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EL KUB –POOL. (costumbres mayas).
ARTÍCULO I.
A ocho kilómetros al Oeste de esta Ciudad, sobre la antigua carretera de Izamal para Mérida, tiene su asiento un pequeño pueblo de indios llamado Citilcum.
Es una población que aún conserva muchas de las primitivas costumbres mayas, por más que el espíritu del siglo pugna por borrarlas, sustituyéndolas con las actuales costumbres modernas de civilización.
Como hemos dicho ya, esa población indígena es celosa en conservar las costumbres y tendencias de sus mayores y aún los que han logrado aprender a leer y a escribir obligados por la acción de la ley, no han querido salir de las antiguas costumbres en todo lo que toca a la vida doméstica.
Conservan el tipo de su raza, porque evitan lo posible el cruzamiento con la raza blanca.
Visten de telas de manta de algodón, confeccionados los trajes al uso de sus abuelos; se alimentan de tortas de maíz y legumbres; no hablan el español por más que lo hubiesen aprendido en la Escuela, y sus fiestas y diversiones son análogas a las de sus mayores.
Acaba de efectuarse en Citilcum una fiesta a la que tuvimos el gusto y ocasión de concurrir, y pudimos presenciar la práctica de la antigua fiesta maya, aunque algo degenerada, porque se mezclan en ella costumbres de la actual época.
Ya no es la pitarrilla (balché) la bebida usual sino el aguardiente de caña; el tunkul, el sacatán y el hub no es la música usual, sino la alegre orquesta de Hoctún, con sus alegres zapateos y sus entusiastas danzones; no es el sacrificio humano el que se ofrece al dios de piedra, sino la práctica del catolicismo con sus salmodias, su procesión y sus sermones.
La fiesta se dedicó al Padre Eterno y el último día que fue el 19 de este mes de Marzo, fue el gran día de los recuerdos y de las prácticas mayas.
(Sigue en la página 2.)
(Viene de la página 1.)
En la mañana, el sacerdote católico cumplió sus deberes en el templo aplicando la misa, predicando y celebrando la procesión en el interior del edificio en obedecimiento a la ley; después el pueblo se retiró de la iglesia que cerró sus puertas, y entonces aquel pueblo ávido de fiesta se trasladó en masa a casa del patrón o cabeza de la fiesta.
Por supuesto, nosotros confundidos con aquella muchedumbre, fuimos también a casa del patrón.
Llegamos frente a la casa que es de madera y palmas, estilo primitivo, había una extensa enramada decorada de bancos de madera y bajo la cual se disfrutaba de un aire fresco y delicioso.
El patrón esperaba a la concurrencia en pié, grave y ceremonioso; recibía a todos con afectuoso cariño y al presentarnos varios amigos que fuimos a la fiesta, nos recibió con agasajo y muestras de respeto, instalándonos en lugar preferente y mandando traer sillas para sentarnos, pues no permitió que ocupáramos los bancos de madera.
La orquesta dejó oir una preciosa jarana (baile de zapateo) y la concurrencia prorrumpió en gritos de alegría.
(Sigue en la 4ª plana.)
(Viene de la página segunda.)
Una masa de ambos sexos llenaba el local, y el baile se estableció previa orden del patrón.
Entonces una comisión se dedicó a repartir aguardiente que todos bebían con delicia; a nosotros, como una distinción especial, el patrón mandó se nos sirviera cerveza, pero con tal empeño y agasajo, que nos dejó contentos y agradecidos.
El patrón nos invitó a pasear la casa, nos hizo salir hacia el patio y nuestra sorpresa fue agradabilísima.
Bajo una amplia enramada, había un grupo de veinte y cinco o treinta mujeres jóvenes indias, moliendo y preparando masa de maíz que después pasaba a otra sección análoga que sentadas junto a grandes fogones, sobre unas banquetas elaboraban tortillas y las cocían en comales de hierro; más allá, otro grupo que confeccionaba grandes tamales y enormes ollas de relleno, para el cual se habían sacrificado considerable número de gallinas, pavos y cerdos.
Estos tamales y ollas se entregaban a otro grupo de indios que con toda diligencia los llevaban a cocer en hornos improvisados (pib) consistentes en anchos y largos canales abiertos a flor de tierra y calentados con enormes haces de leña.
En estos canales, permanecieron tres horas enterrados tamales y ollas.
Mientras el grupo que acabamos de hablar trabajaban con empeño y llenos de contento, la demás gente estaba entregada al baile y a la bebida de la cual, se hacía partícipe con frecuencia a los patriotas trabajadores.
Á las cuatro de la tarde presenciamos el desentierro de tamales y ollas de relleno: al abrirse las cuales se levantaba de ellas el humo saturado con agradable olor de la comida invitando a gustar de ella.
PLUMA ROJA.
Izamal, Marzo de 1908.
El Diario Popular, Tomo I, núm. 34, 31 de marzo de 1908, pp. 1 -2,4.
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