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NOCUCHICH

La torre esbelta.
En 1898 emprendió el señor Maler un segundo viaje a la región conocida con el nombre de “Los Chenes” (Estado de Campeche) con el objeto de completar sus exploraciones arqueológicas. Del pueblo de Hopelchén (cinco pozos) se dirigió a la extensa llanura o sabana denominada Huntulchac (lugar donde se descargan tempestades) en busca de dos curiosos monumentos, únicos en su género en la Península.
En esta sabana crece una gramínea (zacate), de hojas fuertes y anchas que la gente de esa región usa mucho para techar sus cabañas. Entre el césped se destacan algunas plantas con bellas flores y entre ellas unos vistosos lirios de color blanco y rojo encendido.
La figura colosal que se contempla en dichas vistas tiene actualmente una altura de seis metros setenta y cinco centímetros. Está hecha con piedras y perfeccionada con hábil estuco que en sus partes aún conservadas luce un vivo color rojo que indica que toda la figura ostentaba primitivamente aquel color. Por la cara grande y los ojos de rígido mirar dieron los indios de hoy a esa estatua el nombre de “Noc –uch –ich” (ojos grandes y abultados). Ningún recuerdo subsiste acerca del personaje que se quiso representar en esta rara figura; pero es curioso el hecho de que los cazadores de venados que abundan en esa sabana nunca dejan de encender una vela de cera del monte al pie de la estatua, con la superstición de que si ésta les es propicia alcanzarán al venado herido, el cual si se les escapa es por mala voluntad de aquella figura.
La gran cara recuerda los mascarones similares que antaño adornaban las facha de los templos principales de Izamal y que generalmente se atribuían al místico personaje a quien se ha dado nombre de “Tzamná”. Enfrente de dicha casa, y a la distancia de treinta y ocho metros se levanta el otro monumento (grabado núm. 2), “la torre esbelta” cuya elevación es exactamente de nueve metros y que ostenta graciosas ventanas y una rica decoración con figuras y adornos de estuco que, según los restos visibles –brillaban con el magnífico color rojo de Pompeya. Cerca de la gran figura existen los escombros de un pequeño templo, y cerca de la torre los restos de un edificio que probablemente contenía los aposentos sacerdotales. No hay vestigios de que en esos alrededores hubiese existido alguna población.

Así pues, en la inmensa soledad de la sabana de Huntulchac, muy lejos de las manos profanas de los destructores “arqueólogos de la legua” –gente merecedora de la más ruda persecución –ignoradas quizás, por aquellos vándalos modernos, encuéntranse aquellas dos maravillas, testimonio elocuente de lo que fue la raza ignota que vivió en esos lugares. Y los sencillos cazadores que encienden las velas de cera para que “el de los grandes y abultados ojos” les sea propicio, ignoran también qué significan aquellos símbolos y pasan indiferentes, después de haber renovado una vez más, de inconsciente manera, el culto que sin duda tributaban allí sus mayores al ídolo misterioso y que perdura en los de ahora por un fenómeno de extraño atavismo.
Arte. Edición dominical del Diario Yucateco, núm. 5, 9 de agosto de 1908, p. 90.
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Impresiones arqueológicas de teoberto maler.
loltún.
La gruta de Loltún puede considerarse como la más grandiosa de la península de Yucatán. Y no se trata de una sola cueva, sino de una serie de ellas, más o menos grandes, unidas entre sí por diversas ramificaciones. Con toda seguridad, no hay en nuestra época quien pueda vanagloriarse de conocer todas aquellas ramificaciones, muchas de las cuales aún guardan sus misterios para futuros exploradores.
La vista que ofrecemos a nuestros lectores, representa una hermosa sala central y fue tomada por Teoberto Maler en el año de 1888.
Habiéndose desplomado, quién sabe cuantos años ha, la cúspide de la bóveda de roca calcárea, la gruta central ha quedado inundada por un torrente de luz que permite ver en toda su belleza las extrañas formas de las estalactitas (loltún), que en hermosa variedad de colores, rosa, amarillo pálido, verde mar, ofrecen un conjunto poéticamente encantador.

LOLTÚN. Fgdo. por A. Manzanilla.
Pero lo que hace más interesante aún estas grutas, son las numerosas figuras y signos misteriosos que abundan por doquiera en aquellas rocas, y la gran cabeza de una sombría divinidad, que se asoma en medio de ellas. El Sr. Maler opina, que los numerosos dibujos que se encuentren en casi todas las cuevas del país, es muy probable que sean de diversas épocas, pues aunque muchos son indudablemente de época mayal, otros, a juzgar por su figura, deben datar de épocas anteriores a la llegada de los mayas a Yucatán, y puede tratarse de recuerdos que han dejado razas primitivas, que en tiempos muy lejanos es probable que visitaran aquellas cuevas en busca del precioso líquido que tanto escasea en nuestra península.
El suelo de todas las cavernas y ramificaciones de Loltún, está sembrado de pedazos de objetos de barro de la época maya, y un visitante curioso puede con ellos formarse una idea de la variedad y calidad de los productos de tan antigua industria.
Arte. Edición dominical del Diario Yucateco, núm. 7, 23 de agosto de 1908, p. 55.
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