el favor de agarrármelo hasta que yo regrese, o me va a buscar junto a los caballitos de Nicolás Díaz.
–Sí, señor…
Y el atribulado padre de Rufinito desapareció entre la multitud, como un loco, atropellando a todos y dando mordiscos a su tajada de sandía, de cuando en cuando.
A poco rato me lo volví a encontrar sudando como un banderillero malo.
– ¿Que tal?, me pregunta ¿no lo ha visto Ud.?
–La verdad… que…
 –Está de batita de bordados que le regaló mi hermana… ¿Dónde diablos estará este muchacho? Lo que siento es el discurso que le voy a dar a Tulita, cuando me presente en casa sin Rufinito. ¡Y ella que es tan poquita! Va Ud. a ver que va a pasar. Capaz de volverse loca. Y para darme más mal, los náncenes que le llevaba, porque le gusta mucho los náncenes, se me desparramaron junto a la lotería…
 – Cómprele Ud. otros…
 –… Si lo peor es que ya se me gastó el dinero… ¿sabe Ud. cuanto traje? Como tres pesos y medio y varios quintos; pues no me quedaba más que para el carrito, diez centavos, porque a Rufinito lo llevo sobre las rodillas…
 –Y ahora que ya se perdió el muchacho…
 –Es verdad, permítame usted, voy a hacer la última diligencia.
Y salió como destapado el pobre marido de Tulita.
Por supuesto que no dejaba de enternecerme la triste situación de un padre que pierde a un ser, el más querido de su corazón, y ganas [me] dio de recoger a cuanto chiquillo veía pasar; pero desde mi intención, porque los chicos de hoy son groserísimos. A uno que encontré vestido de batita con bordados y sombrero azul, como trajeaba Rufinito, le dije:
 –Ven acá, papá, ¿tú eres Rufinito?
–Tu mamá –me contestó el groserísimo mentecato, y echó a correr.
Otro a quien le hice la misma pregunta me dijo:
 – ¡Volteo!
Y así por el estilo. De modo que creí lo más prudente dejar que el padre de Rufino buscase a éste hasta la consumación de los siglos o no lo buscase. ¡Bonito papel iba yo a hacer en Santiago!
En un puesto de frutas, una señora peleaba con la vendedora.
–Pero mujer –decía la señora –ya te di el decimal, no seas terca…
 –No, señora, no me lo ha dado Ud.
– ¿Cómo que no? ¿Crees que soy ladrona? Ya te lo di, ¡¡es un decimal de diez!! Registra tu dinero y verás.
–Pues no me lo ha dado Ud. y ¡no se lleva las guayabas!
–Ya te lo di, mujer, y entonces ¿dónde lo tengo? Es un decimal que me dieron del vuelto de las toronjas, ¿atios?
– ¡Pues no me lo ha dado Ud.! Lo que sucede que á ustedes les gusta contrapuntear de todo. Se lo voy a decir al policía.
Vino el gendarme, tomó cartas en el asunto, hubo su molote de gente, y resultó que el decimal, estaba sobre la mesa y ¡debajo de una cajera…!
A poco rato me volví a encontrar con el padre de Rufino, que muy tranquilo se paseaba comiendo ciruelas sancochadas.
– Ni sabe usted –me dijo –me acabo de acordar; ¡pues que no traje a Rufinito! Lo que sucedió es que la madre lo vistió para venir, pero ya lo iba yo a traer, ¡cuando Tulita vio que estaba nublado…!
–Pues, hombre, me alegro mucho, pero por usted me han insultado dos rapaces. Y le conté lo que pasó y el buen hombre se rió en mis barbas.
¡Para que yo no sea bruto!
SOLIS

LA CAMPANA. Bisemanario Independiente de Información General, 4 de agosto de 1909, pp. 1, 3.

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Caballadas

Ya se ha hecho casi imposible la vida en esta capital a causa de la política. Los poetas ya no publican los productos de su lira en las ediciones dominicales de los periódicos con grave perjuicio de nuestro adelantamiento artístico, porque no tienen tiempo de hacer versos y aunque los hicieran, no habría quien los leyera, dados como están todos los ciudadanos a la noble tarea de hacer política; las señoras no atienden como es debido a sus esposos por la misma razón, y hasta los niños saben qué es eso de la reelección y la no reelección.
El domingo pasado Don Delio Moreno Cantón, el Ferrel yucateco, llenó todo el domingo con su candidatura y no hubo hijo de Dios que no hablara del asunto ya en pro o en contra, al grado de que no se podía estar ni en la calle, sin oír algo alusivo a política. De las barberías no hablemos. Aquello debió ser una merienda de negros ya que, como sabemos, los barberos poseen el don de saberlo todo y pueden por lo tanto opinar acerca de todo y ser de todo, reeleccionistas o antirreeleccionistas según sea la barba que estén afeitando. 
–Don Baldomero – me preguntaba una señora -  usted ¿qué es?
–Le voy a decir a usted: ¿Me está viendo tan grande y con esta ropa que llevo? Pues hay momentos en que yo no yo se qué soy. En este instante, por ejemplo, soy el criado de mi casa, porque voy a comprar media botella de leche para Nabucodonosorsito que está en un vivo grito, porque su madre se fue atrás del Centro Electoral a gustar la bulla; pero creo que cuando regrese a casa voy a ser un antropófago…. ¡Me la voy a comer viva o muerta!
–No se pierda usted tenga un poco de calma. La política distrae mucho a las señoras que están criando y es bueno que la suya se procure algunas distracciones. Me dicen que usted le da muy mala vida a la infeliz. ¿Por qué serán ustedes así? Cuando se casan, puro te quiero, pero después, ¡para embromarlos!
–Señora…
–No  se ofenda usted: también á mi me pegaba Valladares, hasta un poco antes que se ahorcara el pobre. ¿Y qué le va uno a hacer? Cada cual tiene sus defectos. Bueno; pero, por fin, no me ha dicho usted de qué partido es usted. Tiene usted cara de ser muy anti. Esos ojos, ese bigote, esa manera de andar…
–Pues no lo crea usted; desde el primer cuatrienio de Don Olegario tengo los ojos así, a consecuencia de haberme dado tos ferina ya grande. Pues, si señora, no soy releeccionista ni anti ni nada. 
– ¡Imposible! Tiene usted qué ser algo. Todas las noches le veo a usted pasar, como a las once, muy preocupado fumando su cigarro de holoch y pensando en quién sabe cuántas cosas. Ayer precisamente iba usted tan distraído que por poco pisa usted un perro que estaba durmiendo.
–Pues,  señora, no lo crea usted, no soy nada; a mi no me gusta ni Don Delio, ni Don Enrique, ni Curiel ni D. Carlos Peón, porque estoy convencido de que en el poder todos son gobernadores y a mi no me gusta que nadie me gobierne. ¡Soy salvaje por naturaleza!
–Pues está usted grave; no es usted buen ciudadano.
–Y ¿de qué me serviría ser buen ciudadano si nadie me hace caso? Oiga usted, el otro día estaba desesperado buscando un policía para un remedio y no lo encontré. ¡Figúrese que Nabucodonosorsito se retentó como a las diez de la noche….!
– ¿Cómo?
–Sí señor; el niño se pone a gritar, a gritar como un condenado, cuando le da la gana y sólo se le pasa cuando ve a algún policía. Pero esa noche no encontré a ninguno a mano y ¿qué cree usted que hice? Tuve que prestarle su hijo a Doña Jacoba; un chico que es alumno de ejercicios militares y cerca de las dos de la mañana pude conseguir que se callara Nabucodonosor.
–Vaya.
Y así por el estilo; todo el mundo se cree con derecho a pedirle a uno su opinión sobre tal o cual candidato. Quieren que uno les diga cómo se van a poner las elecciones y no dejan vida a nadie con sus inquisiciones políticas.
La otra noche una vecina mía dio a luz sin gran trabajo, aunque con las consiguientes molestias al vecindario; (gritos, olor de alhucema, préstamo de cafetera etc.) y como yo me acercara al marido que muy triste se hallaba sentado a la puerta de su casa, y le preguntara qué había nacido, ¿Saben ustedes que me contestó:
 – ¡Un anti, Don Baldomero, un anti muy hermoso, con toda felicidad!

SOLIS.
 
LA CAMPANA. Bisemanario Independiente de Información General, 22 de septiembre de 1909; pp. 1-2.